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Pentecostés, “culminación de la obra redentora de Cristo”

Mons. Martínez, junto a algunos obispos andaluces, en la ermita del Rocío, tras la misa de apertura del Año Jubilar rociero. Mons. Martínez, junto a algunos obispos andaluces, en la ermita del Rocío, tras la misa de apertura del Año Jubilar rociero.

Homilía de Mons. Javier Martínez, en la Solemnidad de Pentecostés en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios; Queridos hermanos y amigos todos:

En primer lugar, quiero traeros la oración y la intercesión y la memoria de quienes están participando, desde antes de ayer -algunos de ellos-, desde el jueves incluso, en la celebración del Rocío. Por la sencilla razón de que, independientemente de que nos atraiga o no nos atraiga el colorido y algunas de las cosas que acompañan a esa Romería del Rocío, lo cierto es que es una celebración de Pentecostés que reúne a un pueblo cristiano, un poco como el Señor reunió a los 5.000 que participaron en la multiplicación de los panes o a los que estaban en las Bodas de Caná, no les pidió el Señor para entrar allí un certificado de haber hecho cursos de catequética o cursos de teología o cursos de nada; iban algunos por curiosidad, otros porque era una fiesta e iba a ser aquello bonito, otro se encontraron con aquello, les llamó la atención…

Volviendo esta madrugada del Rocío yo pensaba: “Señor, si Tú me dieras salud y posibilidad, me encantaría escribir un folletito de ‘Florecillas del Rocío’”. Porque los medios de comunicación subrayan los menos interesante del Rocío y lo que, a quienes van de verdad en romería, que van a celebrar a la Virgen de Pentecostés, es decir, a la Iglesia, a la Esposa de Cristo, a la que yo he referido al iniciar estas palabras, es decir, a vosotros, al Pueblo cristiano que recibe el don de la vida nueva. La Blanca Paloma no es la Virgen; la Blanca Paloma es el Espíritu Santo, que viene sobre la Iglesia y la hace de ella su Esposa resplandeciente de gloria y de belleza.

La cantidad de anécdotas que sin haber sido más que marginalmente rociero, como pastor tanto de la Iglesia de Córdoba como de la de Granada, en alguna de las romerías en que he podido acompañarles, os puedo decir que los fenómenos de conversión: algún matrimonio que se ha salvado gracias a la Virgen del Rocío y que todavía el marido y la mujer no saben qué es lo que les pasó, porque venían de decidir separarse, de un hotel donde habían pasado el fin de semana, y habían decidido romper definitivamente el uno con el otro, los dos en silencio en el coche, y en la carretera apareció un cartelito que ponía “al Rocío” y tras ver el cartelito “yo no sé por qué, yo no era rociero, no era hombre de Iglesia, no era nada de nada y de repente pegué un volantazo, aparecimos allí en la ermita, yo me arrodillé, se arrodilló mi mujer… y al cabo de un rato estamos los dos abrazados y nos dijimos el uno al otro ‘que no, que no nos separamos’”; y no habían tenido niños hasta ese momento, después han tenido por lo menos dos niñas preciosas que yo pude conocer, hace ya algunos años, pequeñas eran entonces, y me decía el hombre: “Mire usted, ¡como para no ser rociero y para que mis niñas no lo sean!”.

Pues de esas hay así, una detrás de otra, como las florecillas de san Francisco. Para eso no hace falta ni tener una carreta grande, ni nada de ese tipo de cosas. También algunas abuelas he conocido yo que se han gastado todos los ahorros de toda su vida para tener una carreta grande, porque los días de la romería son los únicos días en que ella puede juntar a sus hijos y a sus nietos, y rezar juntos el rosario y pedirle a la Virgen que siga manteniendo unidas a esa familia que está dispersa por toda España, lo cual a mí me parece muy noble, muy bello, y delicioso. Y aquella mujer cuando terminaba su camino, que lo había hecho a pie todos los días, mientras los demás se iban a lavar o a tomarse un vinito o un rebujito, ella se ponía a hacer comida para toda la familia, feliz de poder hacerlo, feliz de servirles mientras le quedaran fuerzas.

Son hermanos nuestros que están celebrando Pentecostés. Ayer ya había un millón de personas. Es una realidad especial que pone de manifiesto algo que es algo que nos falta mucho a la Iglesia de hoy. Me lo decía a mi una vez el Arzobispo de Canterbury, el Primado de la Iglesia Anglicana, se lo decía a todos los presidentes de las Conferencias Episcopales de Europa: “Lo que ha perdido la Iglesia en este tiempo nuestro es su visibilidad”. Porque los cristianos somos muy cristianos, a lo mejor para dentro: nuestra conciencia, nuestras creencias son privadas, nuestras prácticas son también privadas y las defendemos así, como que tenemos derecho a hacerlas, es una cosa privada y nadie nos lo puede impedir, pero el mundo no ve la Iglesia. Lo que se vio la mañana de Pentecostés el mundo no lo ve. No puede verlo porque somos una colección, una suma muy grande a lo mejor de muchos millones de individuos, cada uno que vive su fe en privado. Y lo que nace del costado abierto de Cristo es un pueblo y un pueblo tiene que ser visible, y un pueblo tiene que tener folclores; si no tiene folclore, ha dejado de ser un pueblo. Está muerto. Un pueblo se siente protagonista de su historia.

Yo os aseguro que los políticos han tratado desde siempre “de aproximarse”, no siempre con buenas intenciones, a las cofradías o a las realidades donde la Iglesia se hace un poco más visible, porque, generalmente, en el mundo político de hoy (no es un problema español, sino, en general, depende de la concepción del Estado moderno), las realidades políticas no tienen pueblo, son organizaciones. Pero las organizaciones por definición son sólo organizaciones, no hay pueblo. En cambio, en la Iglesia sí que quedan residuos. Yo le decía ayer a algún obispo: “Mira, este hecho de esta mañana (cuando estaban viviendo algunas de las hermandades a presentarse) es un hecho de resistencia; de resistencia a la destrucción de nuestra sociedad, a la ruina de nuestra sociedad”. Y el pueblo cristiano resiste y resiste… Otro rasgo de un pueblo es que se siente protagonista de su vida. Veréis, no va a ser nada fácil para nadie que manipule el Rocío, porque no se manipula un millón de personas que están unidas por un amor a la Virgen… poco más; o un deseo de que la Virgen me ayude en este problema del hijo éste que se ha perdido, o de mi hija que está hecha un desastre, o de esta familia que se ha roto, o de tantas preocupaciones y dramas que cada uno de los seres humanos llevamos en nuestro corazón. Y no nos une más que eso. Y sin embargo, eso genera una familia. Es verdad que eso en Andalucía no es no es único: nuestra Semana Santa, pienso en la celebración del Corpus, en la celebración de la Virgen de las Angustias… Es decir, tenemos momentos. También me lo decía un obispo del norte de España, de otras latitudes: “Es que vosotros no os dais cuenta de lo que significa ser cristiano en un sitio donde la Iglesia no se ve nunca mas que dentro de las iglesias, porque tenéis las procesiones, porque tenéis momentos en los que la Iglesia se manifiesta como pueblo visible”.

Ese ser un pueblo es algo que celebramos hoy. Por lo tanto, no penséis que tengo ningún arrepentimiento de haber empezado refiriéndome al Rocío, es decir, lo que nace la mañana de Pentecostés…, hasta el punto de que pensaron “están borrachos por las cosas que están diciendo” (…). O sea, lo que los medios de comunicación cuentan del Rocío os aseguro que es lo marginal. Lo que hay ahí dentro es otra cosa que tiene mucho más que ver y es mucho más parecido a lo que estamos haciendo nosotros aquí esta mañana. Mucho más parecido. Aparte de que todas las noches las hermandades celebran la Eucaristía, rezan a lo largo del camino muchas veces el rosario, le piden a la Virgen una y otra vez por el perdón de los pecados de uno. Una vez me decía hace muchos años un romero: “Usted no se imagina el saco que traigo yo a mis espaldas y necesito pedirle a la Virgen que me lo alivie, que me lo aligere”, y algún otro decía: “Yo llevo mi saco y otros cinco o seis sacos que me han encargado que la encomiende a la Virgen”. Señor, todos esos sacos, a Ti.

Eso es Pentecostés: partos, medos, elamitas, habitantes de Siria y de Cirene. Todos cantaban las maravillas de Dios. Un pueblo busca la belleza. Trata de manifestarse de una manera lo más bella posible, como uno sabe, como a uno se le ocurre. Un pueblo, por definición, no es clerical. En el Rocío tiene que haber sacerdotes y en la romería, anda que no cambia la romería cuando hay un sacerdote que acompaña a esa peregrinación a esa diócesis. Pero, sin embargo, no es el sacerdote el que decide cómo se hacen las cosas. No. No es un pueblo clerical. Es un pueblo vivo, en el cual el sacerdote tiene su papel, pero es el Pueblo Santo de Dios el que hace el camino, acompañados por el pastor, pero acompañados por el pastor. No es el pastor el que lo hace y los demás los que le acompañan a él, en absoluto.

Un pueblo se siente protagonista de la historia. Me lo habéis oído decir algunas veces, sobre todo cuando estábamos más cerca de las elecciones, porque somos cristianos y porque tenemos la dignidad de hijos de Dios, porque tenemos el Espíritu de Dios y la vida divina: que no dejemos que otras instancias rijan nuestra vida, digan cómo tenemos que vivir o cómo podemos vivir. ¡Somos hijos de Dios, por amor de Dios! Y tenemos una dignidad que no nos da ninguna institución de este mundo, ni siquiera la Iglesia. La Iglesia nos la da en los sacramentos, pero es el Señor el que se nos da a través del pobre ministerio de la Iglesia, es el Señor. Y es el Señor el que nos ha hecho hijos de Dios libres, herederos de la Vida divina.

Mis queridos hermanos, celebramos en la fiesta de Pentecostés la culminación de la obra redentora de Cristo. Cristo ha nacido, se encarnó en las entrañas de la Virgen. Quiso nacer como uno de nosotros, quiso vivir como uno de nosotros, quiso sufrir las envidias, las mentiras, las calumnias, los malos entendidos, todo lo que sufrimos los seres humanos normalmente a lo largo de la vida, hasta gustar el rechazo de su pueblo y una muerte sumamente ignominiosa, de las más terribles que los hombres hemos intentado jamás, para mostrarnos que Su Amor era más fuerte que la muerte; para mostrarnos que el amor con el que Te ama ti y me ama a mí, y nos ama a cada uno de nosotros, hasta el más pobre de los hombres, no es capaz de ser derrotado por el mal, por el pecado, por la muerte. Ese amor es siempre triunfador. Y a ese amor nos podemos colgar siempre, nos podemos enganchar siempre, nos podemos volver siempre.

Todo lo que ha hecho el Señor ha sido para dos cosas. Una, “la mitad” de su obra redentora la celebrábamos el domingo pasado en la Ascensión, para introducir nuestra humanidad en Dios, en el Cielo de Dios, en la Vida de Dios, y para introducir la Vida de Dios, mediante el don del Espíritu Santo, en nuestra carne y en nuestra humanidad mientras estamos ya aquí abajo. Hoy celebramos esa “segunda mitad”, algo de lo que tenemos más necesidad que nada, que del aire para respirar, que la comida para alimentarnos, que la vida misma. ¡Tenemos necesidad de Dios! Sólo cuando la vida de Dios nos es dada podemos vivir como hombres y como mujeres, con esa conciencia de -lo digo en palabras de Juan Pablo II- “el estupor ante la grandeza de la persona humana se llama Evangelio, se llama también Jesucristo”. Sólo cuando tenemos la Vida divina en nosotros somos capaces de sorprendernos de la belleza, de la grandeza, de la dignidad de la persona humana. Cuando nos falta el Espíritu de Dios, nos falta la vida divina, poquito a poco eso se diluye, desaparece y, al final, la mentira o la avaricia son los que gobiernan el mundo. Para resistirnos a ese modo de gobierno del mundo, creó el Señor su Pueblo; un Pueblo de hombres y mujeres libres, hijos de Dios, a quien nadie puede arrebatar ni la dignidad ni la alegría de ser hijos de Dios.

Menciono tres rasgos en los que se manifiesta la vida divina y que aparecen en las lecturas que acabamos de hacer. Uno de ellos, el perdón, el perdón de los pecados. El Espíritu viene a nosotros para arrancarnos del poder del pecado y de la muerte y darnos la vida; Espíritu vivificante, vivificador. Y por eso, el Señor les concede a los apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados…”. Pero eso significa que el perdón es un rasgo de la vida de ese Pueblo. Siempre hay errores, siempre somos torpes, siempre somos escasos a la hora de poder amar, siempre nuestro corazón es limitado, siempre nuestro corazón se cansa. Cuando tenemos el Espíritu de Dios, cuando hemos recibido el Espíritu de Dios, Él es capaz de regenerar nuestro corazón, de hacer posible el perdón siempre, en cualquier circunstancia.

Es uno de los rasgos más llamativos y en los que el mundo es más incapaz de producir. El mundo es incapaz de producir una cultura del perdón y de la misericordia, porque en el fondo es incapaz de construir una cultura del amor. El perdón no es más que una forma del amor y las otras dos cosas van en el mismo sentido. En primer lugar, nos decía San Pablo, “somos miembros de un único Cuerpo, somos miembros los unos de los otros”. Formamos un cuerpo. No somos un colectivo los cristianos. Para nada. No somos una asociación tampoco. Somos un cuerpo, miembros los unos de los otros. En un cuerpo, si rompes un miembro, sufre todo el cuerpo; si te rompes un dedo o te cortas un dedo, a lo mejor con una máquina en el trabajo, no te duele el dedo… claro que te duele el dedo, pero te duele todo el cuerpo, estás hecho polvo por el dedo que te falta. El Espíritu de Dios hace de nosotros un cuerpo, en el que todos somos necesarios, hasta el más pobre, hasta el más humilde, -si queréis- hasta el más pecador, pertenece a nuestro cuerpo.

Y el tercer rasgo de ese amor es que no hay fronteras, o que hay una tendencia en el corazón de quien ha recibido el Espíritu de Dios a -como dice el Papa- construir puentes y no construir muros; a no poner fronteras, a no poner cosas que nos dividan, ni por clase social, ni por raza, ni por lenguaje, ni por idioma, ni siquiera por religión… Estamos llamados a amar a todos los hombres como Dios nos ama a nosotros, es decir, sin merecerlo, gratuitamente.

Que el Señor nos conceda el Espíritu de Dios y que caminemos por ese camino. Tampoco hay que decir “Señor, yo voy a conseguirlo; por mi fuerza de voluntad, yo voy a ser perfecto”. Qué va, somos pobres hombres. Tú nos conoces, Señor, y nos has amado y nos has entregado tu Vida, nos la entregas todavía. En todos los sacramentos, el Señor nos da su Espíritu, Su Vida divina, se hace contemporáneo nuestro y regalo para nosotros en el mundo y en la vida que tenemos cada uno.

Abramos nuestro corazón al Espíritu de Dios y que Él quiera hacer florecer ese Pueblo, que es lo más bello que hay en la Creación y en la Historia. Que sois vosotros, que somos nosotros, en nuestra pobreza. No por nosotros, ni por nuestras cualidades, ni por nuestras virtudes, sino porque Dios nos acompaña y está con nosotros, y está en nosotros, y no hay nada más bello que la Gloria de Dios. Nada, que se le pueda comparar en el mundo entero.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

9 de junio de 2019
S.I Catedral

Palabras finales de Mons. Martínez en la Eucaristía de la Solemnidad de Pentecostés

A la luz de lo que decía del Rocío yo en un momento he dicho que “un pueblo siempre busca la belleza”. Eso se ve en las estaciones de penitencia, cómo se expresa. Se ve también en el Rocío. Pero quiero subrayar allí una cosa que me parece muy importante: el Pueblo cristiano, es decir, nosotros, por el don que hemos recibido, no es que estemos obligados, es que nos pide el corazón y el cuerpo buscar la belleza en todo, y en todo es en todo, desde los trajes… claro que sí. Los cristianos debíamos, no digo distinguirnos, pero ser reconocidos por una cierta belleza, por un cierto tipo de gusto en nuestro vestir y en todo. Pero no es eso lo más importante. No quiero minimizarlo, porque hasta eso llega el amor por la belleza. Pero la verdadera belleza, la más grande, es la belleza en las relaciones humanas.

Cuando recibo el Espíritu Santo, el amor de esposo y esposa, es que se hace… es posible que sea muchísimo más bello. El amor entre padres e hijos, y entre hijos y padres: más bello, más libre, menos agobiante, nada dado a los chantajes afectivos, a muchas cosas que envenenan sin querer nuestras relaciones. Es, de nuevo, la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Y diría: no sólo las relaciones esas que son más sagradas, sino en el mundo en el que estamos hay muchas relaciones que son momentáneas: el señor que pasa con los tickets por el autobús, la mujer que está en la caja del Carrefour cuando nos está haciendo la cuenta…, mil ocasiones en que nos rozamos unos a otros, y tendría que notarse que somos cristianos por un cierto modo de hacer las cosas, pensad cada uno cómo, para que se nos pueda reconocer también en eso como pueblo.

¿Cuál es el criterio de eso? Dejadme decirlo, aunque parezca una homilía nueva: la amistad. Somos personas que quisiéramos, como decía me parece Miguel Ríos hace muchos años, “yo quiero tener un millón de amigos”. Pues eso, yo quiero tener un millón de amigos. No es posible, sé que no es realista siquiera. Y la amistad no es un invento del mundo. La amistad, que los griegos valoraban muchísimo, Jesús dio la clave en la Última Cena: “No os llamo siervos, os llamo amigos”. Y ese “os llamo amigos” es la amistad más grande, porque es la comunicación de la Vida divina, que se nos da a nosotros, que Jesús nos da a nosotros y que nosotros quisiéramos compartir con todos: la alegría que tenemos, el gusto por la belleza que tenemos, el gusto y el amor a la amistad que tenemos, siempre dispuestos a una nueva amistad, siempre dispuestos a acoger a alguien.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

9 de junio de 2019
S.I Catedral

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