Menu

El Amor con el que somos amados

Homilía en la Eucaristía del Sacramento de la Confirmación en la S.I Catedral, el 28 de mayo de 2021.

Muy queridos hijos:

Dejadme que comience haciéndoos una pregunta, que sé que no la podéis contestar aquí, pero sería bonito hacer de la pregunta una conversación: ¿Cómo os imagináis a Dios cuando os lo imagináis?

Os voy a poner una especie de dilema. Si nos lo imaginamos como un ser, nos lo imaginamos un poco como el emperador de la “Guerra de las Galaxias”, o como un ser sobrenatural, como el dios de los bosques de la película “La princesa Mononoke”. Inmediatamente, nos damos cuenta de que esa imaginación es inadecuada, porque en el momento en que hacemos de Dios un ser, por muy poderoso que sea, por muy grande que sea, por muy inmenso que podamos imaginarlo, no deja de ser un ser y un ser sólo puede ser un relojero de todo lo que constituye el mundo, y es una imagen de Dios muy pobre, insuficiente, inadecuada. Pero, si no nos lo imaginamos como un ser, tendemos a imaginarlo como una energía. Es muy frecuente, ahora mismo, que es una energía muy grande, muy poderosa. Si nos lo imaginamos como energía, nos podemos imaginar que todas las cosas participan de la energía. Es muy diferente a imaginarlo como un ser, pero una energía no tiene corazón. Una energía no ama. Una energía no se apasiona y, por lo tanto, no puede ser un ser personal.

Eso pone de manifiesto que todas nuestras imaginaciones, que están basadas en experiencias nuestras, de los sentidos, no son capaces de representarse a Dios. Hay, por supuesto, una tercera hipótesis, que es la hipótesis de que Dios no existe. Pero esa hipótesis es todavía más difícil de sostener, porque si Dios no existe, ¿por qué lloramos? Si Dios no existe, ¿por qué reímos? ¿Por qué nuestro corazón busca el amor? ¿Por qué anhelamos ser felices y sufrimos cuando no lo somos? Tenemos una imagen de lo que es la felicidad y esa imagen está conectada de algún modo con una experiencia de amor, de un amor muy singular, un amor que no se acabe. Un amor que no se canse, que no se fatigue, que no nos ponga condiciones.

Ese es el Dios verdadero. La única definición que hay en el Nuevo Testamento de Dios es “Dios es Amor”. Hay otra: “Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna”. Pero es luz, precisamente, porque es Amor; y todo el que ama ha nacido de Dios y participa del Ser de Dios de una manera especial. En realidad, todo lo que existe. En vuestros ojos, en vuestro pelo, en vuestra alma, en vuestro corazón, más que en ningún otro sitio. Está también en las piedras, en el más diminuto de los seres vivos, en las montañas, en las galaxias. Pero más que en ninguna otra criatura, en el ser humano creado a imagen y semejanza de Dios. Como decía San Agustín: “Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

A responder a esa inquietud ha salido a nuestro encuentro Jesucristo. Después de una preparación de muchos siglos, para que el Pueblo de Israel pudiese comprender, asomarse un poquito al Misterio sin fondo del amor de Dios, el Hijo de Dios nace de la Virgen, como nos representa esa preciosa imagen de María Madre y Reina que preside ahora nuestro presbiterio; y ha compartido nuestra condición humana y se ha entregado por nosotros hasta la muerte. “No hay mayor amor que el que da la vida por aquellos a los que uno ama”. Y el Hijo de Dios ha sufrido una muerte ignominiosa, libremente, para mostrarnos y para hacernos partícipes de Su amor. De hecho, Él explicó su muerte en la Última Cena como una alianza; una alianza de amor que Dios había prometido ya en el Antiguo Testamento. “Esta es la sangre de una nueva Alianza, una Alianza nueva y eterna”, para el perdón de los pecados y para participar de la vida divina. Ese es el significado de la muerte de Cristo, una Alianza, un amor. Y ese es el significado de la Encarnación. Un amor tan grande del Dios infinito y todopoderoso por su criatura. El Dios que ha querido unirse a nosotros, no porque Él necesite de nuestro amor o buenas obras, sino porque nosotros necesitamos de Él. Necesitamos de su Amor, de su Compañía, de la certeza, de su fidelidad para con nosotros, para con cada uno de nosotros. Y una fidelidad que no esté condicionada.

Algunos de vosotros sacaréis muy buenas notas, otros no. Algunos tienen unos defectos y unas cualidades. Somos criaturas siempre necesitadas y necesitadas de un amor infinito. Cristo nos ha dado a los hombres Su vida divina, Su vida de Hijo de Dios. “En él habitaba corporalmente -decía San Pablo- la plenitud de la divinidad”. Y Él nos ha entregado Su Espíritu y lo ha dejado en manos de Su Iglesia para poder comunicarnos esa vida divina, que es el Espíritu de Dios, el Espíritu del Padre y del Hijo, pero el Espíritu del Hijo, que nos permite a nosotros vivir como hijos de Dios y vivir en la libertad gloriosa de los hijos de Dios.

Esto corrige algunas imágenes que tenemos así, populares y en parte falsas, de la Confirmación. Decimos con mucha frecuencia “me voy a confirmar”. Mentira, vosotros no os confirmáis. Incluso en la monición de entrada decía que ibais a confirmar vuestra fe. Sí, en cierto sentido, vais a profesar la fe que profesaron en vuestro Bautismo, pero no venís aquí a confirmar la fe y que, a partir de ahora, vais a ser mucho más buenos. Si eso fuera el centro de esta celebración, una especie de ceremonia de graduación en la Iglesia, vuestra alegría sería muy frágil. Tendría muy poco recorrido, porque el primer día que metáis la pata, el primer día que cometáis un error, que vuelva a salir a lo mejor el geniecito que tienes o te pelees con tu madre o padre, dices “¿ahora, vuelvo a la catequesis? Pues, no funcionó. Hice un propósito muy fuerte y estaba el obispo y todo…”. Si entendéis así la Confirmación, estáis perdidos. Vosotros no confirmáis nada. Vosotros profesáis la fe, previamente a la Confirmación, y en la fe lo que decís se lo decís al Señor, no me lo decís a mí. Al Señor que conocéis; que conocéis a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Al Dios que es Comunión de amor y que esperáis de Él lo que no podíais esperar de nadie de este mundo, ni siquiera de la persona que os quiera más, ni siquiera de vuestros padres, o de vuestro esposo o de vuestros hijos el día de mañana, que es el perdón de los pecados sin límite (con respecto al número o a la gravedad de los pecados), la resurrección de la carne y la vida eterna. Sólo Dios, sólo un amor infinito puede dar eso.

Entonces, lo que le decís al Señor cuando profesáis la fe es: “Señor, yo Te conozco y sé que me amas. Digo ‘sí’ a tu amor. Quiero rechazar la vida que viene de satanás y quiero la vida que viene de Ti”. Deseo Tu vida. ¿Y para qué quiere venir el Señor a vosotros? Para estar con vosotros. Para nada más. Para que no estéis solos. Para que sepáis que sois queridos y con un amor infinito, y que lo seréis siempre. Yo sé que esta tarde se olvidará y que algunos de vosotros a lo mejor un día le dais la espalda al Señor o lo expulsáis de vuestro corazón, de vuestra vida, porque la vida es muy compleja y pasan muchas cosas, y se os hace difícil, y surgen cosas como el resentimiento. Yo os juro que ni siquiera en ese caso el Señor os abandonará. Que seguirá junto a vosotros. Seguirá en vosotros y esa es la Confirmación.

Es una alianza eterna. Antes de que existiera Sierra Nevada y las pléyades o la luz del sol, el Señor te tenía presente. El Dios infinito, el Dios verdadero, el Dios vivo te tenía presente y ha dicho “te quiero”. Y cuando Dios dice “te quiero” es para siempre, porque no es como nosotros, que tenemos un poquito de amor y queremos -queremos a quien nos quiere-, nos cansamos de querer, dejamos de querer, queremos un tiempo, queremos con muchas condiciones. No. Dios os ha dicho “te quiero” y hoy confirma ese “te quiero” que ha dicho desde toda la eternidad, que ha verificado y ratificado en la cruz, haciendo una Alianza eterna con todos los hombres, si todos los hombres estuvieran dispuestos a acoger ese amor. Y todos participáis de esa alianza por vuestro Bautismo. Y hoy el Señor confirma esa alianza y te vuelve a decir: “Te quiero, quiero estar contigo, quiero que puedas vivir contento”, porque hay un amor infinito que es tuyo, que lo posees, que me posees a mí, que posees al Señor.

Hablar de alianza es hablar de una especie de matrimonio. El Señor ha creado el matrimonio y al hombre y la mujer, para que podamos entender algo de Su Alianza de amor con nosotros. Y en el matrimonio, los dos son uno. Vosotros, al acoger la alianza, os hacéis del Señor. Pero también el Señor se hace vuestro. Es vuestra posesión, al mismo tiempo que vosotros sois posesión del Señor. Una posesión que no es como la de Gollum -“mi tesoro”-, que empequeñece al que tiene un amor posesivo de ese tipo. No. Es un amor que os hace ser, que os hace florecer, que os hace crecer, que ensancha vuestro corazón, que llena la vida de oxígeno fresco y de gusto por la vida.

Una vez oí yo decir, y me parece muy verdadero: ¿cuál es el fruto de haber conocido a Jesucristo? En el Evangelio dice que eso es la vida eterna: conocer a Dios y a su Enviado, Jesucristo. ¿Y cómo se manifiesta eso? Pues, en una alegría especial que no hay que fabricar, que no hay que construir, sino que nace del fondo del corazón y en un gusto por la vida. Un cristiano es alguien que tiene gusto por la vida y las cosas bellas de la vida, las cosas buenas de la vida y que las disfruta y que las cuida, y ayuda a que crezcan. Esa es nuestra contribución al mundo: vivir la vida que el Señor nos da. Vivirla al aire libre, con frescura, con alegría y el mundo cambia. Al menos cambia un par de metros cuadrados alrededor de cada uno de vosotros y eso ya es un cambio inmenso. Y cambia de ser una vida en la que vivimos al estilo Gollum -“mi tesoro”-, tratando de acumular tesoros para mí (hasta las personas hacemos de ellas “mi tesoro”, y las hacemos polvo, las empequeñecemos), a una vida donde la vida se convierte en don, en regalo. Cada uno de vosotros sois un regalo. Y un regalo con un valor infinito para cada uno, que no depende de vuestras notas, de vuestra profesión, ni del dinero que tengáis, ni de la familia a la que pertenezcáis, ni la clase social, ni nada de eso.

Cada uno de vosotros valéis la Sangre preciosa de Cristo, que vale más que el mundo entero. Ese es el amor con que sois amados y ese es el amor con el que el Señor esta tarde confirma en cada uno de nosotros, a través de unos gestos muy pequeños, pero esos gestos son los que ha querido el Señor que sirvieran para la comunicación de Su vida. No los despreciéis. Los seres humanos nos comunicamos y nos decimos cosas a través de gestos también muy pequeños. Una sonrisa, una mirada a veces, un beso. Qué gesto más pequeño es un beso, o una caricia. Es verdad que los gestos humanos pueden ser falsos. Hay besos falsos. Pienso siempre en el de Judas, el que significa una traición, pero eso es porque somos seres humanos. Pero, todos los gestos a través de los cuales pasan cosas grandes y bellas en nuestra vida son gestos pequeños, que pueden ser muy determinantes. En un beso de verdad puede pasar la vida entera, puede cambiar la vida entera. Los gestos de la Confirmación pueden ser gestos muy pequeños y por ellos pasa la vida divina y el amor infinito de Dios para cada uno de vosotros. No los despreciéis.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

28 de mayo de 2021
S.I Catedral de Granada

volver arriba
Logo VA TV web  Odisur     Casa de Espiritualidad Sierra NevadaLogo Lumen Gentium IIViajes San Cecilio.   Editorial Nuevo Inicio      Centro Cultural Nuevo Inicio         Logo IFESicsco