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“Mi vocación se la debo al valor de mi tío”

Hablamos con los familiares del beato D. Andrés Molina Muñoz. Su sobrino, D. Amador García Molina, sacerdote de la diócesis de Granada, y su sobrina nieta, Carmen García, nos hablan del recuerdo que ha dejado este beato mártir nacido en Ogíjares en sus vidas, a pesar de que ninguno llegó a conocerlo personalmente.

El recuerdo de D. Amador García Molina del que fuera su tío se remite a la memoria transmitida por su madre. Aun no había nacido cuando su tío ya había muerto asesinado durante los años de guerra en España. Nacería como el menor de sus hermanos, algunos de los cuales ya tenían 22 años. “Con dos o tres años mi madre ya me hacía saber que tenía un hermano que mataron por ser cura”, comenta. “Aun así mi madre hablaba poco. No se comentaba mucho, también porque cada vez que se acordaba mi madre lloraba”.

Su sobrina nieta, Carmen García también recuerda cómo su madre, sobrina del beato alpujarreño, siguió marcada por el recuerdo de su vida a lo largo del tiempo. “Mi madre siempre lo tenía en la boca porque había estado con él, tenía mucho roce”, dice. “Mi madre se llevaba 20 años con mi tío Amador y claro, vivió de cerca con Andrés Molina, y en casa ha hablado de él como si fuera uno más de la familia. De tanto hablar de él, lo he sentido como un hermano mío”.

El recuerdo más sorprendente que transmitió la madre de Carmen a su hija fue la decisión valiente de su tío a la hora de decidirse a volver a su parroquia de Instinción para decir misa en domingo, en un momento de terror y miedo cuando nada aconsejaba ir para allá. “Mi madre decía que había que ver qué valor tuvo. Sus padres le dijeron que no fuera de vuelta a su parroquia porque decían que lo iban a matar y él insistía en que no dejaba a sus feligreses sin misa, que era su obligación. Y mi madre nos ha inculcado eso siempre”, comenta Carmen.

“Se pudo haber salvado”, afirma D. Amador. “Le quitaron la llave de la iglesia en julio y hasta septiembre estuvo allí sin ir a la iglesia, porque la habían transformado en un economato de alimentos. Él estaba por allí mientras tanto. Si había algún difunto, iba a rezar a la casa. Estuvo allí tres meses. En ese tiempo le ofrecieron venirse a Órgiva o a Ugíjar, que pertenecía al otro bando pero él decía ‘no, a mí ya no me matan’”.

DULZURA Y SERVICIO

Preguntado por su carácter, sus familiares no dejan de recordar su carácter servicial y pacífico. “Se decía que como cura era muy sencillo y que transmitía mucha paz”, apunta D. Amador. “Recuerdo que mi madre también decía que le encantaba cuando le cocinaba arroz, que estaba muy bueno, o que una vez le compró tela para que se hiciese un vestido”, nos dice Carmen evocando con cariño las recuerdos transmitidos por su madre.

“De carácter se decía que era un hombre muy dulce. Muy amable, y no porque lo digan solo en mi familia”. El propio D. Amador tuvo ocasión años después de tratar con algunos de labradores de la finca familiar con los que había trabajado su tío siendo en sus veranos de seminarista. “Cuando estaba admitido a las órdenes menores, mi tío se iba allí a la era, y con sotana cuidaba la era, trillaba y enterraba trigo. Ellos lo trataron y decían que era muy dulce. He estado un par de veces en Turleque, Instinción y Rágol, pueblos que están cerca del río Andarax. La gente de allí lo recordaba”.

LA VOCACIÓN DE LA VALENTÍA

Lo más sorprendente de su historia familiar es que el propio D. Amador García Molina asegura que le debe su vocación en buena medida a su tío. “Yo tenía 25 años cuando ya vi traer los restos de mi tío. Doce curas vinieron aquí en el año 53. Vinieron e hicieron un funeral. Yo estaba allí presente y eso me marcó a mí”.

La predicación que escuchó su sobrino por aquellos días sobre la vida y valentía de su tío como apóstol y mártir de la fe, resonó profundamente en el joven D. Amador. “Por entonces, más que el celibato, se ensalzaba la valentía, la fe, el apostolado y el premio que tiene. Aquello me dio valores para decirme: ‘pues me voy a ir a estudiar yo también’”, afirma.

Ahora que acaba de cumplir 50 años de su sacerdocio, D. Amador García afirma sin tapujos que su vocación se la debe al valor de su tío, y no a otra cosa. “Date cuenta de que a mi tío lo mataron con 27 años, muy joven, la edad a la que hoy sale un cura nuevo. Y un muchacho, para entregarse al martirio libremente, había de tener un valor muy grande”.

Ignacio Álvarez
Secretariado de Medios de Comunicación Social
Arzobispado de Granada

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