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Leed la Palabra de Dios

Homilía de D. Javier Martínez en la Santa Misa el viernes de la semana de Pentecostés, el 5 de junio de 2020.

Os saludo a todos en este comienzo del día, en el que el Señor nos permite vivir juntos el don más grande, que es el don de la Eucaristía, y el que no sólo llena de sentido sino que hace bellísima la aventura de cada día y de vivir, porque la vivimos acompañados del Señor.

Las dos Lecturas de hoy me mueven a subrayar una cosa. San Pablo le dice a su discípulo Timoteo cómo le ha acompañado a lo largo de todas las cosas que ha vivido: le ha seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la magnanimidad, el amor y los padecimientos. Y San Pablo hace un breve resumen de esos padecimientos y dice que todos los que quieran vivir piadosamente van a ser perseguidos. Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. El Papa Benedicto XVI, en una de sus alocuciones, él se refería a los obispos, pero decía que un obispo que no fuera perseguido tenía que preocuparse, en el mundo en el que estamos, porque algo no estaba haciendo bien y eso ha acompañado la vida de la Iglesia. San Bonifacio, que era un monje benedictino, a quien el Papa le mandó a evangelizar los pueblos germanos, terminó mártir, como casi todos los evangelizadores de aquellos siglos.

Pero yo quiero daros, no simplemente un diagnóstico, sino daros la medicina, porque la da también San Pablo también en lo que acabamos de leer. Dice: “Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste”. Hasta San Pablo, que pensamos que le convirtió la caída del caballo, después tuvo que ir a casa de un tal Ananías en Damasco, para que le anunciase y explicase el Evangelio de Jesucristo. Siempre, la gracia de Dios, sobre todo para entrar en la Iglesia y luego para crecer en la Iglesia, tiene ojos, apellidos y rostro. Nosotros no entramos en una serie de ideas o en una serie de principios morales. Entramos en un pueblo, en una comunidad, en una familia y es esa familia la que protege de alguna manera nuestra fe y nuestro camino hacia Dios. Eso es indispensable. Venimos de una tradición de varios siglos de individualismo, donde se ha fomentado lo más posible porque el individualismo favorece especialmente los poderes del mundo, evidentemente, por eso se ataca a la familia también. Un matrimonio roto tiene que comprar dos lavavajillas, dos microondas… por lo tanto, es muy rentable. Le viene bien a la economía que se rompan los matrimonios, por poner un ejemplo muy simple. Lo mismo, cualquier comunidad fuerte y estable en nuestro mundo crea desazón, porque nuestro mundo quiere personas aisladas. Las personas aisladas son fáciles de someter y de controlar a través de la publicidad. Uno solo, como no estamos hechos para estar solos, busca cómo compensar esa soledad. ¿Y cómo la compensa? Comprando cosas. Siempre. Se nos hace muy fácil, hasta se nos vende que las cosas son para ayudarnos. A mí me llama mucho la atención cómo todo en este tiempo de pandemia, y cuantas más semanas pasan más, los anuncios de las cosas menos necesarias toman más lenguaje religioso. Es que parecen padres espirituales y lo que te están vendiendo es una póliza de seguros; o que necesitas un coche nuevo, y sin embargo, te lo dicen con una bondad, con una ternura…, porque conocen muy bien nuestra fragilidad.

¿Cuál es el remedio que ofrece aquí San Pablo? Primero, una comunidad, una conciencia de que ser cristianos no es algo que individualmente somos y luego, como nos juntamos, somos la suma de todos esos individuos que son cristianos. No. El Papa lo ha dicho con mucha claridad: “El todo es antes que las partes”. Es la experiencia de la Iglesia la que permite, entre otras cosas, que conozcamos a Jesucristo. ¿Y que la Iglesia tiene mil defectos? Millones. ¿Y la Iglesia ha cometido descarrilamientos y heridas a lo largo de la historia? Claro que sí, muchas, pero la Iglesia ha transmitido fielmente a Jesucristo, y la Palabra de Dios y la gracia del perdón de los pecados y, por lo tanto, la vida de Jesucristo a lo largo de veinte siglos, y seguirá hasta el fin de los tiempos.

“Permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste”. Es decir, quiénes te introdujeron, ahí está la comunidad. “Desde niño conoces las Sagradas Escrituras”. Yo sé que en nuestra tradición, no la más reciente, sino la penúltima, los católicos desconocíamos por entero la Palabra de Dios. Hasta se pensaba, se decía: “Es que está prohibido leer la Biblia, leer la Palabra de Dios”. La Iglesia lleva 70 años recordándonos que tenemos que alimentar nuestra fe de la Palabra de Dios. Yo sé que la Biblia es un libro muy grande y eso puede asustar. Yo recomiendo que empecéis… las Cartas de San Pablo están ordenadas de la más larga a la más cortitas, empezad por las más cortitas. Si queréis empezar por una, empezad por la Carta a los Colosenses, que es, en cuatro páginas, un resumen de la experiencia cristiana precioso. Podría uno alimentarse con esa Carta toda la vida y uno le empieza a sacar gusto. Si es que hay más tiempo, si hay un huequecillo, en lugar de ver anuncios en la tele, leed diez minutos la Palabra de Dios y pedidle al Señor luz. Un Padre de la Iglesia al que yo quiero mucho decía: “La Palabra de Dios es como una fuente y es verdad que no nos la agotamos toda cuando vamos a la fuente, pero gracias a Dios. Si el viajero que va por el desierto se bebiera la fuente entera de un plumazo, la próxima vez que tuviera sed no tendría dónde ir, porque se la habría bebido entera”. No, hay que beberla a sorbos, porque el Señor dice, con un humor y una finura preciosas: “Él ha vestido la Palabra de Dios con toda clase de colores, para que cada uno tome de ella aquello que más bien le hace o aquello que más le agrada”.

Cartas cortas de San Pablo, empezad por ahí. Los Evangelios siempre están a disposición, basta con que uno lea un trocito, y si es un trocito que uno no entiende del todo, dejadlo; como la lluvia, no tiene que producir su fruto inmediatamente, lo produce con el tiempo. Es la fidelidad, pero la Palabra de Dios nos alimenta más que ninguna otra cosa. No hay ningún otro tipo de piedad que supla a la Palabra de Dios. Otra que podéis usar siempre son los Salmos. Hay Salmos que podemos estar eufóricos ese día y el Salmo es “líbranos de nuestros enemigos”, pero algún día necesitará uno el Salmo de “líbrame de mis enemigos”, y algún día que esté uno saturado de enemigos necesita uno “Señor, Te alabo y Te glorifico”. Los Salmos era la oración con la que rezaba Jesús y es obvio porque, hasta en el momento de su muerte, Él empezó un Salmo: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado…”. Esa es la primera frase del Salmo 22.

Os invito a que leáis la Palabra de Dios. Nos lleva la Iglesia invitando a que sea nuestro alimento principal, junto con los Sacramentos, de nuestra vida cristiana. No os defraudará.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

5 de junio de 2020
Iglesia parroquial del Sagrario-Catedral (Granada)

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