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Beata Hosanna degli Andreasi

La beata Hosanna degli Andreasi es una gran mujer del inicio de la Edad Moderna. Natural de la región de Mantua, que expresó con su vida la armonía entre la vida secular y la contemplación de Dios, crucial en aquel s. XV europeo. Una mística religiosa que la Iglesia conmemora el 18 de junio y que llegó a ocupar durante un tiempo el puesto de gobernante del ducado de Mantua siendo aún novicia de las Hermanas Dominicas.

Si estudiamos la historia de comienzos de lo que conocemso como la Edad Moderna, no podremos dejar de advertir el papel tan importante que desempeñaron varias santas mujeres de la época, a quienes los gobernantes y el pueblo en general solicitaban consejos e intercesiones. Llegaron a ser vistas en vida como protectoras de la comunidad y mediadoras entre Dios y los hombres. Una de aquellas mujeres fue la beata Hosanna.

Nació el año 1449 en Mantua, hija de padres allegados a la familia Gonzaga, que gobernaba el ducado de Mantua en el siglo XV. Hosanna fue la mayor de una prole numerosa, y durante largas temporadas tuvo que hacerse cargo de la casa y de velar, durante toda su vida, sobre varios de sus hermanos menores.

Parece que recibió una revelación cuando paseaba cerca del río Po, con tan solo 5 años. Cierto día escuchó una voz misteriosa: “Niña, niña...: la vida y la muerte consisten en amar a Dios”. Inmediatamente cayó en un arrobamiento, y su espíritu fue conducido por un ángel hasta el paraíso, donde vio a todas las creaturas que alababan a Dios a su manera. El ángel le explicó que los actos de adoración, los cuales habrán de ser nuestra actividad principal en la eternidad, deben ser también nuestra preocupación esencial y nuestra dicha en esta vida.

Desde aquella temprana edad comenzó a dedicar muchas horas a la plegaria y la penitencia. A menudo caía en éxtasis, para angustia de sus padres, quienes, al principio, atribuían los trances a la epilepsia. La niña pidió que le enseñasen a leer, a fin de conocer su religión, pero su padre se negó a permitirle que estudiara, con el pretexto de que las ciencias no estaban hechas para las mujeres. A pesar de la estricta prohibición, la chiquilla aprendió.

Se entiende que se enfrentase también a su padre en su deseo de encontrarle un esposo de conveniencia, queriendo ella consagrarse por entero a la vida contemplativa. Entró a vestir el hábito de las Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo. Lo curioso es que Hosanna tardó años en hacer su profesión perpetua como terciaria y estuvo 37 años como novicia en el convento.

La gran estimación que profesaba el duque Federico de Mantua por la beata, se puso de manifiesto a fines de 1478. En vísperas de partir a la campaña militar en Toscana, el duque la mandó llamar para pedirle, nada más y nada menos, que ocupara su puesto de jefe de familia y gobernante durante su ausencia. Al principio, Hosanna se resistió, alegando su inexperiencia y su juventud, puesto que aún no cumplía los treinta años; pero ante la insistencia del duque, terminó por ceder con aquella sencillez y absoluta confianza en la ayuda de Dios que la caracterizaron toda su vida.
Como puede comprobarse, Hosanna no era una de esas místicas que vuelven enteramente la espalda al mundo para absorberse en su propio desarrollo espiritual y en sus progresos hacia la perfección. “Nunca fue feliz ni aun en aquellos días en que se dedicaba a las obras de misericordia temporales de visitar a los enfermos, dar socorro a los pobres, consolar a los afligidos. Siempre la vimos en el acto de proteger a los débiles y oprimidos por el rigor de la ley y en el de utilizar su influencia para remediar las injusticias”, dice un biógrafo.

La familia del duque consideraba a Hosanna como a la amiga más íntima y, cuando el heredero Francisco II sucedió a su padre en el trono de Mantua, él y su esposa, Isabel d'Este, conservaron la tradición. En cartas que se conservan, se advierte la confianza que tenía Hosanna en el afecto de los duques para conseguir que socorriesen a todos los necesitados.

En 1501 hizo al fin su profesión completa como terciaria y, durante los cuatro años que aún vivió, sobre todo en los períodos en que estuvo enferma, parecía haber perdido todo contacto con este mundo. Murió a la edad de cincuenta y seis años, el 20 de junio de 1505.

A los diez años de su fallecimiento, en 1515, León X permitió su culto en la diócesis de Mantua y el Papa Inocencio XII lo confirmó universalmente el 27 de noviembre de 1694. Su cuerpo aún se venera en la Catedral de Mantua.

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