Fecha de publicación: 6 de mayo de 2021

 

Si miramos en un momento nuestra experiencia de la vida, nos damos cuenta que desde un niño pequeño basta que por la mañana le sonría su madre y parece que le alegra el día. Nos encontramos con un rostro amigo, con una sonrisa, con un gesto de afecto y de nuevo nos alegra el día.

Por la mañana o durante el día, o en cualquier momento, nada pone tantos motivos en el corazón como para vivir con gusto, como el saberse querido y bien querido. Y, al revés, si mirásemos las causas de los sufrimientos que hay en nuestras sociedades, en nosotros mismos, con mucha frecuencia tienen que ver con una carencia de afecto, con una carencia de amor. También en los niños. Si fuéramos conscientes de lo que sufren los niños por la ausencia de los padres, del padre o de la madre, y no necesariamente sólo por los matrimonios rotos, que también eso es un sufrimiento enorme, pero de muchas maneras; o por la falta de afecto o de compañía. Son los sufrimientos más grandes, también entre los alumnos. No hay motivo mayor de sufrimiento que las carencias de afecto y de amor. ¿Por qué? Pues, porque estamos hechos para el amor.

Entre las dificultades de este tiempo de pandemia, el hecho de que las mismas mascarillas ponen como una distancia entre nuestros rostros y que se recomienda eso que se llama la “distancia social”, que puede ser y es necesaria para evitar los contagios indebidos, pero es como una situación de emergencia y tiene algo de antihumano. ¿Por qué? Porque lo humano es el amor y la expresión del amor. Y la expresión del amor es siempre sensible. Es decir, tiene que ser con la mirada, con la sonrisa, con las manos, con el gesto, de una forma o de otra.

Repito esta experiencia porque Jesús está, en los evangelios de estos días, explicando a los discípulos, justo en el contexto de la Última Cena, el sentido profundo de Su vida, de Su persona, de Su misión entre nosotros. Y así lo resume en este Evangelio, “como el Padre me ha amado, así os he amado Yo”. Toda la historia de Israel, toda la vida de Jesús, toda la persona de Jesús no es mas que una expresión del amor infinito del Padre, que entrega a Su Hijo y Su Hijo se entrega en obediencia al Padre, porque la Voluntad del Padre es justamente que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad”, como dice San Pablo. Y el Hijo se ofrece a Sí mismo a vivir la condición humana, a entregarse en manos de los hombres hasta la muerte y una muerte de cruz, para poder sembrar en nosotros la vida divina. Es decir, para expresarnos y darnos el amor infinito de Dios. Y no sólo para expresárnoslo y decírnoslo con gestos, sino para darSe a nosotros dando el Espíritu Santo, entregando Su vida por nosotros, sembrando la semilla de la vida divina en nuestra tierra, para que esa semilla produzca en nosotros.

El fruto que produce es la justificación. El fruto que produce es la salvación. El fruto que produce es, sobre todo, y lo dice el Señor en este mismo Evangelio, “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y para que vuestra alegría llegue a plenitud”; es decir, Cristo, todo el designio de Dios tiene como meta la alegría, la alegría verdadera, y tiene como fundamento el amor de Dios al hombre. Un amor que no nos necesita. Un amor que, porque no nos necesita, es la razón por la que Dios confía de tal manera y en Su amor, hasta el punto de dejarnos ser, de dejarnos equivocarnos, de dejarnos usar la libertad contra nosotros mismos. Es uno de los signos más potentes de un amor verdadero, de un amor que tiene confianza en sí mismo, que tiene confianza en su victoria final y por eso corre el riesgo de nuestra libertad, para que nosotros podamos acoger ese amor, porque no podríamos acogerlo y no podríamos amarLe, que es en lo que consiste nuestra salvación, y no podríamos obedecerLe como hijos si no fuéramos libres.

En ese amor está nuestra alegría. En acoger ese amor, en vivir ese amor, en obedecer sus mandamientos, que no son otros que “queredme con todas vuestras fuerzas y quereros unos a otros, como Yo os quiero”. En eso está el crecimiento de nuestra vida, la plenitud de nuestra vida y también nuestra alegría verdadera, la que no defrauda. Que ponemos alegría en una cosa y cuando la tenemos nos cansa; que ponemos la esperanza en una cosa y, cuando la hemos conseguido, nos damos cuenta de que no nos ha hecho más felices. Tantas cosas hay en las que ponemos así nuestra esperanza y nuestra alegría.

No, la esperanza que no defrauda, la alegría que no cansa es justamente la alegría que nace de que nuestras vidas están edificadas sobre la roca que es Cristo, porque es el don sembrado en nuestro corazón y en nuestra tierra, del amor infinito de Dios. Ese don se renueva cada vez que participamos de la Eucaristía.

Una mujer ayer me decía, “usted sabe que en la Tradición en la que yo vivo, la Eucaristía diaria no es algo que forme parte en nuestro modo de vivir la vida cristiana, pero en estos últimos años he descubierto el valor de la Misa diaria y la percibo como un regalo, como un regalo inmenso en mi vida, de tal manera que cuando ahora un día no puedo, me falta algo y me falta algo esencial en mi experiencia de relación con el Señor”.

Que el Señor nos haga conscientes de que todo el amor que Jesucristo nos ha entregado, porque ha vencido a la muerte y está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, se nos ofrece, se nos regala, se nos entrega de nuevo en cada Eucaristía. Y que la meta de eso no es el que seamos más buenos, es el que sepamos que somos mejor queridos.

Que sepamos mejor que somos queridos con un amor infinito y, por lo tanto, que podamos vivir en una alegría que nada ni nadie tiene el poder de arrancar de nuestro corazón.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

6 de mayo de 2021
Iglesia parroquial Sagrario Catedral

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