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La Iglesia es un cuerpo, un pueblo, una familia

Aspersión con agua bendita, en tiempo de Pascua. Aspersión con agua bendita, en tiempo de Pascua.

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía en la S.I Catedral en el V Domingo de Pascua, que comenzó con la bendición y aspersión del agua bendita.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo (ciudad, que, como nos decía el Libro del Apocalipsis hoy, baja del Cielo adornada como una novia para su Esposo, como la criatura más bella de toda la Creación), Pueblo santo de Dios;
muy queridos sacerdotes concelebrantes:

Estaba yo pensando en estos días en la necesidad de decorar la iglesia de San Nicolás con figuras que permitan que, puesto que a Granada vienen personas de todos los continentes, todos puedan sentirse en la iglesia en su casa. Todos puedan sentir que esa ciudad, esa nueva Jerusalén, ese nuevo Cielo y esa nueva tierra en la que cabemos todos los hombres, lo podamos reconocer visiblemente cuando entramos en la iglesia. Y especialmente en esa iglesia, que está rodeada constantemente de personas de todo el mundo que vienen a nuestra ciudad, muchos de ellos cristianos. Cristianos que recuerda también otra imagen del Apocalipsis: “Hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación”, que han blanqueado sus vestiduras en la Sangre del Cordero. Es decir, que han sido purificados por la Sangre del Cordero, por la muerte de Cristo y por el Bautismo.

Y pensando en eso, y sobre todo en la dificultad de representar de alguna manera la historia de la Iglesia en Asia, mirando en internet, los mártires de Vietnam, luego los mártires de Filipinas, luego el origen de la Iglesia en Corea, los mártires de Japón, la historia de la Iglesia en China, en la India…, pero luego vas a Afganistán, los mártires persas de los primeros siglos. La lectura de hoy, la de los Hechos de los Apóstoles, casi es una lista de nombres de cómo los cristianos con motivo de aquella primera persecución, que surgió después de Esteban, se fueron extendiendo después por Palestina y llegaron a unas ciudades del Líbano hasta Atalía, una ciudad que está en la frontera ya entre el Líbano y Turquía, y al final hasta Antioquía. Señor, qué historia tan humana y tan divina al mismo tiempo. Qué historia tan humana porque se sirvió el Señor de las contingencias humanas para que el Anuncio de Jesús, la Buena Nueva para los hombres que Tú eres, a través de las contingencia y de las dificultades, y de las circunstancias de la historia del mundo se ha ido extendiendo y realmente ha llegado a “id a todo el mundo y anunciad el Evangelio”. Ha llegado a todas partes, está llegando a todas partes. No para de anunciarse, no para de suceder, sigue sucediendo la mañana de Pascua, sigue sucediendo la novedad que es Jesucristo, y sigue sucediendo en nuestras vidas y ensanchando nuestro corazón y nuestra vida constantemente.

Somos hijos de una historia viva. No penséis nunca que somos hijos de una historia que es un residuo del pasado. Y es una tentación fácil para quienes llevamos insertos en esa historia veinte siglos. También es fácil pensar que ser cristiano es como tener unas ideas, una visión del mundo, unos principios morales, y que la Iglesia somos toda una serie de individuos que coincidimos en esas ideas, o en esas creencias, o en esos principios morales, y que luego de ahí vienen unas normas de comportamiento. No. Somos un pueblo, somos una ciudad, somos una nación. Una nación que está hecha “de hombres de toda raza, pueblo y nación”. Una nación que está hecha de hombres, ya desde el día de Pentecostés, “partos, medos, elamitas, habitantes de Siria y de Cirene”. La Resurrección de Cristo por ser un Triunfo sobre la condición humana mortal y pecadora es algo que afecta a la humanidad entera. Tiene una dimensión universal por sí mismo. Y todas las demás relaciones -la relación del pueblo al que pertenecemos, la nación o la polis en la que nos insertamos, las lenguas que hablamos, la familia a la que pertenecemos-, todo eso queda como resituado a la luz de nuestra verdadera pertenencia que es Jesucristo. Señor, perteneciéndoTe a Ti todo lo humano que hay en nosotros es salvado. Cuando no te pertenecemos a Ti, tenemos que convertir esas pertenencias, otras, la de la nación, o la del pueblo, o la de la clase social, la de la lengua que hablamos, tenemos que convertirlas en dioses de alguna manera, en ídolos. Y haciendo de esas realidades ídolos las destruimos. Haciendo de un ídolo la familia, destruimos la familia. Haciendo de un ídolo la paternidad, destruimos a los hijos fácilmente, tan fácilmente. Haciendo de un ídolo la felicidad, la felicidad de los esposos imaginada como las películas de Hollywood de los años 40, el beso final y se supone que serán felices siempre, hemos destruido el matrimonio. Sólo a la luz de Cristo nuestras vidas se cumplen, y se cumplen de una manera bella. Donde se honra al padre y al madre, se da la vida por los hijos, se forma parte de un pueblo siempre abierto, siempre con el horizonte del mundo entero como perspectiva; siempre dispuesto a acoger a hermanos nuevos, dispuesto a acoger a los diferentes, porque ellos enriquecen nuestra pobre condición de criaturas, poniendo riquezas, dones y perspectivas que a nosotros nos son inaccesibles, que no provienen de nuestra Tradición.

Pertenecemos a esa ciudad y esa ciudad tiene una sola ley. El Evangelio de hoy lo dice con tanta claridad que da casi vergüenza comentarlo: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Esa es la Ley cristiana, y todas las demás están sometidas, son subsidiarias, son subordinadas a esa realidad. Dios es Amor. Porque Dios es Amor, en Él no hay tiniebla alguna, todo es luz. Y nosotros, creados a imagen y semejanza de Dios, estamos llamados a ser luz y somos luz en la medida en que somos amor. Somos luz en la medida en que nuestro corazón se abre a nuestros hermanos los hombres.

Os decía antes que la Iglesia no es una agregación, una amalgama de individuos que tienen unas creencias y que tienen unos principios morales. No. Somos realmente un cuerpo, un pueblo, una familia. Y la ley de esa familia, el secreto de esa familia es el amor. Pero fijaros, no es algo que esté en nuestras manos, no es una cuestión de empeño, de codos, de fuerza de voluntad, de luchar por ello y de tratar de conseguirlo. Cuando concebimos la vida moral cristiana en esos términos, y por desgracia lo hacemos con mucha frecuencia, la vida moral está condenada a ser una permanente frustración. “Amaos como Yo os he amado”. Sólo quien acoge el Amor infinito de Cristo; sólo quien abre el corazón a la experiencia de ese Amor; sólo quien se abandona en las circunstancias de la vida, que pueden ser a veces durísimas, hasta en el fondo más oscuro y más negro del pecado, quien se abandona a la Misericordia y al Amor de Jesucristo es capaz de regenerar su corazón una y un millón de veces. Y renace, renace la persona humana, una y otra vez. Sólo quien acoge a Jesucristo es capaz de acoger en su corazón el horizonte de un amor sin límites. Sin límites en cuanto a espesor del amor, a profundidad del amor, a no poner condiciones al amor, y sin límite en cuanto a la extensión del amor. También ahí sin límites. Curiosamente, os he hablando de la Iglesia como el cielo nuevo y la nueva tierra, que no está solamente para venir al final del mundo, ya estamos en ese cielo nuevo y en esa tierra nueva. En la Eucaristía, donde Cristo nos comunica Su Vida, se une a nosotros con un amor que ni siquiera el amor esponsal es nada más que una pobre y pálida analogía de la unión y del amor que Cristo nos tiene; donde el Señor se nos da y nos da Su Vida divina. Sólo ese don construye en nosotros el Cuerpo de Cristo, la Iglesia.

Pero esa Iglesia bajaba del Cielo, no es obra de los hombres. La ciudad no es Babel. Los hombres construimos Babel y Babel termina siempre destruyéndose a sí misma, se hunde, queda reducida a ruinas. Nuestros deseo de construir una ciudad a la medida de los hombres es siempre condenado a la frustración. Como el deseo de hacer nuestra propia felicidad y de ser los controladores y los dueños de nuestra felicidad y de nuestra vida. Está abocado siempre al fracaso. Cuando acogemos la Gracia de Dios, esa ciudad no la esperamos para el fin de los tiempos, no la esperamos para el fin de nuestra vida; vivimos ya en ella, somos parte ya de ella.

Yo veo vuestros rostros, no los conozco Dios mío, más que a unos poquitos que soléis venir con frecuencia aquí (la mayoría de vosotros sois visitantes). Y sin embargo, yo sé que no puedo decir “yo” sin incluiros a vosotros, porque sois parte de mi y yo soy parte vuestra, y somos los unos parte de los otros, porque no hay más que un Cristo. Y aunque comulguemos cada uno (y cada uno llevamos en nuestro corazón el peso de nuestras fatigas, de nuestras intenciones, nuestras súplicas al Señor y también llevamos nuestro anhelos y nuestras esperanzas), sin embargo, no hay más que un Cristo y todos participamos de la Vida de un mismo Cristo. Todos somos uno en Cristo Jesús. Ojalá, los cristianos descubriéramos esto.

Yo sé que hay un largo camino. Venimos de una historia de individualismo, de piedad individual, de aislamiento, de falta de conciencia de Iglesia. Bastaba nacer en España para que, igual que a uno le daban el carnet de identidad, uno se considerase católico y no había que preocuparse de hacer Iglesia. Hoy tenemos que redescubrir de nuevo que la Iglesia es un don, es el don más precioso, es el que protege nuestra existencia humana, nuestras vidas humanas. Y que en ese seno, en el seno de esa Madre, en el seno de esa familia sucede la redención, sucede la gracia, sucede el mundo nuevo, el cielo nuevo y la tierra nueva, donde no hay llanto, ni luto, ni dolor. Y morimos, claro que morimos, y pasamos por la muerte, pero la última palabra en nuestra vida no la tiene la muerte, sino el amor infinito y la vida inmortal, que ya nos ha sido comunicada por el Bautismo y nos es renovada cada vez que Te recibimos a Ti, Señor, en la Eucaristía. Ciudad bellísima. No os avergoncéis nunca de la belleza de la Iglesia. No os avergoncéis nunca de la historia. ¿Que en esa historia hay pecado? Pues, claro. Pero en esa historia no ha faltado jamás la Presencia de Cristo y la presencia de una innumerable multitud de santos, somos hijos de un pueblo de santos. Y no porque fueran súper hombres, ni superhéroes, ni súper mujeres. No. Hombres y mujeres hechos del mismo barro del que estamos hechos todos los seres humanos. Pero es un barro del que Jesucristo, el Hijo de Dios, se ha enamorado. Y es un barro que ha sido convertido en una piedra preciosa, justamente por el Amor infinito con el que Dios nos ama. Que siempre vivamos en la acción de gracias por ese Amor.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

19 de mayo de 2019
S.I Catedral
V Domingo de Pascua

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