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Los secretos de la alegría que cambia el corazón

Homilía en la Eucaristía de la festividad de Todos los Santos y admisión a las Sagradas Órdenes de Mariusz Kubajek y Bryan Adonai Rivas, dos seminaristas del Redemptoris Mater, el 1 de noviembre de 2020.

Muy querida Iglesia del Señor, Esposa muy amada de Jesucristo, Pueblo Santo de Dios;

queridos sacerdotes concelebrantes (saludo muy especialmente hoy, que no lo he mencionado antes, al nuevo deán de la Catedral. También aquí hay un cambio generacional. Eduardo, que ha sido ya Vicario Territorial, y ha ejercido su ministerio primero en la Alpujarra (…). Luego ha estado estudiando unos años en Roma y ahora se incorpora; y se incorpora como nuevo deán de la Catedral, en sustitución de D. Juan, que nos ha hecho tan buen servicio en estos últimos años);

muy queridos formadores del Seminario Redemptoris Mater;

muy querido señor alcalde;

También saludo de manera especial a los dos que suplicáis recibir el estado clerical y, si Dios quiere, pronto (porque el tiempo pasa volando, también primero los ministerios llamados menores, después el diaconado y el presbiterado), de aquí a nada, si Dios quiere.

Queridos hermanos y amigos todos.

Hoy es una fiesta preciosa. Yo os confieso que es de las fiestas del año que más me conmueven y que más ricas me parecen.

“Una multitud innumerable que nadie podría contar, de toda raza, lengua, pueblo y nación”. Esa es nuestra familia. Esa es la Iglesia de Dios de la que somos hijos. Una familia de santos. Es verdad que en ella hay muchos pecados. Basta que cada uno nos miremos a nosotros mismos y nos damos cuenta de que los hay, y también escándalos a veces. No muchas veces. Yo pienso que el Señor lo hizo todo bien. Tenía doce discípulos y uno le entregó, y le entregó por dinero. Y hoy somos muchos millones, pues tiene que haber entre nosotros muchos pecadores y traidores. 

Hay un escritor profundamente cristiano, tanto que ha sido maestro de varios Papas, de los últimos, tanto de Juan Pablo II a través de De Lubac, como de Benedicto XVI, como del Papa Francisco, que tenía una curiosa costumbre que a nosotros nos llama seguramente la atención, y a lo mejor nos escandaliza un poquito, pero también pone de manifiesto que, a lo mejor, nuestros criterios acerca de cómo funciona el mecanismo de la redención no son los más adecuados. Este hombre, escritor conocido -Bernanos, y repito que ha sido maestro de los últimos Papas desde Juan Pablo II-, tenía la costumbre de vez en cuando de entrar en una Iglesia a encargar una Misa, con la costumbre que había en los años 50 o 60. Como era conocido en Francia, el párroco con frecuencia le llamaba: “pase un momentito a la sacristía y me dice. ¿La Misa es por un difunto, por un familiar suyo?”. Y él decía: “No, por un amigo”. Entonces, pasaba al despacho y le decía: “¿Me dice por favor el nombre de su amigo?”. Y decía, “Judas Iscariote”. Fuerte, ¿no? Fuerte, pero profundamente cristiano.

Una Doctora de la Iglesia, la más reciente de las Doctoras de la Iglesia, la más moderna, una chica que murió a los 23 años, Teresa de Lisieux, se ofreció a ir al infierno porque se enteró de que un condenado a muerte no había querido confesarse antes de recibir la pena capital. Y le dijo al Señor: “Yo me ofrezco a ir al infierno para que rescates a ese”. Y es Doctora de la Iglesia por ese gesto. Porque nos enseña ese gesto acerca de qué es ser cristiano mucho más, desde luego, que todos los discursos, homilías, que pueda yo hacer. Sin duda ninguna. Y el gesto de Bernanos está en la misma dirección, es idéntico.

¡No renunciamos a la salvación de nadie, de ningún hermano nuestro! Y pedimos por él y nos ofrecemos por él (Dios mío, el sacerdocio que deseáis y que pedís, no os creáis que es otra cosa). Si Dios quiere, algún día repetiréis las palabras de Jesús en la Última Cena, y al repetir esas palabras y al hacerlas vuestras, estaréis ofreciendo vuestra vida por el perdón de los pecados, de vosotros, por los vuestros y por los de todos los hombres. Es verdad que decimos “y por muchos”, porque la Iglesia no toca las palabras del Nuevo Testamento, y no las corrige, pero todos sabemos que en el lenguaje de Jesús, “los muchos” representaba a la totalidad. Era la manera de decir “por todos”. Es mejor que la Iglesia no corrija el texto de los Evangelios. Si hubiéramos empezado a corregirlo como nos parecía, no hubiera llegado a nosotros nada prácticamente original. Y no lo corregimos, pero sabemos que ese “los muchos”, designaba a la totalidad del pueblo, a los 144.000, doce por doce, es decir, al conjunto que participan de su misericordia. ¿Y podemos decir de alguien que no participa de Su Misericordia?

San Pablo cuando habla y usa esa misma expresión, o casi esa misma expresión, en la Carta a los Romanos o en otros lugares, dice: “Si uno murió, uno murió por todos. ¿Es que va a ser vana la muerte de Cristo? ¿Es que es vana la oración de Cristo?”. Nosotros esperamos que todos se salven. ¡Todos! Es más, en la fiesta de Todos los Santos, celebramos a un montón de santos que nunca fueron miembros de la Iglesia visible, pero en los que ha trabajado el Espíritu Santo, en los que ha trabajado la oración del pueblo cristiano. ¿O es que esa oración es ineficaz? ¡Si es la del Cuerpo de Cristo! ¿Es que el poder del Maligno es más poderoso que Cristo? ¿Somos una especie de maniqueos que creemos que el malo es más poderoso que Dios?

Es verdad que el mal tiene mucha fuerza en este mundo y que da la impresión de que puede sacudirnos de muchas maneras, quitándonos sobre todo la esperanza, quitándonos la alegría, quitándonos la confianza y la certeza y la esperanza que brotan de haber conocido el amor infinito de Dios. Esa es la forma en la que más nos daña. No a veces las cosas que nosotros consideramos grandes pecados y que lo son, pero que no son fruto más que de la miseria humana. Pero la soberbia, la hipocresía, el sentirse mejor que los demás… eso, ahí es donde el Enemigo daña a la Iglesia. El hacer que juzguemos a los demás, que veamos a los demás como son y a nosotros como deberíamos ser.

Pero la fiesta de hoy es preciosa. En la fiesta de hoy están los inocentes que no habían conocido a Jesús. Están los muchos “hombres de buena voluntad”, que nosotros lo hemos entendido durante varios siglos como hombres que tienen buenas intenciones. Hoy sabemos que son “hombres de la Benevolencia de Dios”. ¿Quién está fuera de la Benevolencia de Dios? “Paz, Gloria a Dios en los Cielos”. Si la salvación fuese sólo para los que la merecen, o para los que ellos creen que se la merecen, estaríamos en el paganismo, habría sido inútil la Encarnación del Hijo de Dios y la muerte de Cristo. No. La salvación es para todos, se ofrece a todos, la deseamos para todos, la pedimos para todos y, además, confiamos y esperamos. Esa es la esperanza cristiana. Y pedimos todos los días en la Eucaristía, en la plegaria eucarística II ¿no pedimos por los que “han muerto en la esperanza de la Resurrección y por todos aquellos que han muerto en Tu misericordia”? (…) ¿O es que no nos creemos en lo que decimos cuando pedimos por ellos? ¿O es que pensamos, como los fariseos, que primero tienen que convertirse y que luego, una vez convertidos, sin la oración de la Iglesia y sin la Gracia de Dios, entonces los perdonamos? Por lo tanto, hacemos inútil la Gracia de Cristo.

Pertenecemos a un pueblo de santos y a un pueblo de pecadores, pero porque la santidad no es un alijo de virtudes con el que nosotros nos cargamos, y de cualidades. La santidad es la Presencia del Santo en medio de nosotros, que se nos contagia. Que nos contagia Su amor por los hombres, Su amor por los pecadores, Su amor por la humanidad: Su amor por todos. Sabiendo lo que los hombres damos de sí, que es muy poco.

Mis queridos hermanos, es una fiesta preciosa. Los inocentes. A mí me dan mucha pena que siempre celebramos los Santos Inocentes… (aparte de que haya sido muy banalizada esa fiesta por muchas tonterías que les hemos añadido y que tienen poco que ver con lo que celebramos; pero como son tres días después de la Navidad, pasa casi desapercibida como fiesta), pero celebramos como mártires a unas personas que no han conocido a Jesucristo. Es más, que si lo hubieran conocido, probablemente sus madres ciertamente hubieran hecho daño a Jesús, a María y a José. Hubieran ido a por ellos, porque para una madres su hijo es lo más sagrado y, si hubieran sabido que sus hijos morían por aquel que estaba allí en las afueras del pueblo, en una cueva, hubieran ido a por ellos seguro. Y la Iglesia los celebra como mártires. 

Somos hijos de un pueblo de santos, pero no porque haya muchas personas con muchas cualidades, sea de inteligencia, de caridad… ¡de lo que sea!, sino porque el Santo se hizo hombre en las entrañas de la Virgen y “estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. No nos abandonará jamás. No abandonará a esta humanidad pecadora jamás. Y vuestro ministerio sacerdotal. Yo pido que el mío también sea eso. Se lo pido todos los días al Señor, con mucha pobreza y a veces también entre lágrimas, porque sé que no lo es, pero quiero y deseo con toda mi alma que mi vida sea una vida dada, como la del Señor, por vuestra vida y por la vida, como decimos en cada Eucaristía: “Este es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Esta es mi sangre que se derrama por vosotros y por todos -aunque digamos “muchos-, para el perdón de los pecados”. El perdón no es lo que viene cuando uno se porta bien. El perdón es lo que viene sin necesidad de que te portes bien. El perdón es lo que viene antes. Esa es la gratuidad. Esa es la Gracia. Esa es la Misericordia de Dios. Lo otro -repito- son actitudes paganas, donde uno tiene que ganarse la benevolencia y la misericordia de Dios, a pulso.

Sed siempre testigos de esa misericordia. En la oración de la Misa de hoy, es lo único que pedimos, y a mí me parece que es lo más importante: “Señor, somos hijos de este pueblo. Somos familia de este pueblo del que nos sentimos orgullosos”. Yo me siento orgulloso de ser hijo de la Iglesia y de formar parte. Creo que la Iglesia es lo más bello que existe en la historia humana: “Hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación”. Hasta en esta Eucaristía. Cada uno de vosotros sois de una nación. El que ha leído el Evangelio es de otra. Nuestras mismas comunidades aquí, en nuestra Granada, están hechas de gente de muchas naciones, y estamos unidos a ellos. Son miembros de nuestro cuerpo, de nuestra familia, de nuestro pueblo. 

Y Le pedimos al Señor también… A nadie se nos oculta que el momento que vive el mundo, no España, no sólo Granada, no sólo Andalucía, sino que vive el mundo entero, es una especie de especial sacudida, como una especie de gran terremoto, social, cultural…, de todo tipo, que pone en cuestión muchas cosas, muchos de los modos de vida que hemos tenido.

Que el Señor nos dé, en primer lugar, la certeza de que Su amor permanece para siempre; de que pueden cambiar muchas cosas en la historia. Y han cambiado a lo largo de la historia, montones de veces, y se han hundido civilizaciones y han nacido otras, pero “Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre”. Y en esa confianza, y en esa alegría, y en esa certeza serena, vivimos nosotros. Nos es dado el vivir.

Ese es un primer fruto de la salvación. Yo recuerdo haber oído una vez que lo primero que sucedía en un ser humano cuando se encontraba con Jesucristo era el gusto por la vida. Y me llamó mucho la atención, porque yo creía que lo primero que se producía es que éramos más buenos, y recuerdo lo que me llamó la atención, y luego la de veces que lo he pensado y cómo me he convencido que es verdad. Sin la esperanza de la vida eterna, sin la certeza de estar sobre una roca firme que es Cristo, haya las tormentas que haya, y los vientos y las lluvias, pero edificados sobre esa roca, uno no tiene nada que temer y mucho o todo por lo que dar gracias. Y esa gratitud genera una alegría que es contagiosa, que no se puede ocultar, que además se manifiesta sola porque nos brota de las entrañas. Si es que uno no puede disimular cuando está contento, y nosotros estamos contentos porque hemos conocido al Señor. Es ese estar contentos el primer fruto de la Redención de Cristo, de haberla conocido. No el hacernos más buenos. Primero, porque no nos hace más buenos a la mayoría de nosotros, y segundo, también porque es la certeza de ser amados, el ser bien amados lo que saca lo mejor de nosotros mismos. Siempre. Pero antes que eso, saca la alegría y luego la capacidad de amar a los demás, de perdonar a los demás, de quererles, de quererles como yo soy querido, como a mí me quiere el Señor. Que no me quiere en virtud de mis méritos, si no estaría perdido, sino en virtud de su infinita misericordia. Ese es el objeto de la esperanza teologal, de la esperanza cristiana. 

Introducíos en esta sabiduría, que nos es la sabiduría del mundo; es la sabiduría de las Bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas a veces las hemos tomado como un código moral, y a veces lo son. Cuando dice, “bienaventurados los que trabajan por la paz”, pues sí, sí que estamos llamados a trabajar por la paz. Pero antes que eso está “bienaventurados los pobres, bienaventurados los que lloran…”. No se nos invita, se nos dice que los que somos pobres, desgraciados, por nuestra condición humana, pecadora, tenemos motivos para la alegría porque Cristo ha venido y, con Cristo, el Reino de los Cielos. Y a los que lloramos, porque nuestra condición humana está vinculada al llanto, por mil motivos, porque se nos van los seres queridos, porque hay desgracias, porque uno se equivoca y confunde a los amigos con los enemigos, y a los enemigos con los amigos… Somos así de pobres. Y lloramos. 

Pues, nos dice el Señor: “Alegraos, que está el Reino aquí, están las promesas de Dios aquí, está el Cielo aquí”. Introducirnos en los secretos de esa alegría que cambia el corazón ese es el primer trabajo de vuestro ministerio. ¿Pero dónde se aprende eso? ¿Dónde es el mejor sitio para aprender eso? La Eucaristía. Y ahondar en cada palabra, y saborearla y gustarla. Y que sea siempre celebrar la Eucaristía una escuela y siempre una sorpresa, siempre una novedad, y siempre un lugar donde uno aprende qué es ser hombre. Y también qué es ser sacerdote. 

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada 

1 de noviembre de 2020

S.I Catedral de Granada

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