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“A los jóvenes llamados al sacerdocio hoy les diría que con alegría se preparen para vivir esta vida como una gran aventura”

D. Héctor Luna junto a su madre el día de su ordenación el 19 de noviembre de 1994. D. Héctor Luna junto a su madre el día de su ordenación el 19 de noviembre de 1994.

D. Héctor Andrés Luna, nacido en San Martín, Buenos Aires (Argentina) entró en el Seminario a los 20 años, y fue ordenado el 19 de noviembre de 1994 en su país natal. Actualmente es vicario parroquial de Santo Ángel Custodio, en el Zaidín y misionero del Instituto del Verbo Encarnado.

¿Cómo lo llamó el Señor a ser sacerdote y misionero?

Soy converso, no me acercaba a la Iglesia para nada aunque había recibido los sacramentos de iniciación cristianos. Mi padre falleció cuando yo tenía 13 años y ahí comencé a vivir en caída libre, fiestas, noches, mi propio dinero. Mi conversión fue muy fuerte, a los 18 años, cuando quise confesarme no pude decir ni una palabra del dolor y arrepentimiento tan fuerte que sentía por mis pecados.

Precisamente mi conversión fue en una discoteca, de pronto Dios me dio la compresión de que si seguía así mi alma se perdería, por mis pecados, estaba muy alejado de Él. La misericordia de Dios me hizo entender esto. Volví a ir a la Iglesia, leyendo el Nuevo Testamento me impresionó San Pablo y también la vida de San Francisco, yo quería vivir eso, me atraía la misión. Empecé un proceso de búsqueda de mi vocación que duró varios años hasta que me determiné a ir a la Basílica de Luján y entré en el Camarín de la Virgen, allí fue donde entendí que mi llamada era a la vida misionera. Entré en el Instituto del Verbo Encarnado en 1987 para estudiar filosofía y teología.

El próximo 19 de noviembre celebrará su 25º aniversario de Ordenación sacerdotal, ¿cómo vive este momento?

La palabra que lo define es acción de gracias. Aunque la conversión es un proceso en el que sigo caminando, veo que tengo que seguir entregándome cada vez con más radicalidad a la evangelización y a la misión.

¿Dónde ha trascurrido su vida pastoral como misionero?

He estado varios años en Perú, Ecuador, Argentina, Chile trabajando en general con jóvenes, he vivido desastres naturales, también el trabajo en zonas muy pobres azotadas por los narcos y jóvenes pertenecientes a bandas muy violentas. También estuve enfermo de dengue varias veces. Llegué a Granada en 2012 para servir en la parroquia de Santo Ángel Custodio. Recuerdo que cuando llegue me dedicaba a visitar las casas de los fieles, a los enfermos, me gusta conocer a la gente en sus casas. Granada no tiene nada que ver con América Latina.

¿Cuáles son las principales diferencias que usted destacaría de la pastoral en Europa y América Latina?

En América la parte material es muy precaria, aquí es al contrario. La gente tiene muchas más cosas materiales, aunque también hay carencias, pero no es la pobreza extrema de América Latina. Hay un gran desierto vital en el corazón de la gente en Europa, veo muchos más rostros tristes aquí. Allí nos alegramos con cualquier cosa. Sin embargo el cristiano está mucho más formado y comprometido aquí. Pero de América Latina yo destacaría la alegría, cada parroquia es una fiesta, aquí creo que eso no lo hay por el gran vacío de Dios que existe, Él es la fuente de esa alegría y por eso tenemos que llevarlo a las casas y a todos. Creo que es una gran medio de evangelización llevar a la gente al Santísimo Sacramento, el apostolado de oración.

¿Cuál es la mayor bendición de la vida sacerdotal para usted?

Son muchísimas las alegrías que uno tiene. Si tuviera que destacar alguna es la posibilidad de atender a las personas en sus problemas, poder ser instrumento para que encuentre la paz en su corazón, que se encuentre con Jesucristo.

¿Y el principal desafío?

La perseverancia. Mantenerse firme en el seguimiento. El mayor desafío es alcanzar la santidad manteniéndose fiel frente al ateísmo y todo los mundano. El desafío mayor está en mi interior, si realmente uno le ha dado el corazón totalmente a Cristo. Ojalá que cuando yo pasé como misionero, lo que se haya quedado en la vida de la gente Cristo.

¿Qué le diría a los jóvenes que se sienten llamados a ser sacerdotes?

Que si sienten la moción de Cristo en el alma eso es un don. El tesoro escondido en el campo. Si Dios les hace ese regalo no hay que tener miedo, con generosidad y grandeza de alma, con alegría seguirle sabiendo que es un seguimiento en la cruz para la Resurrección, que es lo que nos hace plena la vida. Una vez que uno concreta la llamada hay que prepararse para vivir toda una vida de aventuras. No hay aventura mayor que la de ser misionero, en mi caso.

¿Tiene sentido vivir la castidad y el celibato hoy?

Sí. Dios da la gracia, aunque es una lucha entre el espíritu y la carne. Es importante entender la castidad como signo de fecundidad. Gran cantidad de jóvenes hoy santos han sido muy fecundos, la castidad es lo que más te hace ser padre. Yo soy sacerdote y soy padre espiritual. La castidad es amar a Dios con libertad y con un corazón sin divisiones. Tenemos una esposa, es la Iglesia. Es una vocación de plenitud y realización.

¿Cuáles son sus aficiones?

Yo antes quería ser militar, siempre me ha encantado hacer deporte, artes marciales, etc. Además del deporte en general, tengo una pasión profunda en el corazón por el fútbol. Es una pasión ver partidos de fútbol. También me apasiona la orfebrería.

¿Cuál ha sido su mayor aventura en estos años?

He tenido muchas pero por ejemplo recuerdo celebrar la Misa en la montaña en Perú después de dos días de camino a pie, estaba cansadísimo, me encontré a una anciana ciega acompañada de una niña que venía en burro, me pidió confesarse. Valió la pena toda aquella subida solo por atender su alma. También bautizar a una persona de 110 años fue toda una experiencia.

María José Aguilar
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

 

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