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“Que el Señor nos conceda abrirle el corazón”

Homilía de D. Javier Martínez en la Eucaristía del IV Domingo del Tiempo Ordinario en la S.I Catedral el 30 de enero de 2022, en la que se ha celebrado un Bautismo.

Queridísima Iglesia del Señor;
muy queridos Eduardo e Inmaculada;
querida familia;
queridos hermanos y amigos, todos:

Las Lecturas de hoy tienen mucho que darnos, mucho alimento, demasiado para caber en unos pocos minutos.

Jesús, hablando de sus milagros, dice que había muchos leprosos en Siria y muchas viudas en el Líbano, en Jerusalén y en Israel, y sólo fueron elegidos los que fueron elegidos.

Hoy podemos decir que los hombres sufrimos todos las mismas cosas. Sufrimos todos el mismo virus, la misma tentación del miedo y de la desconfianza. Recibimos la misma propuesta constante de aislarnos unos de otros, de vivir de manera individual, aislada; de que los lazos entre unos y otros no sean demasiado consistentes o demasiado fuertes. Incluso en la oración, hemos pedido que nuestro afecto hacia todos los hombres sea un afecto espiritual. Si entendiéramos eso bien, estaría estupendo, pero me temo que lo entendemos muy mal: como un afecto espiritual significa un afecto que no tiene cuerpo. Pues bien, un afecto que no tiene cuerpo lo podrán tener los ángeles, pero no lo podemos tener los hombres. Lo que significa espiritual, en el lenguaje de la liturgia, en el lenguaje cristiano tradicional, significa que es un afecto determinado por el Espíritu de Dios, que es Amor.

No significa el espíritu por contraposición al cuerpo, a la creación, a la carne. No significa el espíritu como algo vaporoso. No. El afecto humano es como el afecto que el Señor nos tiene: que es un afecto de un hombre. Como el afecto que nosotros estamos llamados a tenerLe, que si se ve realizado de manera plena en la Virgen, en la Iglesia, que es Su Esposa y Su cuerpo, es un afecto femenino. Espiritual no significa eso: un afecto, sin cuerpo. Un afecto sin cuerpo es un afecto que termina no siendo nada, como cuando nos imaginamos a Dios, un Dios que no tiene que ver con la realidad de las cosas, incluidas las cosas materiales. Es un Dios que está a punto de desaparecer del horizonte de la experiencia humana.

Todas las cosas bellas y buenas existen en Dios. Y no han sido creadas por Dios como un mecano, sino que subsisten en Dios. Hasta nosotros mismos, alma y cuerpo. “Todo ha sido creado -dice la Carta a los Colosenses- por Él y para Él, y todo tiene en Él su consistencia”. Es una de las cosas que ponen de manifiesto las Lecturas de hoy. Muchos había en tiempos de Eliseo, en Siria, en el Líbano, en Israel, y sólo algunos fueron elegidos. Nosotros podemos vivir en la acción de gracias, porque hemos sido elegidos y no hemos sido elegidos porque seamos mejores. No lo somos -tal vez no lo seamos nunca-, sino por pura gracia y por puro amor de Dios, ya que ha querido hacernos partícipes de la vida de Su Hijo. Y eso es lo grande que sucede esta mañana con el Bautismo de María Inmaculada. Ella es, está llamada a ser y a vivir como la Virgen, como con una esposa de Cristo hecha por la obra de la Redención, sin mancha ni arruga. Hecha inmaculada por Su misericordia y por Su gracia, esa realidad de la elección que tanto nos cuesta entender a los hombres modernos. Porque todo lo que diferencia a unos de otros, nuestra regla fundamental de la vida humana y de la sociedad es homologar y nivelar, que nadie destaque, que todo sea igual. Eso no es la realidad de lo que somos ni la realidad de lo que es la creación.

Hay otra cosa sumamente importante. Yo sé que vuestra preocupación como padres es pasarles a vuestros hijos la vida que vosotros habéis recibido del Señor, y no sólo vosotros, sino todos los padres. Yo creo que todos los padres cristianos quieren transmitir la vida que ellos han recibido, la vida que nosotros hemos recibido de Cristo, poder transmitirla a nuestros hijos. Yo quiero que sepáis que hay cosas de diferentes niveles. Por supuesto que todo es gracia. Son gracia nuestras cualidades humanas, es gracia el trabajo que hacemos, somos gracia nosotros mismos. Somos un don que el Señor nos hace a nosotros mismos para participar por puro amor, para participar de la vida divina. Todo es gracia. Pero en la vida luego hay gracias concretas, muy concretas. Uno tiene capacidades de un tipo, dones, talentos de un tipo o de otro. Todo, absolutamente todo, es gracia del Señor.

Y lo que la Segunda Lectura de hoy nos dice es que todos esos dones (y él menciona a unos cuantos que eran considerados muy importantes: ser catequista, ser lector, ser intérprete de las Escrituras u otras tareas…), todo eso no vale nada si no hay amor, si no hay caridad. Porque Dios, el Dios verdadero que se nos ha revelado en Jesucristo, es un Dios que es Amor, que es el Amor. Sin amor, hasta llega a decir “hasta si reparto mis bienes y se los doy a los pobres, si no tengo ese amor divino, no sirve de nada”. Es ese amor, que es la gratuidad que proviene de Dios, esa visión generosa de la vida como don y tarea de la vida, como aprender a darse y aprender a donarse.

Sin embargo, hay tres (la traducción dice “quedan estas tres”). Hay tres cosas que permanecen, porque las tres provienen de la vida divina y son la fe, la esperanza y la caridad. Y la mayor de todas es la caridad. Permanece la fe y permanecerá en el Cielo, porque la fe tiene un aspecto que es el depositar nuestras vidas en las manos de Dios, el confiar en las manos de Dios. Eso no desaparece; desaparece lo que la fe tiene en este mundo nuestro de oscuridad, de vivir entre nieblas. Pero la fe como fidelidad a Dios, como apego a Dios, como vínculo que nos une a la vida divina -un vínculo que es don de Dios, que es don de Jesucristo y de la Redención de Jesucristo- eso no desaparece jamás.

Tampoco la esperanza, que no es el optimismo, ya lo sabéis. (…) si uno tiene un cáncer terminal, de nada le sirve ser optimista. La esperanza cristiana, la esperanza teologal, es otra cosa. Es la certeza, es algo que se apoya también en Dios. Es la certeza de que Dios no abandona. Es la certeza de que Dios cumple las promesas de la vida y tampoco desaparece el amor. Hasta cuando participamos de la manera más pobre, más limitada, más diminuta y pequeña en esta vida de un amor verdadero. El amor verdadero se parece siempre al amor de Dios, que no quiere el propio bien, ni busca el interés, que no espera sacar nada de nosotros y que, sin embargo, nos da todo lo que somos y todo lo que tenemos.

El amor no acaba nunca. La fe y la esperanza tampoco. Transmitir la vida cristiana, transmitir la fe cristiana a nuestros hijos, a las generaciones que vienen, es transmitirles una vida nueva que está determinada por el Espíritu Santo de Dios, es decir, por la fe, la esperanza y el amor.

No quiero alargarme demasiado, pero sí que quiero hacer un apunte también sobre el Evangelio. Decía Jesús, en la sinagoga de Nazaret, “hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. La Escritura que acababan de oír era una profecía de Isaías, pero cuando Jesús dice “hoy se cumple”, se refiere a todas las profecías, a todas las promesas, se refiere también a todos los anhelos de las naciones. Donde está Cristo la vida se cumple. Donde está Cristo, hasta nuestros anhelos, hasta los anhelos paganos que hay en nosotros, pero que participan también de algún modo de la sed de felicidad, del anhelo de amor que nace de Dios y que tiene su fuente y su plenitud en Dios; nuestra humanidad se cumple en Jesucristo, con Jesucristo presente, y el “hoy” que Jesús dijo en la sinagoga de Nazaret yo lo puedo repetir con la misma autoridad que Él esta mañana, la autoridad recibida de los apóstoles: hoy se cumple esta Escritura que contiene toda la esperanza de plenitud de los hombres, toda la esperanza del mundo. Hoy se cumplen entre nosotros, se cumple aquí.

Que el Señor nos conceda abrirle el corazón para que podamos experimentar ese cumplimiento. Hoy viene el Señor a cada uno de nosotros. Hoy cantaremos el Santo. Hoy se abren los cielos delante de nosotros. Hoy se abre la vida eterna para vuestra hija Inmaculada, María Inmaculada, y nosotros la tenemos abierta. Ojalá pudiéramos vivir con esa conciencia que nos permitiría vivir siempre en acción de gracias, siempre contentos, suceda lo que suceda. Uno no baila, ni está cantando por soleares en el momento de un dolor grande, o de un sufrimiento grande. Pero uno no pierde la alegría profunda que nacen de la fe, la esperanza y de la caridad, es decir, que nacen de la Presencia de Cristo, del don del Espíritu Santo en nosotros. Eso ni siquiera la muerte tiene el poder de arrancárnoslo.

Que así sea para todos los que estamos así. Que así sea para todos los cristianos. Que así sea para vuestra hija María Inmaculada.

Yo sé que es la primera Misa que celebro aquí en la Catedral después de la visita ad limina, pero lo que acabo de explicar tiene mucho que ver con lo que el Santo Padre nos ha dicho a los obispos: que no nos conformemos con lo que venimos haciendo, con las rutinas que tenemos. Que tenemos que dirigirnos a los que no creen. Que tenemos que mostrarles la novedad de Cristo a los que están lejos. Que no nos conformemos con cuidar las relaciones de los de cerca. Que hay que salir y que hay que pedirLe al Señor tener imaginación para poder llegar y mostrar el amor infinito de Dios a los que no lo conocen.

Esa es la misión de la Iglesia. Esa es nuestra misión también como pastores de la Iglesia, que no simplemente os tenemos que decir que lo hagáis; que tenemos que hacerlo nosotros en primera persona y en primer lugar.

Que el Señor nos bendiga a todos. Que el Señor bendiga a vuestra hija y que la vida eterna que se abre para ella podamos un día gozarla todos juntos en el Reino de los Cielos.

Que así sea.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

30 de enero de 2022
S.I Catedral de Granada

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