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Nota del arzobispo de Granada ante el coronavirus

Nota del arzobispo de Granada sobre algunas actitudes y medidas a tomar en la Archidiócesis de Granada durante la epidemia del coronavirus. 

Queridos hermanos y amigos,

Ante la pandemia del coronavirus que sufre toda nuestra sociedad, y en continuidad con la nota interna de ayer de la Secretaría General del Arzobispado y con las normas también de otros hermanos obispos, voy a compartir con vosotros algunos criterios e indicaciones que puedan orientarnos en este momento de la vida de nuestra Iglesia. Naturalmente, nuestra actitud y nuestros modos de reaccionar a todas las circunstancias, y especialmente ante la muerte, han de ser las propias de hijos de Dios que esperan la Vida Eterna que el Señor nos ha prometido; no pueden ser los mismos de quienes esperan únicamente la pobre felicidad que dan los bienes de este mundo.

- El primer criterio, que vale especialmente para los sacerdotes, para los religiosos y religiosas, y para las personas consagradas, pero también para todos, es que la pandemia nos invita a orar y ofrecer también al Señor nuestras propias circunstancias, y también nuestras enfermedades y dolencias, por las personas afectadas, por los enfermos y los agonizantes, por los difuntos y sus familias. Y por el pueblo cristiano en general, para que esta especialísima situación (nueva para la inmensa mayoría de nosotros) sea una ocasión de crecimiento en nuestra caridad hacia todos y en nuestra conciencia de cristianos.

-Una oración especial debe hacerse por el personal sanitario, no sólo porque son los más expuestos al virus, sino también porque necesitan ser sostenidos de manera especial en su misión, y para que no se vean desbordados por la realidad. Igualmente, hay que pedir por los gobernantes, para que gestionen la situación con sabiduría y en función del bien común.

- Es importante dar a conocer a los fieles y a todos que la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, “no cierra”, que “no está cerrada”, porque es portadora del secreto de la esperanza del mundo. Al contrario, nunca debe estar más abierta a la oración, y también a la oración en común, aunque esa oración deba hacerse en familia o en pequeños grupos, y siempre guardando las normas y las indicaciones de las autoridades sanitarias. Igualmente, el Cuerpo de Cristo está en estos tiempos particularmente abierto a la escucha, al perdón y a atender a las necesidades de los fieles.

- Quedan suprimidas todas las actividades no propiamente litúrgicas (catequesis, retiros, convivencias, encuentros, conciertos, etc.) que supongan una concentración de fieles de cualquier tipo.

- Quedan suprimidas todas las visitas turísticas a templos y monasterios. En el conjunto catedralicio, los días de diario, sólo se celebrarán eucaristías en el Sagrario, de momento a las 9.00, a las 11.00 y a las 19.00. La Iglesia del Sagrario estará abierta a diario, sin embargo, de 8.00 a 21.00, para las personas que deseen orar, guardándose siempre las demás indicaciones sobre las distancias recomendadas y las demás normas que se señalan más abajo sobre el aforo.

- Quedan suprimidas las “24 horas con el Señor”, previstas en la catedral para los días 20 y 21 de marzo. Quienes deseábamos vivir ese momento de gracia lo podremos hacer igualmente uniéndonos en la oración, desde otros lugares, y conectando por el móvil o por otros medios con la televisión diocesana, que acompañará esas 24 horas con ayudas para la oración y la alabanza:
www.vatelevision.com

- La misma televisión diocesana transmitirá, desde la Iglesia del Sagrario, y todos los días, la Eucaristía de las 9.00 y la de las 19.00. Y seguirá retransmitiendo los domingos, si Dios quiere, la de la Santa Iglesia Catedral a las 12.30.

- En todas las Iglesias, mientras dure la pandemia, se prohíbe el uso del agua bendita.

- No será necesario, al menos por ahora, y salvo que los párrocos o las familias a quienes esta norma les afecte consideren otra cosa, suprimir bodas, bautizos, confirmaciones, comuniones, entierros. El aforo en la Iglesia no será, en ningún caso, ni en las iglesias más grandes, superior a cincuenta personas, y deberán guardarse siempre las distancias recomendadas.

- En todas las Eucaristías, mientras dure la pandemia, se suprime el rito de la paz.

- Con respecto a la comunión, se dará a quienes la deseen, y los sacerdotes la depositarán en la mano o en la boca de los fieles según ellos lo expresen con su gesto en el momento de recibirla, ya que las posibilidades de contagio son similares en ambos casos. En todo caso, el sacerdote será cuidadoso de no tener contacto directo con la mano o la boca de quien va a comulgar, y teniendo presente que, tanto el sacerdote como los ministros extraordinarios de la comunión, han de extremar la medidas de higiene, lavándose las manos y usando desinfectantes antes y después de la distribución de la Eucaristía.

- Todas las personas mayores de 65 años, así como todas las que crean, en conciencia, que tienen, por cualquier motivo, un riesgo especial, quedan dispensadas de la asistencia a la Misa dominical, así como de la asistencia a la Misa en la solemnidad de San José.

- Los sacerdotes celebren diariamente la Eucaristía, aunque sea con un número muy limitado de fieles e incluso sin ellos, ofreciéndola especialmente por los difuntos y los enfermos, y poniendo como intención el fin de esta pandemia.

- Se recomienda a los sacerdotes que sigan ofreciendo a los fieles el sacramento de la penitencia, manteniendo la distancia recomendada, y habilitando para ello si fuese preciso algún espacio especial.

- Mientras dure la situación de emergencia, la veneración a las imágenes ha de hacerse sin contacto físico con la imagen o con el soporte en que se halla la imagen. El Señor Jesucristo conoce los entresijos de nuestro corazón y nuestros pensamientos, e igualmente nuestra Madre la Virgen y los santos de la Iglesia triunfante. Ellos ven nuestra intención de venerar y de dar culto, o de bendecir, o de expresar nuestra gratitud, al Amor Infinito que todas las imágenes, de una u otra forma, representan.

-En todo caso, una pandemia como ésta, y sea cual sea su evolución y las normas que puedan emanarse en el futuro por parte de las autoridades sanitarias y civiles, es para la Iglesia una preciosa ocasión de testimoniar —y de pedirle al Señor que nos aumente— nuestro amor a las personas, creyentes o no creyentes, que pasan miedo, angustia, o que necesitan ser escuchados o recibir una palabra de esperanza. Y es para todos los fieles una ocasión de vivir más intensamente y con más conciencia nuestra condición de cristianos.

-Particularmente, para los presbíteros, y dado que disponemos de más tiempo al no tener las catequesis, podría ser oportuno incrementar —con las prudencias debidas— la visita a los enfermos, así como los tiempos dedicados al sacramento de la penitencia y a la unción de enfermos, marcando para estos últimos, incluso, tiempos determinados para su administración, si fuera preciso, a la puerta de la parroquia o de la iglesia. En todo caso, debe procurarse que los enfermos puedan recibir con frecuencia la comunión, instituyendo si fuera necesario ministros extraordinarios de la comunión, de modo que nadie que lo desee se vea privado de poder recibir con frecuencia el sacramento. Pudiera ser bueno también que, en aquellas parroquias en las que se vea posible, esté disponible un teléfono al que las personas puedan llamar en busca de paz y de consuelo.

-También pido a los sacerdotes y fieles que, si necesitan durante este tiempo de los servicios de la curia diocesana realicen su consulta, en una primera instancia, bien a través del teléfono (958 216 323) o de correo electrónico:
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No emito, queridos hermanos, en este momento, ninguna norma particular sobre las celebraciones de la Semana Santa, aunque estén relativamente próximas. Lo haré en su momento, cuando sepamos más de la evolución del virus y de acuerdo con las normas que para entonces hayan dado a todos las autoridades civiles. En todo caso, me parece muy importante no desperdiciar la ocasión de instruir al pueblo recordando que lo que celebramos en la Semana Santa no es la salida de unas estaciones de penitencia, o el culto a unas imágenes titulares, sino el Misterio Pascual de Cristo, esto es, su pasión, su muerte y su resurrección (su victoria sobre la muerte, la suya y la nuestra, y especialmente sobre la más temible de todas las muertes que es la del pecado). Y sean cuales sean las normas que rijan esos días, que serán las mejores para la salud pública y el bien común, y aunque no pudieran salir los pasos a la calle, o no pudiéramos reunirnos en las Iglesias a celebrar los Santos Misterios, nadie, nadie en este mundo puede impedirnos adorar la cruz, meditar la Pasión, vivir el silencio del Sábado Santo y celebrar con gozo desbordante la resurrección del Señor. La Semana Santa es esto. Y no lo olvidemos: de los acontecimientos que celebramos en esos días depende la esperanza —toda la esperanza y la alegría verdaderas— de nuestro mundo. 

En todo caso, y como las circunstancias pudieran agravarse, se seguirán puntualmente las indicaciones que en su momento puedan dar las autoridades sanitarias y civiles.

Deseo con toda mi alma que acojamos esta especial circunstancia, que no formaba parte de ninguno de nuestros planes, como una especial palabra de Dios, una oportunidad educativa, para nosotros todos y para nuestro mundo, en la verdad simple (y liberadora, como todas) de que no somos los dueños de nuestra vida ni de nuestra historia, de que tenemos que respetar ciertas reglas de juego de la creación y de la realidad, y de que el Amor que nos ha creado y redimido en Cristo no nos hará daño jamás.

13 de marzo del 2020

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada 

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