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“Lo que el mundo necesita hoy es descubrir de nuevo el significado y la relevancia de Jesucristo”

Homilía en la Eucaristía del 75 aniversario de la HOAC, celebrada en la parroquia de Santa María Micaela, el 7 de noviembre de 2021.

Muy queridos hermanos sacerdotes (tanto de aquí de la parroquia como de la pastoral social y de la pastoral obrera);
amigos de la HOAC:

Alguien llamaba a este día un momento histórico. Pero histórica es también la muerte de Cristo y la Resurrección de Cristo y, por lo tanto, los 75 años que pueden ser mucho para la vida humana apenas son nada de la vida de Iglesia.

Yo doy gracias hoy por lo que ha significado y significa la HOAC en la historia de la Iglesia en España. Es verdad que vivimos tiempos de transformaciones muy brutales, de forma que una expresión como “el mundo obrero” era algo perfectamente definible y con unas fronteras muy precisas, en el mundo de aquella industrialización, de las fábricas, o aquella que se representaba en la película de Marlon Brando -“La ley del silencio”-, donde muchos de vosotros habréis visto a los estibadores del puerto de Nueva York. Y en el mundo actual todo está mucho más difuminado, porque, en realidad, el mundo del capitalismo tardío, el mundo de la economía neoliberal a nivel global, pretende una sociedad regida por unas pequeñas oligarquías o élites del mundo financiero, y todos los demás somos proletarios con distintas cualificaciones, pero el conjunto de la sociedad ya casi no existe. Eso, que todavía hace 10 o 20 años se llamaba la “sociedad civil”, está siendo cada vez más y más absorbida por la administración pública y se convierte, por tanto, en una palabra casi abstracta. En todo caso, el mensaje de Guillermo Rovirosa y las personas que comenzaron con él, y más que su mensaje, su testimonio de vida, sigue siendo tan necesario o más en este tiempo que lo fue en el momento.

Es verdad que la dinámica de esta misma sociedad a la que me refería hace un momento hace que todo lo que no sea economía pura y dura sea relegado al campo de las creencias, de los valores, de cosas que no tienen cuerpo de ninguna clase. Y la Iglesia no puede vivir sin cuerpo. La Iglesia es un cuerpo eclesial, no es una colección de individuos que tienen unas creencias. No somos una colección de individuos que tenemos unos valores. Somos un cuerpo. Somos el Cuerpo de Cristo. Somos la humanidad de Cristo hoy. Dios mío, podemos vivir muy lejos de ese don de poder ser eso en el mundo actual, pero en el mundo actual eso es absolutamente urgente e imprescindible. Y el Papa Francisco no deja de recordárnoslo de tantas maneras: la predilección por los necesitados, la predilección por los pobres.

Cada vez que yo oigo este Evangelio, que es, además, uno de los más poderosos, todos tenemos ejemplos y testimonios de esa generosidad de la viuda del Evangelio. Muchos, a lo largo de la vida; cuando lo oigo, me acuerdo de una cosa muy simple o que parece muy simple, porque también era para construir un templo. Se estaba construyendo entonces la Catedral de la Almudena en Madrid y la gente pensará que hubo una cena en la que el presidente del Gobierno reunió a unos cuantos empresarios, y de allí salió una cantidad para la construcción de la Almudena. Lo que supuso aquella cena y los donativos que salieron de aquella cena es ridículo en comparación con lo que costó la construcción de la catedral. El ochenta y tantos por ciento eran donativos inferiores a cinco mil pesetas. Es decir, que fue el pueblo quien levantó aquella catedral, no los donativos de los ricos y de los ministros.

Yo me acuerdo de una tarde en que yo iba al edificio del Obispado y estaba jarreando, lloviendo a mares. El Obispado tenía una escalerita y había allí una mujer en lo alto de la escalera, en la entrada, llamando debajo de la lluvia y me dijo “¿qué hace usted aquí?”. Y respondió: “Verá, es que he venido a traer un donativo para la Almudena, pero estoy llamando y no me abren”. Le digo: “Mire, es que las oficinas las abren sólo por la mañana”. Me dice: “¿No tendría usted inconveniente en dar ese donativo en mi nombre?”. “Yo, ¡ninguno!”. Y me dio una moneda, de las que hubo antes de que entraran los euros, una de 200 pesetas. Y me dice: “Es que yo trabajo limpiando casas y no puedo venir por la mañana. Yo se lo doy a usted y usted se lo da a quien se lo tenga que dar”. Y yo decía, Señor, es que es exactamente la misma historia del Evangelio. Pero luego hay una solidaridad entre los pobres que se pierde, que la pierde el mundo en el que vivimos, a todos los niveles.

Leía yo hace unos días que el neoliberalismo no consiste en unas sociedades que dan mucha importancia a los mercados. Que eso es verdad; sino que el neoliberalismo trata de generar y crear un nuevo tipo de hombre, y ese nuevo tipo de hombre es un nuevo tipo de hombre en el que todas las relaciones humanas tienden a convertirse en contractuales. Y lo que no está en un contrato, no existe. Y cuando dice “todas las relaciones humanas”, se refiere a las relaciones matrimoniales, a las relaciones entre padres e hijos, a las relaciones entre compañeros de trabajo (si es que hoy se puede seguir hablando de compañeros de trabajo). Algo que cuando había un mundo obrero, se experimentaba lo que era la solidaridad de los pobres. La solidaridad de los compañeros de trabajo. Hasta los mismos sindicatos nacían en muchos lugares de abajo a arriba, y no eran organizaciones estatales como son hoy entre nosotros.

Lo que el mundo necesita hoy es descubrir de nuevo el significado y la relevancia de Jesucristo, para nuestra vida humana. Para todas las dimensiones de nuestra vida humana. Y resistirnos con todas nuestras fuerzas a ese contractualismo que trata de imponerse como modo de relaciones humanas. La gratuidad, el afecto, la compañía, la amistad, el amor, son realidades infinitamente más grandes que ningún contrato. Y un mundo diferente sólo es posible si grupos humanos empiezan a vivir de ese modo y a mostrar que es más bello vivir de eso modo, que es más humano, que responde más a las exigencias de nuestro corazón. Que vivimos más contentos. Que la vida merece la pena ser vivida. Quizás la enfermedad más grave del momento en el que estamos, o más extendida, es como una cierta desesperanza, un cierto cinismo, con respecto a la vida, de que no merece la pena vivirla, de que en el fondo el contractualismo genera el no fiarse de nadie. En estos meses me lo han dicho muchas personas, “¿pero de quién me puedo fiar?”.

Pues, que podamos ser personas de las que uno se puede fiar, y miembros de un pueblo, parte de un pueblo, parte de una familia de la que uno se puede fiar. De que, cuando decimos “te quiero”, lo decimos de verdad. De que, cuando damos la mano… Yo aun recuerdo en mi infancia en los mercados de ganado de Asturias, donde un escupitajo en una mano y esa mano dada, tenía más valor que un texto ante notario. Esa vaca era tuya, tú la habías comprado, habías dado tu palabra por ello y eras capaz de dar la vida por la verdad de eso que habías dicho.

Dios mío, qué lejos estamos de ese mundo. Pero la necesidad de recuperar la seriedad de la palabra dada, la seriedad en las promesas, la necesidad de ayuda mutua, porque eso no se puede vivir solo. Sólo un pueblo, una comunidad, un grupo, es capaz de vivirlo. Uno de los ideales de este tipo de sociedad es la atomización total de la sociedad, porque como todos somos intercambiables, como uno puede trabajar parte del año aquí y parte del año en Afganistán y otra parte del año en las Filipinas, y ya no sabes ni a quién perteneces. No perteneces a nadie más que al mercado. Por lo tanto, generar relaciones alternativas a todo eso creo que es la tarea presente y futura de toda la Iglesia.

¿Qué hacemos con nuestra vida? Si hemos nacido sólo para producir y consumir, somos verdaderamente miserables; estamos verdaderamente al borde de la muerte, si no estamos muertos ya en nuestro espíritu, en nuestra humanidad. Resucitar esa humanidad es posible, basta abrir el corazón. Aquella frase “abrir las puertas a Cristo”. Si Cristo no ha resucitado y todo lo que esperamos es de este mundo, a lo mejor todo lo que vale es llevarse lo que más pueda uno de este pastel pequeño que al final es la tierra y que, entonces, se trata de rebañar lo que uno pueda de ese pastel. Pero si Cristo ha resucitado, si nuestro destino es la vida eterna, la gratuidad, el amor, el don de la vida es el destino más alto, el más noble. Además, no sólo el más noble, sino el que más nos permite vivir con alegría y con gozo, porque corresponde más a la verdad de lo que somos, de que somos imagen de Dios, del Dios que es Amor. Y un mundo construido sobre otros supuestos será siempre una gran mentira, que hay también quien dice que eso es lo que hoy gobierno: la mentira. La mentira institucionalizada, la mentira convertida en modo de vida, realmente.

Vamos a darLe gracias al Señor. Que el corazón de toda verdadera renovación y evangelización de todo el mundo obrero, tan alejado de la Iglesia, cuando nunca debería de haberlo sido, porque la Iglesia es mucho más afín al mundo obrero que al mundo de las finanzas o a otros tipos de mundo; tan alejada de la Iglesia sólo es posible mediante una verdadera conversión a Jesucristo -“conversión misionera”, que diría el Papa Francisco: que el Señor nos convierta.

Sólo quería añadir una cosa, que no querría dejar de decirla, siquiera por honestidad. De hecho, quizás ahora no viene muy a cuento. Yo soy muy consciente, y lo sois vosotros también, de que en un determinado momento… (y la culpa no era de la HOAC ni de los movimientos especializados de la Acción Católica; la culpa era de aquello que se dijo en el Concilio y dice también ahora Pablo VI, que el cristianismo se había separado de la vida, y entonces la vida parecía que estaba en manos de lo que fuera más verdadero o uno entendiese que era el mejor modo comprender la vida humana); porque el cristianismo, relegado al mundo de lo sobrenatural, lo natural quedaba en manos de la ideología de turno, y hubo un momento en que la HOAC, igual que algunos otros movimientos especializados, se acercó, de una manera quizá no sana del todo, al marxismo, que parecía que era en ese momento la manera de pensar más afín. Y tenía cosas que, sin duda ninguna, hay que rescatar hoy del marxismo. Pero es muy fácil hacer ese juicio sobre ciertos movimientos, especialmente en la Pastoral Obrera y no hacerlo sobre todo lo demás, porque todo lo demás es igualmente heredero de esa separación entre la fe y la vida; de esa separación entre Cristo y nuestra humanidad, y nos hace depender de la cultura.

Si es verdad que hay algunos grupos que han dependido del marxismo, depender del liberalismo no es menos ideológico. No es que, quien no haya dependido del marxismo ha sido libre y no ha dependido de nadie. No. Probablemente, del liberalismo dependemos todos, mucho más de lo que nos damos cuenta. Y sigue siendo un cristianismo ideológico. El cristianismo liberal que hereda un poco de la cristiandad burguesa el echarse en manos de los centros de poder del mundo, aunque esos centros sean hoy cadenas de comunicación o plataformas de televisión. Esa dependencia de las ideologías de turno, y hoy la del marxismo no está de moda, por eso hay que defender algunas de las cosas que tenía de verdaderas y que no sería nada malo olvidar. Pero, desde luego, si la alternativa al marxismo es el liberalismo, una Iglesia en brazos del liberalismo es una Iglesia completamente estéril, y percibimos esa esterilidad en muchos hechos de nuestra vida. Lo percibimos en la falta de jóvenes. Lo percibimos en la falta de belleza o de atractivo que tienen nuestras comunidades, en el poco interés que tiene la Iglesia para la vida real de las personas, de casi todas las clases sociales.

Yo creo que ahí Rovirosa y los fundadores de la HOAC tenían una mirada profética. Devuélvenos esa mirada, Señor. Que tenga su centro en Ti, pero pidiéndoTe que comprendamos que todas las cosas tienen que ver contigo. Todas las cosas. Igual que decía que el proyecto del neoliberalismo es hacer un tipo humano en el que todas las relaciones sean comerciales, pues, para nosotros, todas las cosas tienen que ver con Cristo, y Cristo es la plenitud de todas las cosas y la luz que ilumina todas las cosas. De ahí, de Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre, puede siempre nacer un mundo nuevo. Aunque sea un embrión, aunque sea muy chiquitito. Las cosas nacen chiquititas siempre. No hay que aspirar a los números, no hay que aspirar a lo grande, hay que aspirar a la verdad.

Que el Señor nos lo conceda a todos. Nos lo conceda a nuestra Iglesia de Granada. Hoy se celebra el Día de la Iglesia Diocesana. La Iglesia Diocesana es la realización de la Iglesia universal en un lugar determinado, estando a la cabeza un sucesor de los apóstoles.

Que el Señor conceda a nuestra Iglesia ser ese signo significativo, expresivo, del amor infinito de Dios en este mundo nuestro, tan perdido, tan confuso, tan desorientado, tan enfermo.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

7 de noviembre de 2021
Parroquia Santa María Micaela (Granada)

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