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Los preferidos de Dios son las víctimas de la Historia

Homilía de D. Javier Martínez en la Misa de la fiesta de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre de 2020.

Siempre he pensando que la fiesta de los Santos Inocentes quedaba como un poco escondida al estar unos días después de la Navidad. Y sólo poquito a poco, desde mi juventud, he ido tomando conciencia del valor que tiene, del significado que tiene, porque la liturgia –insisto- era una regla de los primeros cristianos. La ley de la oración pública de la Iglesia, la ley de la liturgia es la ley de la fe. Se podría haber puesto cualquier otra fecha en el año porque no sabemos, incluso, que la Iglesia no tiene preocupación cronológica ninguna; pone de manifiesto que esto se dio después de que los Magos se marcharon del portal y no hemos celebrado la fiesta de la Epifanía. Es decir, aquí hay una enseñanza que nos pasa desapercibida por desgracia, creo yo, como todas las enseñanzas del Evangelio y de la Tradición cristiana.

Y también me da mucha pena que el día de los Inocentes se banalice en un día de “bromitas”, que, al final, no siempre son ni siquiera de buen gusto. Sin embargo, claro que no es banal. Al día siguiente de Navidad, la Iglesia celebra al primero de los mártires poniendo de manifiesto cuál es el significado de la Navidad. Después a San Juan Evangelista, que ayer no lo hemos celebrado porque al ser el domingo inmediato a la Navidad es siempre el domingo de la Sagrada Familia; pero, San Juan Evangelista es el autor de esa primera Carta de la que hemos leído un trozo al comienzo y que es otro de esos textos cortos que yo os invito a leer, aunque parezca que no lo entendéis todo, pero coged aquello que entendéis, saboreadlo: la Carta Primera de San Juan y la Carta a los Colosenses, son cartas de cuatro páginas que dan para saborear la vida entera y es como un resumen de la experiencia humana del Acontecimiento de Cristo.

¿Qué significa la fiesta de los Santos Inocentes? ¿Por qué se pone inmediatamente después del primer mártir y de la encarnación del evangelista que podía decir “Dios es Amor” y que podía decir “tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único y no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él”? Pues, los Santos Inocentes celebran a unos niños que no conocieron a Cristo. Ellos no habían conocido a Cristo. Lo han conocido después de su muerte. Por eso explican también el significado de la Navidad, que no llega sólo a aquellos que tenemos el privilegio de vivir de la vida que Cristo nos da, aunque lo vivamos muy pobremente; pero que somos verdaderamente mimados de Dios por el hecho de conocer a Jesucristo y de vivir en la comunión de la Iglesia, que es lo mismo.

Pero ellos no lo conocieron. Yo he pensando muchas veces que si las madres de estos niños se llegan a enterar que aquellos José, María y aquel niño que estaba en una cueva a las afueras, o en una casa medio arruinada a las afueras de Belén, era la causa de que murieran sus niños, hubieran salido detrás de ellos. Evidentemente, no hubieran sentido ningún afecto por Jesús, o por María. Ninguno. Más bien odio y deseo de venganza. Y la Iglesia los celebra como mártires y los pone conscientemente tres días después de Navidad.

¿Sabéis qué celebramos hoy? Que el abrazo de Dios no tiene límites y que sus preferidos son los que son víctimas de la Historia. Y ahí caben no sólo los inocentes de Belén. Caben todas las víctimas de todos los abusos, de todas las injusticias, de todas las relaciones torcidas. Todo aquel que es víctima de algo participa de Cristo de algún modo. Como decía san Juan Pablo II: “Por la Encarnación, Jesús se ha unido en cierto modo a todo hombre”. Y entonces, nuestras alegrías son alegrías de Dios. Y nuestros dolores son dolores de Dios. Y nuestros sufrimientos son sufrimientos de Dios. No es que Dios esté fuera. Dios está dentro, dentro, en lo más íntimo del corazón que sufre. Y especialmente, cuando sufre injustamente. La Historia está llena de víctimas y eso que, como decía también un escritor católico muy bueno, “los adultos cuando decimos que somos víctimas rara vez lo somos del todo, en parte casi siempre somos cómplices”. La única víctima verdaderamente pura de la Historia es el Hijo de Dios en Su cruz. Pero los niños inocentes, cualquier víctima de la Historia es celebrada y acogida, y abrazada hoy por el Señor.

Que ese sea el mensaje de la Navidad. Es decir, que ese es el mensaje del cristianismo. Que Cristo no ha venido para dar gusto a los buenos o premiar, sino que Cristo ha venido para curar a los enfermos, para adentrarse en el misterio del dolor y de la angustia. Pienso en la angustia de aquellas madres, pienso en las violencias de la historia. Cuántos tiranos han destruido pueblos enteros a lo largo de la Historia.

Señor, Tú no estás ausente a nada de eso. Tú has nacido para compartir nuestra condición humana. Y no hay ningún sufrimiento humano que te sea ajeno y, especialmente, el de las víctimas, el de los más pobres, el de los más indefensos.

Que el Señor nos ayude a comprender este misterio grande y también claro que tiene un eco en nuestras vidas cuando caemos en la cuenta de esto. Que se extienda y ensanche nuestro corazón y lo haga más parecido al corazón del Hijo de Dios.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Iglesia parroquia Sagrario Catedral
28 de diciembre de 2020

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