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“Gracias a D. Giussani por haber identificado la santidad con el hombre verdadero”

Homilía de Mons. Javier Martínez en la Eucaristía por el XIV aniversario del fallecimiento de D. Luigi Giussani, fundador del Movimiento Comunión y Liberación, y del XXXIV aniversario del Reconocimiento Pontificio de la Fraternidad.

Aunque el objeto, el motivo, la ocasión que nos ha reunido a casi todos los que estamos aquí es el aniversario de la muerte de D. Giussani, yo no puedo leer este episodio del Evangelio sin hacer una explicación porque lo entendemos casi siempre y casi con toda seguridad, justo al contrario de lo que dice.

La frase de “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no la derrotará”, si acudís a las reservas de vuestra imaginación inmediatamente pensáis en una roca, en un castillo parecido al Mont Saint-Michel, rodeado de las olas, y el mundo entero atacando ese castillo, y la Iglesia detrás de los muros del castillo viviendo en la cátedra viviendo con la certeza de que el Señor no la abandonará.

Son tantas las veces que hemos oído eso, o esa manera de leer (hasta la misma traducción casi lo deja entender), y son tantas las veces, por lo menos en los últimos siglos, que hemos comprendido así –diríamos- la situación de la Iglesia frente al poder del infierno que nos parece la lectura espontánea. (…) No sé por qué han traducido “el poder del infierno”, porque lo que dice el texto griego son “las puertas del infierno” pero, que yo sepa, las puertas de una ciudad antigua no son un instrumento de ataque; son un instrumento de defensa. Y haciendo un pequeño paréntesis erudito, la versión siriaca, que es muy antigua, y probablemente conserva ciertas cosas tan primitivas o tan antiguas como pudiera ser el texto griego, sin más; si provienen del original arameo, de los textos evangélicos, no habla ni siquiera de puertas, habla de las barras, es decir, de las trancas. “Las trancas del infierno no la resistirán”. ¿Quién es el que ataca y quién es el que defiende? El que ataca es Cristo y son las puertas del infierno las que no van a resistir el ataque de Cristo y de su Iglesia. De hecho, en la iconografía oriental, los relatos, las pinturas de la Resurrección, normalmente aparecen las puertas del Seol rotas. Y en los comentarios antiguos de los cantos antiguos, en los comentarios de este pasaje, efectivamente, es el poder de la muerte el que no puede resistir el triunfo de Cristo. Es un texto de triunfo, no es un texto de susto. Desde luego, no refleja la opción benedictina y cosas por el estilo. Estamos en otro orden de cosas. Es el mundo el que tiene que temer. Es el infierno el que tiene que temer. Es el poder del infierno el que está derrotado y “yo he visto a Satanás caer del cielo como un rayo”. Y los discípulos del Señor, y los amigos del Señor, siguen con esa certeza de que Satanás ha caído del Cielo como un rayo y que el Enemigo puede dar coletazos, pero no son más que los coletazos de una lagartija muerta, que ya está muerta; quedan todavía unos cuantos enredos que hacer, pero está muerta.

¿Vivimos así los cristianos de hoy? No, reconocedme que no. Pero proyectamos nuestro miedo y nuestra falta de fe y de esperanza sobre el texto del Evangelio. Repito, lo proyectamos tanto que hasta los mismos traductores se escapan de la cosa… Pero, “las puertas del infierno no lo resistirán”, no serán capaces de resistir. Eso es lo que dice el texto.

Celebramos el aniversario de la muerte de D. Giuss. La frase que a mí, cuando pensaba en esta celebración, me venía todo el día y me ha venido muchas veces, y a lo mejor algún otro año me la habéis oído; la Escuela de Comunidad está trabajando la santidad y una frase suya que yo recuerdo muchas veces es “el santo es el hombre verdadero”. El santo, es decir, el hombre en Cristo. No el hombre lleno de cualidades y de atributos, sino el hombre que se deja abrazar por Cristo, en todas las circunstancias, en todos los momentos de su vida y en todas las dimensiones de su vida, es el hombre verdadero. Es el hombre hecho capaz por ese Abrazo de reconocerse a sí mismo en la grandeza infinita de su vocación y en la pequeñez que le caracteriza y que le constituye, sin tener resentimiento por esa pequeñez, o por la desproporción entre la vocación y sus fuerzas. Entre lo que nos es dado y lo que nosotros somos capaces de hacer. Entonces, uno vive en la verdad.

Yo recuerdo la parábola del fariseo y el publicano. Y me habéis oído decir: el Señor rechazó al fariseo que le daba gracias por lo magnífico, por lo bien que había hecho las cosas, y seguramente tenía razón cuando decía “he cumplido todos los mandamientos, pago el diezmo del comino y de la menta”. Seguramente, tenía razón. Y el pobre publicano estaba en el último banco diciendo “ten piedad de mí, Señor, que soy un pobre pecador”, y seguramente también tenía razón. Pero el caso es que el fariseo no le agradó al Señor y el publicano sí. Y yo, me habéis oído decir muchas veces que yo no he podido hacer nunca en mi vida más oración que la del publicano, si era una oración verdadera, pero me he pasado toda la vida, llevo toda la vida queriendo hacer la del fariseo. Y entonces, me sentiría muy contento si dijera “esta noche sí que le puedo decir al Señor que me ha salido todo bien, que lo he hecho todo bien, que ha sido todo fantástico…”. Nunca lo he podido hacer. Pero, desear hacerlo significa que mi corazón es idéntico al del fariseo, y reconocer mi pequeñez es reconocer eso más que ninguna otra cosa; no otro tipo de límites o de fragilidades o así, sino mi pretensión de que la santidad sea una conquista mía más, algo que no se me ha resistido, que he podido con ello, que lo he logrado. Y justo en el momento en que mi corazón se pone en esa posición, he perdido el Abrazo del Señor. No lo he perdido en el sentido de que el Señor me abandone, no. Soy yo el que dejo de vivir en la verdad y como dejo de vivir en la verdad, mi humanidad se empequeñece, deja de florecer verdaderamente. En cambio, cuando acojo ese Abrazo, me olvido de mí o me amo humildemente, por citar a un autor que todos conocéis ya, “me amo humildemente a mí mismo como a cualquier miembro doliente del Cuerpo de Cristo”, “como a cualquier otro miembro del Cuerpo doliente de Cristo”. Entonces, mi humanidad florece; florece la razón y la capacidad de usar bien la razón. De usarla orientada a lo que está orientado nuestro ser y nuestro corazón. Florece mi libertad, y no en el sentido de hacer lo que me apetece o lo que me parece, sino en el sentido de vivir para el Bien único que es capaz de ordenar y de poner todas las cosas de la vida en su sitio. Y florecen mis afectos, no como compensaciones o satisfacciones que me doy a mí mismo, sino como capacidad de darme por el otro, de amar.

Damos gracias a D. Giuss por haber identificado de tal manera la santidad con el hombre verdadero; por haber unido de tal manera la santidad con nuestro destino humano, con nuestra plenitud humana… Parece que es, a mi pobre juicio, probablemente la intuición más fina, más honda, más permanente también, del pensamiento de D. Giuss.

Damos gracias por haberle conocido en la historia bella que ha hecho con cada uno de nosotros, donde le hemos conocido y como le hemos conocido, y porque esa historia, a pesar de que estamos en familia y somos una comunidad pequeñita y humilde, pero esa historia sigue viva en nosotros. Sigue viva en mí, con el mismo entusiasmo y con mucha más solidez que cuando le conocí. Con mucha más verdad, con raíces mucho más hondas, que cuando el Señor me concedió la gracia de conocerle.

Le pedimos al Señor que esa gracia florezca en nosotros a la medida de su Misericordia, como Él quiera.
Celebramos este funeral en la fiesta de la Cátedra del Apóstol San Pedro. Es una ocasión también de pedir por el Santo Padre. No como quien teme que el Santo Padre está acosado por todos los “digitales” del mundo mundial, sino justamente como quien sabe que el Señor es fiel y que si se meten tanto con él es porque algún miedo deben de tener. A mí siempre me hace mucha gracia cuando por una parte se dice que la Iglesia está muerta y por otra parte se le ataca tanto. Meterse con los muertos es una patología muy grave que está perfectamente catalogada. Entonces, si se meten tanto con la Iglesia, igual es porque no está tan muerta. Está clarísimo. Donde enreda el Enemigo es que la Iglesia está viva. ¡Adelante, muchachos!

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

22 de febrero de 2019
Iglesia Parroquial del Sagrario-Catedral (Granada)

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