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San Francisco de Sales

El 24 de enero es la fiesta del patrono de los periodistas, San Francisco de Sales. Un ilustre presbítero y doctor de la Iglesia, conocido por su divulgación de la fe por medio de numerosos escritos durante los siglos XVI y XVII. Es patrono también de los sordos, por haber acogido a un niño con problemas de audición e idear un lenguaje de símbolos.

Francisco nace en Sales, en la región saboyana de Francia, en el año 1567. Hijo de una familia de la nobleza gala, se fue con 13 años a estudiar a la Universidad de París. Terminó cursando sus estudios superiores de Derecho y Teología, en París y Padua, convirtiéndose en un experto en derecho canónico y civil.

Era un hombre afectado sin duda por las cuestiones de su tiempo. Ya desde joven, leyendo a San Agustín y a Santo Tomás de Aquino, entró en una crisis espiritual pensando en la predestinación de Dios con respecto a él mismo. En el culmen de su duda, que le dejó sin comer varios días, fue a una iglesia de los dominicos y le dijo a Dios: “Señor, cuyos caminos son justicia y verdad, tienes todo en tu mano; cualquier cosa que tu hayas decidido para mí; te amaré aquí, Dios mío, y esperaré siempre en tu misericordia, y repetiré siempre tu alabanza“. Frustrando el sueño que tenía su padre, de convertirse en un gran abogado, Francisco acaba ordenándose sacerdote a los 24 años.

El contexto en que vive San Francisco de Sales es determinante para comprender su papel, en medio de las trifulcas teológico-jurídicas que iban aconteciendo en Francia entre protestantes y católicos. Un ejemplo: al poco de ordenarse, se le ve en Ginebra, metiéndose en una región dominada por calvinistas, expulsado de allí y sobreviviendo a dos intentos de asesinato.

Se presentaba en las casas con libelos propios, elaborados a mano, entablando amablemente amistad con la gente de la zona, que acababa reconsiderando el postulado calvinista y volviendo a la fe católica. Su fama creció y acabó como obispo de Ginebra. Agradó al rey de Francia, Enrique IV, pero él prefirió seguir en Ginebra.

Como le preocupaban de verdad sus feligreses, se dedicó a escribir mucho, a instruyéndolos con constancia, llevando además un estilo de vida austero y alegre. Hacía su penitencia, pero siempre desde una razón amorosa, mortificando mente, voluntad y corazón para tratar de ajustarse a la voluntad de Dios, buscando su presencia cotidiana.

Murió con 55 años. Canonizado por el Papa Alejandro VII, recibió su título de Doctor de la Iglesia por sus obras y vida santa en 1877.

 

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