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Santa Coleta Boylet

El 6 de marzo conmemoramos a una gran mujer de Iglesia: santa Coleta Boylet, que llegó a transformar la vida religiosa franciscana durante el s. XV, reconduciendo a cientos de monasterios al espíritu primigenio de la Regla de San Francisco.

Nació Coleta en Corbie, al norte de Francia, en 1381. Sus padres la concibieron estando ya mayores, después de un largo periodo de esterilidad en su vida y cuando ya no esperaban hijos. La niña creció en un ambiente acogedor y muy religioso. Quedó huérfana de padre y madre a sus 18 años, cosa que le llevó a empezar emprendió una complicada experiencia religiosa en la que durante mucho tiempo pareció no acertar con el plan de Dios en su vida.

Siguiendo el consejo que Jesús da en el Evangelio, vendió todos sus bienes y los distribuyó entre los pobres. A continuación, fue pasando de monasterio en monasterio, de institución en institución, sin encontrar sosiego. Primero estuvo en las Beguinas, de las que pasó a las Benedictinas de su pueblo natal; no colmaron éstas sus ansiedades espirituales, y entonces ingresó en las Clarisas; pero, insatisfecha de nuevo, optó por vestir el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, en la que tampoco encontró reposo su espíritu, por lo que resolvió aislarse llevando vida solitaria, como «reclusa», en una pequeña ermita cercana a Corbie; esto, sin embargo, no era lo que Dios quería de ella.

A sus 25 años terminó Coleta su peregrinaje claustral. Ella, desde su profunda vida de pobreza y oración, se sintió llamada a renovar la Orden de santa Clara, devolviéndole el espíritu y la observancia que le diera la santa fundadora en su Regla. El P. Enrique de Baume, franciscano, supo discernir los planes de Dios y aconsejó a Coleta que volviera a las clarisas. Obtenida de la curia pontificia la dispensa del voto de reclusión perpetua, Coleta marchó el año 1406 a Niza, donde se encontraba en aquel tiempo Benedicto XIII, y le expuso amplia y detalladamente sus propósitos restauradores. Benedicto XIII, tras detenida y profunda reflexión, entendió que allí estaba la mano de Dios, que era quien guiaba a aquella mujer, por lo que, haciendo uso de su potestad, le impuso el velo de clarisa y la autorizó a reformar los monasterios de la Orden y a fundar otros nuevos. Esto sucedía en los trágicos tiempos del llamado «Cisma de Occidente», con papas y antipapas a la vez, que terminó en 1417. Los cristianos, en su desconcierto y buena voluntad, estaban del lado que tenían por auténtico o que les indicaban sus autoridades. Así, santa Catalina de Siena y santa Catalina de Suecia estaban con el papa de Roma, mientras san Vicente Ferrer y santa Coleta estaban con el de Aviñón, concretamente con Benedicto XIII.

No le resultó fácil a Coleta poner en marcha de inmediato sus proyectos. Durante algunos años fracasaron sus intentos de reforma, hasta que, en 1410, consiguió la reforma de un primer monasterio, el de Besançon, al que siguieron otros hasta un total de 16 ó 17, reformados o fundados de nuevo. Para todos ellos redactó unas Constituciones, que fueron aprobadas por la Iglesia.
También hubo conventos de frailes franciscanos que, permaneciendo bajo la autoridad de los propios superiores, acogieron el impulso renovador de Coleta y volvieron al espíritu y prácticas que san Francisco había querido para su Orden.

Dios le concedió además dones carismáticos extraordinarios: discernimiento de conciencias, profecía y hasta milagros. En la actualidad los monasterios de "coletinas" son unos 140, la mayor parte de los cuales se encuentra en Europa, aunque también los hay en América, Asia y África. Murió en su monasterio de Gante (Bélgica) el 6 de marzo de 1447, y la canonizó el papa Pío VII en 1807

 

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