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“Jesucristo ha venido para enseñarnos a vivir”

Homilía de D. Javier Martínez en la Eucaristía del Sacramento de la Confirmación en la S.I Catedral el 19 de mayo de 2021.

Muy queridos hijos, los que os vais a confirmar:

Cómo le pido al Señor que pudiera transmitiros todo el gozo, toda la alegría, que hay en ser cristiano; todo el tesoro que significa poder vivir de la vida que Jesucristo ha venido para compartir con nosotros. Y, veréis, no es que Él haya venido para enseñarnos unas prácticas o unas cosas, que es lo que llamamos la vida cristiana. Jesucristo ha venido para enseñarnos a vivir, a ser hombres y mujeres capaces de afrontar la vida, no sólo con nuestras capacidades y con nuestras fuerzas, que sirven para lo que sirven, son útiles, son necesarias pero que tienen una utilidad limitada. Limitada para esta vida. Mientras que el don de la vida que el Señor nos ha dado ya al crearnos, nos ha dado una vida que está llamada a cumplirse en Dios.

Hay una frase de san Agustín que lo resume y que resume toda la visión del hombre, del ser humano, tanto hombre como mujer, pero que resume la condición humana en una frase muy sencilla: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descanse en Ti”. No es que la vida en Dios, o la vida eterna, sea una vida de descanso que nos resultaría muy aburrido y a veces, cuando nos imaginamos el Cielo lo imaginamos… es una plenitud de vida que no tiene resaca, que no genera fatiga, que no nos cansa, que no nos termina aburriendo, como nos terminan cansando y aburriendo todas las realidades de este mundo. Y siendo una fuente de gozo, pero también de fatiga, de insatisfacción, de inquietud, nuestro corazón está siempre inquieto porque está hecho para Dios. Para el Dios que es Amor. Estamos hechos para un amor que no tenga límites, que no tenga condiciones, infinito en definitiva. Ese amor infinito es Dios que nos ha creado y luego nos ha entregado a Su Hijo, para que Su Hijo nos comunique la vida de hijos de Dios. Eso que San Pablo describía con una frase también muy expresiva y significativa: “La libertad gloriosa de los hijos de Dios”. ¿Qué es esa libertad?, ¿la libertad de hacer lo que nos da la gana? No, porque eso normalmente conduce a la esclavitud con respecto a nuestros instintos, a nuestros movimientos más bajos, a la envidia, al egoísmo, a la violencia de unos con otros. La libertad de los hijos de Dios es la libertad de no depender de las circunstancias. Si queréis, no depender ni siquiera del afecto que me puedan tener o no tener los demás. No depender ni siquiera de la salud, porque la vida está construida sobre una roca que es el amor infinito de Dios, el amor eterno de Dios y nada es ni más grande, ni más poderoso que ese amor.

Ser cristiano es haber encontrado ese amor. Decía el Papa Benedicto XVI en uno de sus primeros textos: “El cristianismo no consiste en una serie de creencias, o en una serie de principios morales”. El cristianismo es haberse encontrado con Jesucristo. El encuentro con Jesucristo nos permite ser nosotros mismos en plenitud. El encuentro con Jesucristo fortalece nuestra persona, enriquece, hace florecer nuestra persona. Nos hace crecer como personas, crecer en nuestra capacidad de comprender la vida, no porque entendamos mejor la estructura del átomo, o porque entendamos mejor las distancias, o las realidades de las galaxias, sino porque entendemos mejor qué es lo que significa vivir y para qué estamos en la vida. Qué es, en definitiva, mucho más importante que todos los otros conocimientos.

Entendemos mejor qué es nuestro bien, qué es el bien de todos y qué es el mal. Entendemos mejor cuál es nuestro destino y nuestra vocación, que no es simplemente triunfar en este mundo y luego envejecer y morir, sino la vida eterna, la vida divina, la vida de Dios. Ese es nuestro destino. Eso es lo que hemos aprendido en Jesucristo. Eso es lo que nos ha dado al entregarSe a nosotros en la Pasión y en la muerte. Sembrando, por así decir, en nuestra tierra Su vida divina, para que pueda florecer en nuestra humanidad.

Pero Jesús no ha venido para enseñarnos unas prácticas, que son las prácticas de los buenos cristianos. Jesús ha venido para enseñarnos a vivir, a ser hombres y mujeres en plenitud, capaces justo de comprender mejor el por qué profundo, el significado profundo de la vida, de ser verdaderamente libres y de ser capaces de amar con un amor más parecido al que Dios nos ama, que es la tarea importante de la vida: aprender a quererse. La más importante. Aprender a querernos como Dios nos quiere a nosotros y de la manera más parecida a como Dios nos quiere a nosotros.

Jesucristo nos dio Su vida y nos dio Su Espíritu en el Calvario, en la cruz, cuando se entregó por entero a nosotros. Y triunfó sobre el pecado y sobre la muerte con Su amor sin límites, con un amor que es más fuerte que la muerte. Y ha dejado Su Espíritu en su Iglesia para comunicárnoslo a nosotros. Ha dejado ese amor Suyo en Su Iglesia para comunicárnoslo a nosotros. Y eso es lo que nos comunican los Sacramentos que son gestos de Jesucristo que Él confía a Su Iglesia a través de los cuales la vida nueva que Jesús nos ha obtenido, una vida de fe, de esperanza, de amor, o si queréis, como yo lo expresaba haciendo referencia a nuestras facultades humanas, conocimiento del significado de la vida, de libertad. Grandiosa la libertad que Cristo nos da, que tiene que ver también con la esperanza y la liberación del miedo, especialmente del miedo a la muerte, y de amor.

A través de los gestos de la Iglesia Jesús nos comunica esa vida y nos la ha comunicado ya en el Bautismo. Pero todos vosotros os bautizasteis cuando erais muy pequeños, porque vuestros padres, con buen sentido, querían que recibierais esa vida desde el primer momento; que pudierais tenerla y crecer ya, por así decir, en el seno de esta familia que es la Iglesia, y teniendo esta vida que es el conocimiento del Señor. Sin embargo, la Iglesia Católica Romana ha querido que se separe del Bautismo este gesto, que es la Confirmación, que es como una segunda firma, como un segundo sello que da el Señor a la Alianza de amor hecha con vosotros. Y lo pone en una edad en la que nosotros somos capaces de darnos cuenta que acoger al Señor en nuestras vidas es un regalo inmenso. Como todos los regalos llevan consigo una responsabilidad, pero yo no voy a insistir en la responsabilidad sino en el regalo. Basta que encuentres un buen amigo y si lo encuentras, lo normal es que tú respondas a esa amistad y tu corazón te pida responder a ella. Y, en cambio, si no encuentras un buen amigo, da lo mismo que te hablen mucho de las obligaciones que uno tiene para con los amigos… a mi me importa que conozcáis a Jesucristo, me importa que tengáis la experiencia del regalo que Jesucristo os hace de Su vida, y la responsabilidad sale casi sola, sin necesidad de que nos la recuerden demasiado. Si uno tiene algo precioso, lo protege, lo cuida. Y tener a Jesucristo es lo más precioso, lo más precioso que podéis tener en la vida, os lo aseguro. Y diréis: ¿para qué me sirve? Bueno, paciencia, lo iréis viendo. Iréis viendo que si uno tiene a Jesucristo, puede uno perderlo todo y no perder la paz, ni siquiera la alegría aun en medio de los dolores más grandes de perder a un padre, a una madre, a un ser querido; en medio de ese dolor puede uno tener la certeza de que nuestro destino no termina con la muerte, que la muerte no tiene la última palabra, nunca. Y no nos separa nunca para siempre.

En realidad, ni siquiera nos separa del todo. Sólo nos separa en un cierto aspecto y, en cambio, puede uno tener el mundo entero, puede uno tenerlo todo y si te falta Jesucristo, si te falta la gracia y el amor a Jesucristo, de que Él es fiel y no te deja, no te abandona, ni deja de quererte, de ser el mejor amigo. Si eso te falta, pues la vida se hace, a veces, muy pesada, casi siempre. Uno termina haciéndose escéptico, cínico y en el fondo fingiendo siempre que está muy contento, pero uno se da cuenta de que en un mundo en el que Dios falta, visiblemente, o la conciencia de la presencia de Dios falta en nosotros y en nuestra sociedad, la alegría verdadera es un bien cada vez más escaso, más ausente de la experiencia humana, hasta de la experiencia de las mismas familias, de los mismos matrimonios.

Por eso os decía yo, Le pido al Señor, con mi pobreza y toda la distancia de edad que hay con vosotros, poder deciros y grabar en vuestro corazón que haber conocido a Jesucristo es el bien más precioso, y que ser cristiano es lo más grande que a uno le puede pasar. Y que tener al Señor es un regalo inmenso que llena la vida de buen gusto, de alegría, de capacidad de darse y de ganas de vivir.

El Señor Se nos da –os decía- en los gestos de los Sacramentos. Y en la Confirmación es Él quien confirma la Alianza de amor que ha hecho con cada uno de vosotros en la cruz. El amor con el que el Señor os ama no proviene de la cruz, no proviene del día del Calvario, del Viernes Santo. Proviene de toda la eternidad. Cuando Dios dice te quiero, cuando Dios nos crea, ha pensado en nosotros desde toda la eternidad. Nos ha amado tal como somos desde toda la eternidad y nos amará para siempre. Nos quiere para siempre. Dios no se cansa. Y eso es lo que en esta tarde, Jesucristo, a través de mis pobres manos y pequeños gestos de la imposición de las manos y de la unción, os va a confirmar. Que Él estará con vosotros para siempre. Que nunca os faltará el Espíritu de Dios, para iluminar vuestro camino, para iluminaros en el camino de la vida, para acompañaros, para que nunca estéis solos, para que sepáis que Jesús está con vosotros; para que podáis llamar a Dios “Padre” y podáis abandonar vuestras vidas en las manos de ese “Padre”, que tiene hasta los cabellos de vuestra cabeza contados.

Vamos, pues, a vivir… Os decía que hemos venido a disfrutar en este momento. Vamos a vivir el Sacramento con sencillez, con gozo, recibiendo el regalo que el Señor nos da y pidiéndoLe que el Espíritu Santo, que os hace hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, florezca y fructifique en vuestras vidas de una manera preciosa, para que vuestras vidas sean a su vez un regalo y un testimonio de la belleza de una vida llena de Cristo en medio de este mundo tan necesitado de Jesucristo y de la esperanza, de la alegría que nace de Jesucristo.

Comenzamos, pues, con la profesión de fe que no es la recitación de un ideario. Es algo que le decís al Señor. No me lo decís a mí; ni me lo decís a mí ni a la comunidad cristiana, se lo decís al Señor. Y es un “sí” en el que le decís al Señor que le conocéis, que esperáis de Él lo que sólo podéis esperar de un amor infinito, que es el perdón de los pecados, no de unos poquitos pecados, sino de todos los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Sólo un amor infinito y todopoderoso es capaz de dárnoslo. Entonces, Le decía al Señor: “Yo te conozco, sé que eres Padre de Jesucristo, te he conocido en Jesucristo, conozco el Espíritu de Tu Hijo que voy a recibir, y espero de Ti esos bienes inmensos, que son el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna”.

Y con esa condición pasamos al Sacramento de la Confirmación.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

19 de mayo de 2021
S.I Catedral de Granada

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