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La misericordia hacia quien solo puede recibir sin dar nada a cambio es preciosa a los ojos de Dios.

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“Hechos para Dios”

Homilía en la Eucaristía del VII Domingo del Tiempo Ordinario, en la S.I Catedral.

Queridísima Iglesia del Señor, Esposa amada de Jesucristo, Pueblo santo de Dios;
muy queridos sacerdotes concelebrantes;
queridos miembros del Coro San Juan de la Cruz, de San Fernando, de Cádiz; queridos hermanos y amigos todos:

En nuestra imaginación acerca de cómo son las relaciones entre nosotros y Dios o entre Dios y nosotros, con frecuencia pensamos que nosotros no podemos tener a Dios con nosotros o no podemos alcanzar a Dios, porque somos malos, porque tenemos pecados, porque hacemos cosas mezquinas, o verdaderamente miserables. Y en eso nos equivocamos. Quiero decir, es cierto que una de las dificultades, incluso para percibir la Presencia de Dios, para conocerLe, para poder acercarnos a Él de algún modo, nuestro mal nos lo impide. No porque Dios por nuestro mal esté más lejos de nosotros, que no lo está. Al revés. Si escuchamos el Evangelio, no el de hoy, sino las palabras de Jesús en su conjunto, Él es capaz de dejar a las noventa y nueve ovejas en el monte para irse detrás de la oveja que se había perdido, o celebra más la vuelta del hijo pródigo que ha malgastado todos los bienes de la familia que al hijo que ha estado siempre en la casa. Por lo tanto, el pecado le hace sufrir al Señor porque nos ama, pero no le aleja de nosotros. Porque nos ama y ama nuestro bien.

Pero imaginaros que viviéramos en un mundo donde todo funcionase perfectamente: no hubiese corrupción en la sociedad, no hubiese corrupción en nuestro corazón, las reglas del juego social y político fuesen perfectamente correctas, entre nosotros no hubiese rencillas, envidias, egoísmos, peleas por una herencia o por un poquito más de amor que el que uno ha recibido. Imaginaos un mundo perfecto; perfecto según nuestras categorías. ¿Podríamos alcanzar a Dios?, ¿bastaría eso y ya tendríamos a Dios? Ni soñarlo. Es decir, Dios, si es Dios, es infinitamente distante de nosotros y a la vez infinitamente cercano, porque no hay nada que esté fuera de Dios. Y nada es nada. Quiero decir, en estas piedras del suelo de la catedral, en las hojas de los árboles, y no porque sean bellas y obra de los hombres, que también por eso, pero en las rocas que están vírgenes en una montaña o en los bosques, no hay nada de la Creación que esté fuera de Dios. Dios está en toda ella. El Catecismo antiguo, en una verdad que hemos olvidado y que trato de recordar muchas veces, preguntaba: “¿Dónde está Dios?”. Y la respuesta era “Dios está en el cielo, en la tierra y en todas partes”. Porque si hubiera algo fuera de Dios, a Dios le faltaría eso y no sería Dios. Tendría deseo de tener eso que le falta. No sería Dios. Dios está en todas las cosas. Y, al mismo tiempo, es infinitamente más grande que el universo entero.

Un literato francés de finales del siglo XIX y comienzos del XX decía que la relación del mundo con Dios, que las distancias de millones de años luz que nos separan a nosotros de nuestra misma galaxia, la Vía Láctea, no es más que una tira de la galaxia donde estamos y luego hay galaxias que están tan lejos que nos parecen… (…) Dice León Bloyd: “Todas las galaxias y todo el universo con todas sus distancias infinitas, probablemente a la mirada de los serafines (ndr. no se atreve a decir ni siquiera ‘la mirada de Dios’), es tan compacto como lo es el granito para nosotros” (para expresar de alguna manera la trascendencia infinita de Dios).

Son una seria de indicaciones las que Jesús nos da en el Evangelio de hoy, indicaciones para la vida: tratad a los demás como queráis que ellos os traten, haced a los demás lo que desearíais que os hicieran a vosotros. Eso lo comprende todo el mundo. De hecho, es casi una norma que aparece en muchas tradiciones culturales y tradiciones religiosas, en la humanidad. C.S. Lewis, el autor de “Las crónicas de Narnia” y de algunas otras cosas, también el que está detrás de la película “Tierras de penumbra”, que es una historia autobiográfica preciosa de su amor y de su matrimonio, ese profesor de Oxford, que escribió tantas cosas preciosas y tantas novelas y ensayos preciosos, en un libro que se titula “La abolición de lo humano” dice que hay una regla de oro que ha llenado la historia de la humanidad, y es esa regla, él la llama “La regla del Tao”, porque es algo como natural: hacer a los demás nos parece justo; no podemos pedir que los demás nos traten de una manera distinta como los tratamos a ellos, eso parece justo.

En el Evangelio de hoy, sin embargo, lo que se nos pide es algo que está tan distante de nosotros como yo os decía ahora mismo que está la distancia infinita de Dios. Amar a quienes nos odian. Tremendo, ¿no? Bendecid a quienes nos maldicen, orad por quienes os persiguen. Eso está mucho más allá de nuestras capacidades humanas. Nos trasciende con una distancia tan grande, y sin embargo el Señor nos lo propone. No nos lo propone en broma. Amores heroicos los hay en todas las culturas. En todas las culturas también hay algunos héroes: una persona que da la vida por un hermano suyo, una hermana que da la vida por un hermano suyo y se sacrifica y llega hasta la muerte, para que su hermano pueda escapar de un mundo de prisión; amigos que, en un momento determinado, arriesgan o la dan por sus amigos. Llamamos a esos seres héroes. Son héroes. Pero lo que Jesús nos propone no es una vida de héroes; es un modo de vida de un pueblo, es el modo de vida de la familia de los hijos de Dios. Parece imposible. Yo os puedo decir que sucede y no por heroicidades. (…).

Es imposible para el hombre la vida que el Señor nos propone. Si tuviéramos que contar con nuestras fuerzas y con la herida del pecado, totalmente imposible. Pero contamos con el Espíritu de Dios, con la vida divina que el Señor ha sembrado en nuestro corazón. La mayoría de vosotros vais a comulgar, vamos a comulgar, nos da el Señor su Vida, la relación que Él tiene con el Padre, su Divinidad la siembra en nuestro corazón y en nuestro cuerpo. Y os aseguro que nos hace posible una mirada diferente; nos hace posible el perdón; nos hace posible el comenzar de nuevo siempre; nos hace posible esa vida que no es humana, es divina, pero resulta que esa vida divina es la única que es humana.

Eso que parece irracional… porque la otra justicia la entendemos muy bien, tratar a los demás como queremos que ellos nos traten a nosotros, eso lo entendemos muy bien, pero amar a quien no se lo merece… Un poeta americano dice “haz un gesto de amor todos los días a alguien que no se lo merezca”. Eso es ejercitarse en la vida del Cielo, ejercitarse en la Resurrección. Pero, ¿por qué podemos hacerlo?, ¿por qué cuando lo pensamos es lo más razonable del mundo? Porque comulgar es lo que Dios hace con nosotros. Nosotros no nos merecemos el amor de Dios y, sin embargo, Dios viene a nosotros y está feliz estando con nosotros. Entonces, podemos comprender que esa vida que es divina es la más humana; que sólo si vivimos esa vida divina somos plenamente nosotros mismos, porque eso es lo que deseamos: nosotros deseamos un amor infinito, no un amor limitado. A quién le gusta que le digan “te voy a querer mucho unos pocos meses”. A nadie. O, “te voy a querer mucho mientras tú puedas darme a mi en compensación lo que sea”. A nadie. Si el amor que nosotros anhelamos es infinito, porque tenemos experiencia de que Cristo nos da su Amor infinito, seamos quien seamos, sea cual sea nuestra historia, sea cual sea nuestras miserias, nuestras pequeñeces; somos capaces de abrazar a un enemigo, de dar amor a quien no nos lo ha dado nunca, o a quien no quiere dárnoslo. Y sólo esa vida produce una alegría que, en cierto modo, no es de este mundo, pero que es la más de este mundo, porque es la que más necesita nuestro corazón, es la más pura, la más fresca, como una bonita área de soprano, en un momento determinado. Lo que realmente corresponde a los anhelos de nuestro corazón, porque estamos hechos para Dios. Nunca alcanzaremos a Dios con nuestras fuerzas, pero estamos hechos para Dios. Y lo grande es que Dios se nos ha dado. Y cuando uno tiene esa experiencia, entonces es posible amar. Y cuando no es posible, es posible reconocerlo delante de Dios: “Señor, yo no soy capaz de querer a esta persona todavía, danos Tú las fuerzas y algún día a lo mejor será posible”; o “no soy capaz de perdonar todavía, quisiera perdonar, enséñame Tú a perdonar, hazme tener la experiencia de Tu perdón, que me haga posible perdonar a quienes, amar a quienes no me aman”.

Vamos a pedirLe eso al Señor. Vamos a recibir su Regalo con la conciencia de que no lo merecemos, pero es el Regalo que nos hace posible ser nosotros mismos de una manera que nada, ninguno de los bienes de este mundo es capaz de hacernos ser nosotros mismos. Es el único que, porque es divino, corresponde perfectamente a los anhelos y a los deseos de nuestro corazón. Porque estamos hechos para Dios, así de sencillo. Y nuestro corazón estará siempre inquieto, hasta que podamos descansar en Ti. Pero Tú vienes a nosotros. Por lo tanto, ese Regalo es el único que es capaz de cambiar poquito a poco, o de golpe, nuestro corazón. ¡Cámbianos, Señor!, para que podamos ser testigos de una humanidad bonita en medio de este mundo tan egoísta y tan sin amor.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

24 de febrero de 2019
S.I Catedral de Granada

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