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Santa Agustina Pietrantoni

Sor Agustina Pietrantoni, Hermana de la Caridad, murió apuñalada por uno de los enfermos a los que atendía. Hoy, más de un siglo después de su muerte, celebramos a esta santa que mostró en un hospital que la mirada del amor de Dios sobre los hombres es más fuerte que la propia muerte.

Nació en un pequeño pueblo italiano llamado Pozzaglia, un 27 de marzo de 1864, hija de unos agricultores. La familia, numerosa, estaba volcada en el trabajo del campo para poder salir adelante y era asidua a la oración cotidiana. Parece que vivió con intensidad su Primera Comunión, tras la cual se dice que empezó una vida de oración, generosidad y donación hacia los demás. Imita los gestos de su madre para dirigirlos hacia sus hermanos pequeños.

Siguió creciendo como una niña precoz y despierta, que adoptó un rol muy adulto para su corta edad, seguramente obligada por las durezas de la vida del campo. Le costó salir de su pueblo, a los 22 años, abandonando a todos los pretendientes que tenía y haciendo caso omiso a las burlas familiares, para obedecer a su atracción por la vida religiosa.

Las Hermanas de la Caridad la acogen definitivamente en Roma. En su postulantado y noviciado sale a relucir la pasta de la que está hecha Agustina. Es enviada al hospital Espíritu Santo, famoso porque en sus 700 años de historia ha visto en acción a grandes santos entregándose a los enfermos, como San Carlos Borromeo, San José de Calasanz, San Juan Bosco o San Camilo de Lelis.

A pesar de su historia, el espíritu del siglo ya está tocado de hostilidad hacia la fe. Los gobiernos quieren quitar los crucifijos de los hospitales y expulsar a los religiosos. El propio hospital prohíbe hablar de Dios, pero Sor Agustina demostró que la palabra de Dios se ha encarnado y se transmite en gestos de caridad.

Le reza a una Virgen oculta en un rincón del hospital, a quien encomienda sus enfermos. Allí intercede por uno de los pacientes más díscolos, del cual todos están hartos en el hospital y que se muestra abiertamente hostil con la hermana Agustina. La fortaleza de Agustina y su inteligencia en la caridad le hicieron resistir todo aquello, proclamando que el amor de Dios es más grande que el mal del hombre.

Después de amenazarla varias veces con matarla por carta, un 13 de noviembre de 1894, este paciente apareció por sorpresa y la apuñala. Agustina muere entre invocaciones a la Virgen y pidiendo el perdón para su asesino. Fue beatificada por Pablo VI y canonizada por Juan Pablo II en 1999.

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