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Adviento, el tiempo del deseo

Encendida la primera vela de la Corona de Adviento. Encendida la primera vela de la Corona de Adviento.

Homilía de Mons. Martínez en la Eucaristía del I Domingo de Adviento en la S.I Catedral. En la Oración de los fieles se oró por los frutos del viaje apostólico del Papa a Myanmar y Bangladesh, que se celebró del 27 de noviembre al 2 de diciembre.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
querido sacerdote concelebrante, Manuel:

(Dirigiéndose a un grupo de fieles franceses, Mons. Javier Martínez les saluda y expresa su gratitud por las enseñanzas de dos escritores franceses que han sido importantes para su vida y para su ministerio: Charles Péguy y George Bernanos).

Hablar del comienzo del Adviento es hablar del tiempo tal vez más humano de todos los tiempos litúrgicos. Es el tiempo del deseo. Y el deseo es algo que nos constituye; que nos constituye profundamente. De hecho, nuestros gozos vienen de cuando vemos ciertos deseos cumplidos, o cuando vemos cumplirse algo de un deseo cuyo horizonte es siempre infinito. Estamos llamados a la comunión con Cristo, como decía el pasaje de San Pablo, es decir, a compartir la vida divina. Y por eso nuestros deseos son infinitos, son inagotables, nunca se sacian. San Agustín lo decía en una frase que resume todo el pensamiento cristiano acerca de la vida humana: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está siempre inquieto hasta que descanse en Ti”.

También los sufrimientos, las frustraciones, las heridas, a veces las tragedias en las que nos vemos envueltos en la vida tienen que ver con deseos que no se cumplen; tienen que ver sobre todo con que ponemos nuestro deseo en cosas que no son Dios. Como vinculamos nuestra felicidad a que se cumplan nuestros deseos y lo que deseamos no es Dios, son ídolos. Y los ídolos nos devoran: el dinero, la salud misma, el tener éxito en la vida, lo que llamamos “triunfar” en la vida (¿qué es “triunfar” en la vida). Volcamos energía, hacemos más sacrificios por algunos de esos bienes de los que han hecho jamás ni los monjes benedictinos, ni los cartujos, ni los trapenses. Sacrificamos. Y luego, conseguimos esos bienes y nuestro corazón sigue vacío, porque nuestro corazón sigue inquieto. Cuento la anécdota de alguien cuyo sueño en la vida era el haber conseguido ser miembro de una gran asociación científica internacional de mucho prestigio y de mucho peso. Y efectivamente, lo consiguió. Y apenas un par de meses después su mujer hablaba conmigo y me decía: “Hemos sacrificado todo en nuestra vida a ese triunfo. Hemos sacrificado nuestro amor. Hemos sacrificado nuestros hijos, nuestra familia. Hemos sacrificado todo. Y a mi marido le acaban de diagnosticar alzheimer”. Todo sacrificado en la vida para un triunfo incapaz de satisfacer lo profundo del corazón.

Dios mío, lo más rico de la tradición benedictina ha consistido siempre en saber educar el deseo. Los cistercienses son los que más explícitamente han hecho eso. Educar el deseo es la educación más importante de nuestra vida. Aprender a educar el deseo. Si educamos el deseo, es decir, si nos educamos a distinguir para qué está hecho nuestro corazón, a reconocerlo y a caminar hacia el objeto de nuestro deseo, ¿cómo podemos caminar hacia Dios? Como decía la Primera Lectura de hoy: suplicando. “Ven, Señor”. Ven a nosotros. Rasga tu Cielo y desciende. Que brille tu Rostro y nos salve.

No podemos mas que suplicar una gracia y vivir como el mendigo que tiene necesidad de esa gracia, sólo con una diferencia: que no suplicamos algo que sabemos que no nos va venir o que puede no venirnos. No sabemos si conseguiremos eso que deseamos. Sabemos que no conseguiremos la salud siempre, ni eternamente. Sabemos que no siempre nos van a salir las cosas como hemos planeado. Pero sabemos, con una certeza más grande que el hecho de existir en este momento, que Dios es fiel, y que no nos va a dejar abandonados. No sólo eso. Sino que el Señor ya ha venido, ya ha descendido, ya ha rasgado el Cielo para venir hasta nosotros y nos ha prometido “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Con esa certeza nosotros suplicamos que en este tiempo de Adviento nos dejemos educar el deseo. Probablemente, la educación del deseo no está en ningún currículum de ningún plan educativo del mundo actual en ninguno de los niveles, ni en el nivel de la enseñanza elemental, ni en la enseñanza secundaria, ni en el nivel de la universidad. ¿Dónde se educa el deseo? Y sin embargo, educar el deseo obliga a educar la razón y el uso de la razón, a distinguir la verdad de la mentira, no en un teorema matemático o en un teorema geométrico, pero sí en las cosas de la vida: en las relaciones humanas, en nuestra relación con el mundo, con la muerte, con el pasado, con la vida, en el amor. Qué importante es poder distinguir un amor verdadero de un amor falso. ¿Dónde se nos educa eso? O una amistad verdadera de una amistad falsa: ¿dónde se nos educa eso?

Educar el deseo significa educar la razón. Educar el deseo significa educar la libertad, que no es sin más como un “bloque” que se nos ha dado: somos libres. Somos libres, ¿para qué? La libertad tiene una meta. La meta de poder adherirse, sin ser constreñidos a ello, al bien que anhelamos, al amor que anhelamos, al amor que reconocemos como verdadero, a los bienes que nos sirven y nos ayudan en el camino de la vida.

Por último, educar el deseo significa también educar el afecto. ¿Cómo se educa el afecto? Educando justamente el deseo y aprendiendo a reconocer lo que es objeto de nuestro deseo último y objeto menos último, sólo instrumental, para otras cosas. Y lo que es instrumental darle el puesto de instrumental, y lo que es definitivo darle el puesto de definitivo. ¿Puesto definitivo? Nada más que a Dios. Lo dice una oración de la misa, que, precisamente, George Bernanos, había hecho de eso el centro de su pensamiento: estamos hechos para ser consortes de la divinidad, para participar de la vida divina. Menos que eso, nada va a llenar nuestro corazón. Pero la vida divina nos ha sido dada; nos es dada hoy mismo en esta Eucaristía.

Señor, que sepamos acoger tu don. Y que tu don nos haga tener más sed de ese don y tener más sed de todo aquello que nos conduce hacia Ti. Y no tener demasiada sed de aquellas cosas que ni sacian nuestro corazón ni nos acercan de Ti, sino que más bien nos alejan de Ti. Que así sea para todos nosotros. Y celebraremos así la Navidad llenos de gozo y cuando no caemos en la cuenta de eso, cada vez tiene menos sentido celebrar la Navidad. Vamos a proclamar nuestra fe.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

3 de diciembre de 2017
S.I Catedral.
I Domingo de Adviento

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