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Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo

Instrucción pastoral sobre la persona de Cristo y su misión.

La CVII Asamblea Plenaria, celebrada del 18 al 22 de abril de 2016, ha aprobado una instrucción pastoral sobre la persona de Cristo y su misión, con el título: Jesucristo, salvador del hombre y esperanza del mundo.

Sumario

Introducción

I.- Anunciamos a Jesús, Hijo de Dios encarnado, revelador del origen y destino del ser humano

II. Jesucristo revela la verdad de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo

III. Jesucristo, Salvador universal

IV. El encuentro con Jesucristo Redentor, principio de renovación de la vida cristiana y meta del anuncio evangélico

Conclusión

Siglas

Glosario

Introducción

Un camino de renovación postconciliar

La Conferencia Episcopal Española cumple cincuenta años de su existencia, desde su creación por la Congregación Consistorial el 3 de octubre de 1966, poco después de la clausura del Concilio Vaticano II el 7 de diciembre de 1965. Después de medio siglo de existencia es llegada la hora de mirar hacia atrás con agradecimiento al contemplar el trecho histórico recorrido. La Conferencia Episcopal es un organismo eclesial concebido como instrumento útil al ejercicio del ministerio pastoral de los obispos, «para promover el mayor bien que la Iglesia proporciona a los hombres»[1], ofreciéndoles la salvación que Dios Padre dispuso llevar a cabo por medio de Jesucristo, «convocando a los creyentes en Cristo en la santa Iglesia»[2]. Los obispos españoles con todo el Pueblo de Dios que nos ha sido confiado por Jesucristo, «pastor y guardián de nuestras almas» (1 Pe 2, 25), damos gracias a Dios por este medio siglo de historia de la fe cristiana. Somos conscientes de que en el recorrido histórico de la Iglesia todo es orientado y dirigido por la divina Providencia del «Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo» (2 Cor 1, 3).

La Iglesia en España, en el seno de la comunión de la Iglesia universal, de la cual forma parte bajo la guía del sucesor de Pedro, ha llevado a cabo a lo largo de estas cinco décadas transcurridas una profunda renovación de mente y acción evangelizadora y pastoral. Continuando la obra de renovación de nuestros predecesores, los obispos nos sentimos hondamente motivados por la urgencia de comunicar la salvación al hombre de hoy y salir a su encuentro, respondiendo con la predicación y la actividad apostólica y pastoral a los retos de nuestro tiempo.Con palabras del santo padre Francisco, podemos decir con humildad que la Iglesia en España, desde el primer postconcilio a nuestros días, ha procurado la «conversión pastoral y misionera»[3], que ha ido produciendo numerosos frutos. La purificación de la vida cristiana que ha supuesto la trayectoria recorrida en el último medio siglo ha acarreado a veces dificultades y sufrimientos a la Iglesia, por causa de las tensiones y dificultades padecidas en algunos momentos. En parte, estas tensiones han sido el resultado de la aceptación por muchos en la Iglesia del espíritu del mundo y las formas secularizadas de vida que, en años pasados, prendieron en el interior de la comunidad eclesial, sembrando «la agitación y la zozobra en el corazón de muchos fieles»[4].

Desde su creación la Conferencia Episcopal ha afrontado con voluntad y esperanzada apertura a los signos de los tiempos la renovación de la vida de la Iglesia, sin que hayan dejado de manifestarse fallos humanos y deficiencias que han constituido un verdadero desafío para la aplicación acertada del Concilio. Nuestro deseo hoy, como ayer lo fue de nuestros predecesores, es cumplir en todo momento la misión que el Señor les confió a los Apóstoles, conscientes de que esta misión de la Iglesia se prolonga de modo propio en el ministerio pastoral de sus sucesores. Esta misión, que a nosotros toca orientar como pastores, es también misión común de todos los bautizados, y con ellos compartimos la andadura de la Iglesia, sabiendo que esta la lleva a cabo bajo el signo de la contradicción. Así fue la peregrinación histórica de Jesús, puesto por Dios para ser «como un signo de contradicción» (Lc 2, 34). En efecto, como enseña san Agustín y el Concilio reitera: «La Iglesia continúa su peregrinación "en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios"[5], anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva[6]. Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[7] (...).

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