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Veamos a los "santos de al lado" que, con sencillez, responden al mal con el bien, tienen el valor de amar a los enemigos y orar por ellos.

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El amor que llena de sentido toda nuestra vida humana

Ante el Cristo de piedra en el Campo del Príncipe, en el barrio del Realejo. Ante el Cristo de piedra en el Campo del Príncipe, en el barrio del Realejo.

Alocución de Mons. Javier Martínez, previa a la Oración de las cinco llagas que congrega a miles de granadinos el Viernes Santo a las tres de la tarde, ante el Cristo de los Favores, en el Campo del Príncipe, conmemorando el momento en que Cristo expiró y entregó su espíritu. Ante el Cristo de piedra en la plaza y la Sagrada Imagen de Soledad de Nuestra Señora que llega hasta allí en procesión, de la Cofradía del Señor de la Humildad, Soledad de Nuestra Señora y Dulce Nombre de Jesús.

Queridísima Iglesia de Granada, Esposa, esta tarde, un poco viuda, porque se han llevado a Nuestro Señor, porque el Señor ha muerto. Como Él dijo: 'Un día os quitarán al Esposo y entonces ayunaréis". Ese día es hoy. Cada Viernes Santo recordamos que el amor fue entregado a la muerte por cada uno de nosotros, que el amor fue vencido por las fuerzas del mar, que el amor se dejó derrotar por la envidia, por la injusticia, por el orgullo y la avaricia de los que detentaban el poder.

Mis queridos hermanos, año tras año, nos reunimos aquí, con mejor o con peor tiempo. Y nos reunimos aquí no convocados por nadie, sino por ese amor que sigue siendo algo que necesitamos en nuestras vidas tanto como el aire para respirar.

Necesitamos el amor que justifiquen las fatigas, los cansancios, los dolores de la vida. Pero necesitamos también el amor que nos haga posible soportar las mentiras, y las traiciones, y las injusticias, y los pecados, y el daño que nos hacemos unos a otros. Necesitamos el amor que nos devuelva la esperanza y la razón para vivir. Necesitamos también el amor que llene de buen gusto las cosas bellas que llenan la vida; que no las envenenen con el cáncer de que la última palabra en nuestra existencia la tiene el mal o la tiene la muerte. Y nos reunimos aquí para decir que ese amor está vivo, que existe, que fue entregado a la muerte, pero ha vencido a la muerte. Sólo por eso vestimos a nuestros cristos y vestimos a nuestras vírgenes dolorosas de reinas, y los depositamos y los llevamos en tronos por las calles, porque ese amor que se ha entregado a la muerte por nosotros tiene la última palabra sobre la muerte, sobre el mal, sobre la mezquindad humana. Y ese amor es para todos (dejadme que lo subraye una vez más como todos los años). No hay nadie que pueda sentirse excluido: Dios a mi no me puede querer, con lo que soy, con lo que he hecho, con lo que ha sido mi vida, con el desastre que es mi historia. A nadie rechaza el Señor. ¡De nadie se avergüenza el Señor! ¡De nadie! A todos nos abraza con su misericordia infinita y nos dice: "¡Hijo, levántate, no peques más!". Como al hijo pródigo, sale corriendo a recibirnos, se echa a sus brazos, celebra una fiesta, porque ese hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida; porque estaba perdido y ha sido encontrado. Así nos busca el Señor a cada uno, no porque necesite nada de nosotros; porque nosotros necesitamos ese amor suyo para vivir, para poder hacer una humanidad digna de ese nombre, digna de los anhelos más profundos del corazón de cada uno.

Mis queridos hermanos, no venís aquí ni a realizar un viacrucis principalmente, ni a recibir una imagen, ni a conmemorar por rutina una tradición. Venimos aquí -lo más importante de esta tarde- para adorar, para adorar en silencio; para adorar en silencio ese amor que llena de sentido toda nuestra vida humana y que nos hace posible trabajar y confiar en la posibilidad verdadera de una humanidad más buena, de una humanidad que vive en la verdad, que camina en el amor, que es siempre capaz de perdón, el mismo perdón que todos recibimos de Nuestro Señor.

Vamos a adorar ese amor. Vamos a guardar unos momentos de silencio, en la hora que conmemora el momento en el que el Hijo de Dios entregó su espíritu, murió, pero al entregar su espíritu nos entregó su vida a nosotros, para que nosotros podamos vivir con la libertad, con la dignidad, con la alegría de ser hijos de Dios, destinados no a los triunfos de esta vida, sino a la vida eterna, a la vida divina, a la vida de Dios, para la que Dios nos ha creado, para la que Dios nos ha llamado al Ser y para la que el Hijo de Dios nos ha redimido derramando su Sangre por todos, todos, todos, sin excepción, por todos nosotros. Por todos los hombres. No sólo por los que creemos en É. No sólo por los que le hemos conocido. También por los que no Le conocen, también por los que Le odian, también por los que no son capaces de imaginar que la ultima palabra en la historia la tenga el amor. La tiene el amor de Dios y la tiene el amor de Dios también en la vida de cada uno.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

3 de abril de 2015
Campo del Príncipe (Granada)

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