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“Señor, ensánchanos el corazón, ensánchanos la confianza en Ti”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía celebrada en la S.I Catedral el 20 de octubre, día en que celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), este año con el lema “Bautizados y enviados”.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
Queridos hermanos y amigos;

dejadme que salude también a quienes no están siguiendo esta celebración por la recién inaugurada televisión Virgen de las Angustias. Enfermos, personas ancianas que no pueden salir de casa y que ya son numerosos los que se unen en este momento a nuestra celebración Eucarística. Bendito sea Dios. Que el Señor os bendiga a todos y que la fuerza de nuestra comunión sea un sostén y una gracia para los que estamos aquí y para los que nos veis a través de la televisión.

Yo os confieso que las lecturas de hoy, mi primera sensación es decir me abruman, y luego digo “eso no es exacto”; me cubren de vergüenza, quizás tampoco; me ruborizan, me acusan un poco, porque el Señor habla del poder y de la fuerza de la oración. No es la única vez que lo hace. En alguna ocasión lo hace, incluso, con más fuerza que en el Evangelio de hoy. Porque en el Evangelio de hoy nos habla de un juez injusto, sin respeto a nada, que no temía a Dios, y que, sin embargo, ante la insistencia de aquella viuda que le pedía “hazme justicia, hazme justicia”, pues termina haciéndosela.

Es parecido a aquella otra parábola en la que el Señor dice “si un amigo viene por la noche y cuando estáis acostados ya, dice ‘dame unos panes porque han venido unos parientes y tengo que darles de comer y no tengo pan’”, y el otro dice “no, no me molestes a estas horas de la noche”, pero al final si el otro insiste, se levantará y se los dará aunque sólo sea por su insistencia. La enseñanza ahí es parecida a lo que el Señor o la Tradición de la Iglesia más bien, ha distinguido entre la contrición y la atrición. Es decir, uno puede sentir dolor de los pecados porque le duele haber ofendido a Dios. Y uno puede sentir dolor de los pecados por temor a que Dios se olvide de mi o no le tenga en cuenta, que eso es el infierno, en definitiva. Lo curioso es que las parábolas de hoy, la parábola de hoy –como la del hombre que vienen por la noche a pedirle tres panes- pinta un poco a Dios como nosotros, es decir, que Dios se deja vencer por nuestra insistencia, aunque no tengamos más que insistencia, aunque no tendría Él ningún motivo para escucharnos.

¿Pero por qué digo que este Evangelio me ruboriza? Porque, aunque considero que con mucha mediocridad cumplo mis deberes acerca de la oración, mi oración no es lo suficientemente firme, poderosa; tal vez no la oración, la fe: la fe no es lo suficientemente firme como para ser la que el Señor espera de mi, y tal vez vosotros podéis sentir que compartís este mismo sentimiento. Nos quejamos muchas veces de la situación en la que vive nuestro mundo, nos quejamos muchas veces de las circunstancias en que nos toca vivir, tal vez de las circunstancias de nuestro matrimonio, o de nuestra familia, en las que estamos, y se nos acaba la paciencia con esas circunstancias, y eso pone de manifiesto nuestra poca confianza en el poder de Dios. Realmente, la frase más potente del Señor sobre la oración y esa confianza en Dios sobre la fe es decir “si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a esta montaña: quítate de aquí y échate al mar y os obedecería”. ¿De qué fe está aquí hablando el Señor? De una fe que, ciertamente, no son creencias. Cuando yo he pedido esta semana que pidiéramos junto con los musulmanes por la lluvia, alguien se sonreía como diciendo ‘esas cosas están fijadas en las leyes físicas y qué hace usted pidiendo por una cosa así. Eso no tiene posibilidad de cambio’. Alguien que me lo dijo expresamente, me lo dijo directamente: “Eso supone una física y un conocimiento del mundo pre moderno, porque las leyes físicas no van a cambiar porque vosotros pidáis por la lluvia o no pidáis por la lluvia”. Yo dije: Entonces, tampoco podemos pedir por la salud, porque, entonces, también las leyes de nuestro cuerpo y la física de nuestro cuerpo…, y sin embargo, sabemos que hay milagros. ¿Sólo donde no llega nuestro conocimiento de la ciencia? No. Sabemos que hay milagros donde la ciencia pediría otra cosa completamente diversa, y sin embargo suceden. Cuando Dios quiere, pero suceden. 

Pero luego, el gran milagro no es tanto que cambien las leyes físicas como que cambie nuestro corazón. El gran milagro es que nosotros sepamos vivir sabiendo que dependemos de Dios y que suceda lo que suceda -y cito otra palabra del Evangelio, “si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden”-; cuando rezamos, lo que pedimos sobre todo es el Espíritu Santo. Y si tuviéramos realmente conciencia de que el Espíritu Santo y nosotros somos una sola cosa, entonces sería verdad, eso que no es verdad casi nunca, es decir, lo de la montaña, porque Dios puede hacer que una montaña caiga en el mar, sólo Dios puede hacerlo. Y hay montañas que caen en el mar. Sólo Dios puede hacerlo. Si la fe nos hiciera tan identificados con Dios que la Voluntad de Dios y nuestra voluntad fuesen una, tendríamos un poder semejante al de Dios, sin duda ninguna. Pero ahí es donde entra mi vergüenza y mi ruborizarme. Decir, Señor, estoy tan lejos de esa fe. Estoy tan lejos de decir que lo único que me importa es lo que a Ti te importa; que lo único que yo quiero es lo que Tú quieres; que lo único que mi corazón desea es lo que Tú deseas para nosotros. Soy tan consciente, a veces por la experiencia de ser sacerdote, simplemente cuántas veces una enfermedad por la que uno hubiera pedido un milagro ha sido un bien inmenso para una persona que se ha acercado a Dios, que ha podido descubrir un horizonte que jamás habría sospechado a través de la enfermedad. Dices ‘qué poco en sintonía están mis sentimientos y reacciones ante la vida con los sentimientos de Dios y con el designio de Dios’.

Estoy abriendo mi corazón con mucha sencillez y con toda la humildad de la que soy capaz ante vosotros. Pero pienso que nos podemos identificar mucho en algunos de estos pensamientos, por lo menos. ¿Y cuál es la respuesta? Yo creo que la respuesta es aquella del centurión que le pidió la curación de su hijo y le dijo el Señor “¿tú crees que puedo hacerlo?”. Y le dijo: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”. Y eso es lo que yo llevo desde esta mañana temprano diciéndoLe al Señor. Señor, Tú sabes que yo creo. Tú sabes que Te suplico. Te suplico que desaparezcan del horizonte de nuestra vida nuestros enemigos. Y entonces, inmediatamente, empiezo a pensar “pero ¿quiénes son nuestros enemigos?”. Pues, las pasiones que yo llevo dentro de mi, Satán; Satán es el único enemigo que yo tengo. No quienes pensamos muchas veces que son nuestros enemigos. Porque, ¿eran enemigos de Jesús los que le crucificaron? En un sentido sí, pero benditos enemigos. Si fueron los que hicieron que brillara el Amor de Dios por encima de toda condición humana e imaginación humana. Fueron los que hicieron posible que se revelara que al amor de Dios no se le ponen cortapisas, porque ni la muerte, ni la condena a muerte pueden hacerlo desaparecer. “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”. Benditos enemigos, benditos quienes crucificaron a Jesús, porque crucificándoLe nos han revelado la infinitud, el abismo sin fondo del Amor de Dios. Y si no hubiéramos conocido ese abismo sin fondo, siempre dudaríamos. ¿Es verdad que Dios es misericordioso, es verdad que Dios tiene buenos sentimientos a veces? Pero, a lo mejor, tenemos que convencerle con nuestras virtudes para que tenga mejores sentimientos para con nosotros, para que nos trate mejor, para que… No tenemos más que un enemigo. Es el pecado y se llama Satán. Ningún ser humano es enemigo nuestro. Ellos pueden pensar que lo son, pero nosotros no debemos dejarnos arrastrar a la tentación de pensar que lo son. Nosotros no tenemos enemigos si somos hijos de Dios.

Y Dios es Amor. Y Dios hace llover sobre justos e injustos, y hace salir el sol sobre buenos y malos. Somos hijos de Dios. No tenemos enemigos. Diréis: “Pues sí, tengo enemigos. Tengo a una parte de mi familia política que no la trago y no le voy a perdonar lo que me hicieron o me cuesta muchísimo perdonar lo que nos hicieron en aquella ocasión. O tengo aquel primo, o tengo a este hijo mío que me he matado por él y le he dado la vida entera y resulta que me ha salido todo lo contrario y está siempre luchando contra mi”. Somos así y el Señor lo sabe. Y uno pide perdón por ello. Y qué pedimos. Señor, auméntanos la fe, ensánchanos el corazón, ensánchanos la confianza en Ti, ten paciencia con nosotros y, mientras tanto, Te suplicamos por la lluvia, por la salud, por que nuestras vidas puedan ser unas vidas hermosas en la que uno puede reconocer Tu Presencia; que resplandezca el misterio grande de Tu Presencia en medio de la Iglesia mediante santos. A lo mejor no soy yo, pero si hay algún santo que el Señor quiera hacer aquí, yo me alegraré de ello, porque esa luz y ese resplandor nos iluminará a todos en el camino de la vida. 

Señor, como el centurión, nosotros creemos. Si no creyéramos no estaríamos aquí. Sabemos quién eres. Sabemos de Tu amor y de Tu poder, pero nos tienes que aumentar la fe, para que sepamos de verdad confiar en tu designio; para que sepamos poner nuestra vida en Tus manos y para que nosotros, unidos a Ti, podamos querer lo que Tú quieres y vivir como Tú nos das la posibilidad de vivir; que nada recorte ni nuestro amor, ni nuestra esperanza, ni nuestra confianza en Ti, ni nuestra fe.

Vamos a pedírselo también por intercesión de la Virgen María. Yo sé que hoy es el día del DOMUND y es un día dedicado por toda la Iglesia para pedir por las misiones. Os suplico que lo hagáis. Que lo hagamos juntos. Vamos a pedir juntos por las misiones. Suplico también que seáis generosos en la colecta que hoy no irá como todos los domingos dedicada a los campos de refugiados del Medio Oriente, sino que irá justamente a las misiones, mediante las Obras Misionales Pontificias, a las misiones en todos los países de misión.

Y luego, que la misión verdadera es que nosotros vivamos con fe. Que la verdadera misión, de la que nadie estamos excluidos… En la Iglesia antigua no había misioneros. Eran un pueblo cuya fe resplandecía; cuya vida resplandecía de tal manera que la gente sentía deseo de vivir como nosotros vivimos.

Que el Señor nos conceda de nuevo esa fe; que nos conceda sentirnos a todos partícipes y responsables, cada uno en nuestra medida, de la fe y de la misión del mundo; de la fe del mundo y de la misión de la Iglesia.

Que así sea por la intercesión de Nuestra Madre para todos vosotros y para mi también.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

S.I Catedral, 20 de octubre de 2019

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