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“En este día de la Virgen de las Angustias, es un día para pedir por todos”

Homilía del arzobispo D. Javier Martínez en la Eucaristía con motivo de la festividad en honor a la Patrona de Granada y su Archidiócesis, Nuestra Señora de las Angustias, el 15 de septiembre de 2021.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa muy amada (amada hasta el límite, sin límites) de Jesucristo, el Hijo de Dios;
muy queridos sacerdotes concelebrantes;
Junta Directiva de la Hermandad de la Virgen de las Angustias, con su Hermano Mayor;
representantes de la Hermandad de la Virgen del Rosario y de Santa María de la Alhambra;
y muy queridos hermanos y amigos todos (los que estáis aquí, los que no habéis podido entrar y los que nos seguís a través de la televisión diocesana o de los medios de comunicación):

Jesucristo es la Revelación del Amor de Dios. Un amor que no se limita a unos pocos. Un amor que no hace selección entre buenos y malos. Un amor que se ofrece a todos los hombres. Los brazos abiertos de la cruz de Jesucristo son unos brazos que llegaban adonde llegaban, pero, como quien abría esos brazos era el Hijo de Dios, abrazaba al mundo entero. Te abrazaban a ti, me abrazaban a mí. A cada hombre y a cada mujer nos llega ese amor infinito de Dios.

Pero Jesús no revela sólo el Amor de Dios. Revela que Dios es Amor y que ese Amor es para nosotros; que ese amor infinito es para cada uno de nosotros y para todos los hombres. Justo porque es amor infinito, todos podemos apropiarnos de todo el que necesitamos y no le quitamos nada a nadie, porque no disminuye, por mucho que yo coja. No hay lugar para la envidia, ni para esas comparaciones que tanta importancia damos en nuestra vida, entre unos y otros. Dios ama a todos con un amor sin límites. Si acaso, uno podría decir que ama más a la oveja perdida, porque va detrás de ella, porque no la abandona, porque no la abandona nunca. El pecador tiene a lo mejor más cerca la misericordia de Dios y el amor de Dios, y hasta puede comprenderla mejor. Pasó en la vida de Jesús: que los justos, los fariseos y los escribas no reconocieron en Jesús la Misericordia de Dios y la llegada del Reino de Dios. Y los pecadores y las prostitutas y los publicanos lo comprendieron y se colgaron de esa Misericordia, le daban gracias y tenían una actitud que los justos no tenían.

Jesucristo revela el Amor de Dios. Revela que Dios es Amor. Y no lo revela haciendo un discurso. Lo revela entregándoSe por el mundo, por la vida de los hombres, por la vida del mundo: “Nadie me quita la vida. Yo la doy porque quiero”. Y Él se pone -por así decir- entre los pecados y las miserias del mundo y Dios, para protegernos a nosotros de la justicia divina, para protegernos a nosotros con Su Misericordia; para que, cuando Dios se acerque a nosotros, lo que vea en nosotros no sea nuestra mezquindad y nuestra miseria, sino que pueda ver a Su Hijo Jesucristo y no pueda mas que llorar de ternura por el amor que Su Hijo nos tiene.

Ese es Jesucristo, fundamento y meta de nuestra fe, que ha vencido al pecado y a la muerte en su propia carne y que, como decía tantas veces san Juan Pablo II, por Su Encarnación, que se consuma en la Cruz, se ha unido de un cierto modo a todo hombre y a toda mujer. No es un amor a la humanidad abstracto, genérico, sino a cada uno de nosotros. Se ha unido a cada uno de nosotros de una forma inefable, de una forma que nosotros no nos podemos representar siquiera, pero que se hace uno con nosotros.

Y la Virgen, Su Madre, le acompaña en Su ofrenda, le acompaña en Su cruz, le acompaña en Su entrega. Nadie como Ella ha entendido lo que significaba la cruz de Jesús, el amor que había en la cruz de Jesús, pero, en su humanidad, quien le había enseñado a Jesús a amar era la Virgen. Nos podemos imaginar algo de lo que sería el corazón de la Virgen. Un corazón preparado para educar, en la vida y en el amor, al Hijo de Dios. Cómo habría el Señor cuidado ese corazón para que cupiera Él y, cabiendo Él, para que cupiéramos todos los demás, como Jesús nos entregó en el momento de la muerte.

La Virgen ha sido siempre vista por la Iglesia no sólo como una figura a la que nos acogemos y a la que Le suplicamos y Le ponemos nuestras penas, y nuestras dificultades, y nuestras luchas, y nuestros combates, y también nuestras alegrías, porque es nuestra madre. Es también el símbolo y el tipo de la Iglesia. Y eso es lo que hemos expresado en la oración de la Misa de hoy. La Virgen acompañó a Su Hijo en la ofrenda de Su vida por el mundo: “Haz que la Iglesia, asociándose también a la Pasión de Cristo, podamos merecer la Resurrección, el Cielo, la vida eterna”. Tenemos especial necesidad de recordar esto después del año y medio (año y nueve meses casi) que hemos vivido y que estamos todavía viviendo, de dolor, de separaciones, de muertes, de preocupación, de miedo. Tantas veces de sufrimiento por no poder acompañar o ver sufrir, y no poder acompañar a los seres queridos. En este tiempo, hemos descubierto todos que tenemos necesidad de Dios y necesidad unos de otros. Y que nos podamos asociar -asociar nuestros sufrimientos- a la Pasión de Cristo, como hemos pedido en la oración de la Misa. Cristo se ha asociado a los nuestros, ya se asoció en la cruz y se asocia constantemente, intercede constantemente por nosotros.

Nadie, creyente o no creyente, sufre en esta tierra sin que su sufrimiento sea una parte de la Pasión de Cristo; sin que Dios, cuando ve ese sufrimiento, no le acompaña de algún modo. Pero no es lo mismo ser acompañado sin darte cuenta de que lo eres, o poder tener la experiencia de que, efectivamente, mi sufrimiento no es estéril. Mi soledad, mi angustia, mis ansiedades, mis preocupaciones, mi pequeñez, que la experimento todos los días, no es estéril, no es como un desierto. No es algo que carece de significado, sino que forma parte de la Pasión salvadora de Cristo, de la Cruz salvadora de Cristo. Que mis sufrimientos ya estaban abrazados en la cruz y siguen. Yo ya estoy, en este momento, abrazado por el amor infinito de Dios.

Es verdad que para que eso no sea algo que uno ha oído, sino que pueda ser vivido. Y vivirlo cambia la vida, os lo aseguro. No es lo mismo sufrir en la oscuridad que sufrir sabiendo qué significado tiene el sufrimiento; que sufrir sabiendo que el sufrimiento, el mal y hasta la muerte, y hasta el pecado, no son el poder últimos sobre nuestras vidas, porque más poderoso que la muerte y más poderoso que el pecado es el amor con el que Cristo nos ama a cada uno. Saber eso cambia la vida, cambia el modo de vivir. Abre el corazón a la esperanza y a una esperanza que no defrauda. Pero no es un ejercicio mental ni es un ejercicio voluntarista.

Si releemos la Pasión de Cristo, junto a la Pasión estaban María, Su Madre; el discípulo a quien Jesús tanto quería, Juan; María la de Salomé; María la de Santiago; la otra María, la Magdalena. Dios mío, había como un grupo de personas, era como el germen de la Iglesia. No podemos vivir nuestra vida en solitario, porque ya nadie vivimos en solitario. Porque Cristo se ha unido a nosotros. Pero si Cristo se ha unido a nosotros y el mismo Cristo que se ha unido a mí, está unido también a ti y a mi y a cada uno de nosotros: nosotros somos una sola cosa. No lo podemos ser ni experimentar con todos, ni siquiera con todas las personas de la casa o del barrio o de la ciudad, pero con todas las que el Señor me ponga cerca. De esa manera, puedo yo experimentar esa Presencia de Cristo que no me abandona.

Tampoco me abandona si estoy solo. Pero si estoy solo, seré muy frágil al pensar “¿pero, no será esto una comedura de coco?”, como dicen los jóvenes. “¿No será esto que me estoy dando vueltas a la cabeza y me lo creo para tranquilizarme?”. Y somos muy frágiles ante esa tentación. Sin embargo, si no estamos solos, yo os aseguro que uno dice “no, Señor, aquí estás Tú, en medio de nosotros. Aquí estás Tú y Te pedimos por todos”.

Y hoy, en este día de la Virgen de las Angustias, es un día para pedir por todos, toda la comunidad cristiana de Granada, por toda la ciudad de Granada. Por sus autoridades también, por los que se sienten más abandonados, por los que se sienten más solos, por los que sufren más, por los que no tienen esperanza. Así nos unimos a la Pasión de Cristo, que entregó Su vida por la salvación de todos y, unidos a la Pasión de Cristo, un día participaremos plenamente de la belleza infinita de Su Gloria: Su Gloria y Su Amor; de la belleza y del gozo infinito de Su amor por nosotros.

Que así sea.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

15 de septiembre de 2021
Basílica de Nuestra Señora de las Angustias

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