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“Jesús, para justificar su manera de obrar, apelaba siempre al Padre”

Homilía de Mons. Javier Martínez, en la Santa Misa del miércoles de la IV semana de Pascua, el 6 de mayo de 2020.

Querida familia, queridos hermanos y hermanas, y también aquellos que nos unimos gracias a las ondas y la televisión en esta Eucaristía:

El mensaje del Evangelio de hoy es muy sencillo. Jesús se defiende… Hay pasajes del evangelio de San Juan que reflejan verdaderamente las polémicas que Jesús tuvo con los judíos, las polémicas que le llevaron realmente a la muerte. Y son, sencillamente, que Él siempre para justificar su manera de obrar apelaba siempre al Padre. Y lo que nos dice el Evangelio de hoy: “Yo no obro por Mí mismo. Yo todo lo que hago es lo que le he visto hacer al Padre”. Ayer decía: “Yo y el Padre somos Uno”. Porque la Voluntad del Padre era la misma Voluntad que la del Hijo, y por eso se encarna, viene a nosotros. Uno puede preguntarse por qué se encarna en ese momento. Por la paciencia de Dios. Se encarnó en la plenitud de los tiempos. Es decir, cuando el pueblo que había comenzado el Señor a elegir en Abraham, estaba lo suficientemente preparado para que una mujer le dijera que sí a la Voluntad del Señor sin ninguna fisura, como el Hijo, desde toda la eternidad, le decía que sí a la Voluntad del Padre, a la voluntad de salvar a los hombres.

Pero imaginaros que en la época de Abraham hubiera querido el Señor que surgiera la Encarnación. Hubiera tenido que forzar nuestra humanidad, porque nadie hubiera comprendido qué significaba ser Hijo de Dios. Entonces, Dios ha ido educando un pueblo durante casi dos mil años, hasta que pudo venir a los suyos y decir “vengo a vosotros de parte de Mi Padre”. Luego, los suyos no le recibieron, pero vino a los suyos. Había unos que podían escuchar Su palabra y la escucharon. La escucharon quien tenía el corazón preparado y quien se dispuso a decir que sí.

Una de las cosas que más escandalizó en su tiempo era la relación que Él tenía con publicanos y pecadores. Eso el Evangelio de San Lucas lo pone muy de manifiesto. Dice expresamente: “Jesús comía con publicanos y pecadores, y entonces los escribas y fariseos murmuraban contra Él por aquello”. Es cuando aparece en el Evangelio de San Lucas la parábola de la oveja perdida, la parábola de la moneda perdida, que para entenderla bien hay que acordarse de un detalle. Y es que no es una moneda cualquiera. Esa moneda era parte de la dote de una mujer palestina en tiempos de Jesús. Y por eso convoca a las vecinas (todavía a principios del siglo XX, las mujeres beduinas llevaban, a veces, en los días de fiesta, una serie de monedas a veces de oro en su cabeza que eran justamente la dote de la boda). Porque si no, uno dice “y por qué arma tanto follón esta mujer”, barre toda la casa, pero después, además, invita a las vecinas para decir que ha encontrado la moneda que había perdido. Si uno piensa en el contexto, pues se entiende mejor. El caso es que Jesús, en las tres parábolas -en la de la oveja perdida, en la de la dracma o moneda perdida, y en la del hijo prodigo (en la del hijo pródigo es muy explícito, pone de modelo al padre del hijo)- termina siempre diciendo: “En verdad os digo que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión”. Esa es la manera, más normal, en que Jesús justifica sus acciones; unas acciones que son escandalosas. Comer con publicanos y pecadores era algo que la Ley, tal y como la entendían los fariseos, prohibía. Y Él dice: “Dios obra así”. En otro momento lo dice: “Dios hace llover sobre justos e injustos, y hace salir el sol sobre buenos y sobre malos, sobre justos y pecadores”. Es decir, la conducta de Dios, que se resiste a separar; que tiene una paciencia infinita con el hombre para darle siempre una posibilidad de conversión, es la justificación de Jesús.

¿Y eso cómo puede traducirse en nuestra vida? Yo creo que nosotros nos es útil pensar en las circunstancias normales de la vida. Cómo obraría Jesús, qué haría Jesús, cómo reaccionaría Jesús ante esto, cuál sería su actitud, que es la misma de Dios, cómo Jesús reaccionaria ante estas circunstancias, ante esta situación, cómo se comportaría con esta persona, qué es lo que Jesús haría. En el fondo, todos conocéis el libro o lo habéis oído hablar de él por lo menos, pero muchos a lo mejor lo habéis leído: “La imitación de Cristo”. “La imitación de Cristo”, aunque refleja la espiritualidad de una época, sencillamente lo que consiste es que nuestra referencia para obrar es Jesús. Si obramos como Jesús, como Jesús obra como el Padre, obraremos siempre de la manera que Dios quiere, de la manera que el designio de Dios quiere. Y ese designio de Dios es Su voluntad salvífica, Su deseo de que todos los hombres se salven.

Le pedimos al Señor que nos ayude a configurar nuestras vidas a la imagen de Su Hijo. Para que Jesucristo se vaya formando en nosotros. San Pablo decía en alguna ocasión “hasta que lleguéis a configurar en vosotros la imagen misma del Hijo de Dios, de Cristo”. Ser imagen de Cristo como Cristo es imagen del Padre, y eso en nuestra vida.

Con todas las incertidumbres que tenemos, y no estamos acostumbrados a vivir con incertidumbre, estamos acostumbrados a vivir con una vida muy bajo nuestro control, donde sabemos muy bien o tenemos muy planeado lo que va a pasar en una semana, o lo que va a pasar en dos meses y ahora mismo esos planes nos sirven de muy poco, pues eso nos descoloca. Y yo daría dos consejos en relación con eso. Uno, que aprendamos a reconocer que somos criaturas y que no somos Dios, y que entonces, efectivamente, un rasgo de nuestra humanidad es que no tenemos control sobre la Creación. Son muchas las personas que, en estos días, en estas semanas, me han dicho “es que he perdido el sueño, duermo muy mal”. Yo creo que algo tiene que ver, al menos, con esa especie de inseguridad, de incertidumbre en que las circunstancias nos ponen.

Entre las perlas que suele haber en ese rinconcillo, hay una de esas perlas que se llama “Elogio de la noche y del sueño”, de Péguy. Si no lo habéis leído nunca, cogedla, llevárosla, leedla. Es una delicia, y se puede tener en la mesilla y leer todos los días un ratito antes de dormir. Nos enseña sencillamente que somos criaturas, pero que tenemos un Padre que jamás nos va a hacer daño. Que jamás va a querer algo malo para nosotros, y no hay más que una manera de estar en paz, siendo hijos de Dios como somos, y es descansar en el Señor, ponernos en Sus brazos, ponernos en Sus manos, confiar en Él; confiar en Él sean las circunstancias que sean, las que vengan.

Yo quería deciros esto porque me doy cuenta de que, además, los tiempos son para alimentar y los medios a veces también contribuyen a alimentar nuestra inquietud y a que vivamos -diríamos- en una inquietud que uno de da cuenta de que no es de Dios, que hay algo ahí que no es bueno, que no nos hace bien, aunque no perdamos el sueño, pero mucha gente lo pierde. ¿Somos hijos de Dios o no somos hijos de Dios? Si somos hijos de Dios; si Dios es nuestro Padre; si nos dijo el Señor “quién de vosotros si su hijo le pide pan, le va a dar una piedra. Y si le pide un pescado, ¿le va a dar una serpiente? Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos y quererlos, cuánto más vuestro Padre del Cielo”.

Que podamos vivir, día a día; que el Señor nos lo conceda, es una Gracia de Dios, no es una cosa que podamos hacer por nuestras fuerzas, o porque nos empeñemos. Y os confieso que a mí me preocupa un poco cuando veo tantos (…) anuncios que dice “venga, que sobrevivimos, estamos contigo, tú no temas”. Me parece muy bien. Si hay que animar a la gente. Pero el verdadero ánimo no nos viene de que nos digan que tengamos ánimo, no es una cuestión de puños, o de codos, o de empeño, a uno le llega el empeño a donde les llega. A los héroes les llega el empeño muy lejos, pero no todos estamos hechos con madera de héroes, y el Señor ha muerto por todos, y Dios es Padre de todos, de los héroes y de los cobardes, y de los mediocres, de todos nosotros, sencillamente. Entonces, la verdadera confianza no la tenemos puesta en la energía que tengamos, que seamos capaces de tener, sino en que Dios es fiel en Su Gracia y en Su Amor; en que Dios es nuestro Padre y nuestro Padre nunca nos va a dar nada que no sea lo mejor.

Que el Señor nos ayude a crecer en esa conciencia y a vivir en ella.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

6 de mayo de 2020
Iglesia parroquial Sagrario- Catedral (Granada)

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