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“Cristo vive”

Homilía de Mons. Martínez en la Santa Misa del viernes de la VII semana de Pascua, el 29 de mayo de 2020.

Muy queridos hermanos y hermanas;
muy queridos hermanos y hermanas que también nos seguís a través de las cámaras y de las ondas de la televisión:

Yo traía una cosa preparada para leer en este último día de la Pascua antes de celebrar Pentecostés, puesto que mañana por la tarde estaremos celebrando ya la vigilia de Pentecostés.

Pero las Lecturas de hoy son tan fuertes. El gobernador Festo, que era un gobernador honesto, honrado, y que quería hacer las cosas bien, entonces lo que hace es, con motivo de la visita de un nieto de Herodes que conocía (era medio judío, no era judío del todo, pero era medio judío) y su mujer Berenice; ha querido intervenir y dar sentencia en el juicio de los judíos de Jerusalén contra Pablo, pero no se enteraba de nada. Cuando él resume en qué consistía la disputa, consistía simplemente en que discutían acerca de un hombre ya difunto que Pablo decía que estaba vivo. Yo creo que es la mejor definición, así vista desde fuera, del cristianismo, y de en qué consiste el cristianismo: consiste en el testimonio de la Resurrección de Jesús.

Cristo vive. Y si Cristo vive pues es la meta de nuestra vida, y su palabra es verdadera, y podemos abandonarnos a Él y confiarnos a Él, porque todo el horizonte que Él nos ha abierto, está aquí, delante de nosotros. Y se nos da y se nos renueva. Se nos renueva en los sacramentos, se nos renueva en cada Eucaristía y se nos renueva en la vida de la Iglesia como don, en la que Cristo vive por su Espíritu. Que todo nuestro testimonio, o todas nuestras discusiones con el mundo, decir “mira, Cristo vive”. Y Cristo vive porque yo tengo la experiencia de que está vivo y eso es lo que la Iglesia, además, me ha enseñado siempre y yo he ratificado eso en mi propia experiencia de cosas que yo jamás habría pensando hacer, o jamás otras personas hubieran podido escoger como modo de vida, y que no son personas ni tontas, ni deficientes en ningún sentido, sino personas llenas de vida y clarividentes que han escogido a Jesucristo y que sus vidas florecen en una humanidad preciosa. Y podemos poner cientos de ejemplos en nuestro mismo mundo, en nuestro periodo y en nuestro tiempo contemporáneo. Cristo vive. Ese es todo el anuncio que podría hacer un cristiano y que tendría que hacer un cristiano. Y nada más. Y tú puedes verlo, si quieres. Como a Juan y a Andrés, “ven y lo veréis”.

Y luego el episodio de Pedro también es un tesoro de episodio, porque, no tres veces, sino cientos de veces, todos hemos negado al Señor, más o menos conscientemente, deliberadamente en el sentido de que éramos conscientes de que estábamos diciéndole que no al Señor, pero todos le hemos negado. Lo más sorprendente de aquí es la fidelidad de Jesucristo que le había prometido una cosa a Pedro, y a pesar de haberle negado, le renueva su promesa como si no hubiera pasado nada. Y por tres veces se la renueva. Y la última súplica es una súplica que nosotros siempre, siempre, siempre, podemos hacer. Hasta el día peor de nuestra vida. Yo me imagino a Pedro, conociéndole, le conocemos más que a otros de los Doce, era un primario, era un hombre generoso, era un hombre extrovertido también y, sin embargo, al mismo tiempo era un cobarde. Y después de que el Señor le pregunta por tres veces, los comentaristas desde los Padres de la Iglesia siempre han visto en esta triple pregunta, es decir, Pedro había negado tres veces y el Señor le pregunta tres veces para que, por tres veces, tuviera que afirmar. Y esa oración final, cuando él dice: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”. Todos nosotros, probablemente, es como un resumen de cualquier día, podría ser el final de cualquiera de nuestros días. “Señor, Tú lo sabes todo (ndr. Tú conoces el día de hoy, Tú sabes como ha sido, Tú sabes no sólo las entretelas de mi corazón, sino también las circunstancias) Tú sabes que te quiero. Y terminar así el día es una preciosidad. Es decirLe al Señor todo lo que necesitamos, sabiendo que Él es fiel. Fue fiel con Pedro que le negó públicamente y que, sin embargo, esa es la diferencia entre Pedro y Judas. Probablemente, Judas estaba tan rabioso contra lo que había hecho como Pedro, pero no fue capaz de volverse al Señor y decirLe “Señor, perdóname”. Mientras que en Pedro es el Señor el que se acerca a él y le pregunta: “¿Me quieres?”. “Sí, te quiero” (ndr. Pedro). “¿Pero me quieres de verdad?”. “Sí, te quiero” (ndr. Pedro). “¿Pero de verdad, de verdad?”. “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”.

Está en el final del Evangelio de San Juan y con que resuene en nosotros una y mil veces esa frase que le deberíamos decir al Señor tantas veces. Yo creo que se la podríamos decir todos, todos, todos los días. Aún así, yo no voy a leer lo que traía, pero os voy a decir qué es lo que traía, para que luego los que queráis lo leáis. Es un himno de San Efrén. Los himnos más bellos de San Efrén son sobre la Virgen y el Niño Jesús. Sobre la relación entre la Virgen y Jesús, también en la cruz, y ahí es donde brilla más su capacidad poética. Este es un himno sin título, pero el editor moderno le ha puesto un título: “Sobre la Iglesia”. Y está escrito en mitad de una persecución terrible que desencadenó el emperador Juliano “El Apóstata”. Ya había habido dos emperadores cristianos, Constantino y Constancio, y luego Juliano “El apóstata”, que gobernó muy poco tiempo pero se fue derecho a Antioquía porque quería hacer una batalla contra los persas en la cual, murió y en ese tiempo, en que fue a Antioquía y estuvo allí reuniendo al ejército, se dedicó a perseguir a los cristianos, y es la región en la que vivía San Efrén, y en mitad de esa persecución él escribe este Himno para exhortar a los cristianos.

Sólo os digo que empieza diciendo a sus oyentes, a sus fieles, que eran los que cantaban este himno en la Iglesia, en las celebraciones litúrgicas, hablándoles de un árbol. Ese árbol es Jesucristo que tiene sus raíces en el cielo, sus raíces celestes, entonces, “¿quién podrá cortar sus raíces celestes?”. A veces, los himnos de San Efrén, cuanto más articulados son, se parecen a las buenas alfombras persas, que están llenas como de dibujos entrelazados entre sí y que pasa de uno a otro. Entonces, empieza hablando de las ramas de un árbol, después habla del árbol, después habla de la viña, después habla de cómo se ha portado la gente con la viña y suplica no ser de los que pasan al lado de la viña y se limita a coger sus frutos; pide ser crucificado con el madero, como la viña, y luego termina diciendo (os leo los dos primeros, para que os suene un poquito):

“Apoyaos en la verdad, hermanos, y no temáis, que nuestro Señor no es débil y no nos dejará en las pruebas.
Él es el poder del que penden el mundo y sus habitantes.
Y de Él pende también la esperanza de Su Iglesia.
¿Quién será capaz de cortar sus raíces celestes?
Haceos hermanos con un tesoro de consuelo en la palabra de nuestro Señor.
Él dijo de Su Iglesia que las barras del Seol no podrían con ella.
Si la Iglesia es más fuerte que el Seol, que el Infierno, ¿quién entre los mortales podrá atemorizarla?
Bendito el que la ensalzó primero y ahora la ha puesto a prueba para que crezca más”.
(…)
Y luego dice al final ya, refiriéndose justo a los emperadores cristianos que había habido:
“Como el verano con sus frutos había obligado a los avariciosos a hacerse amigos del viñador, sólo el invierno podía probar que los mentirosos no le amaban a Él, sino a su propio vientre.
En el verano corrían hacía Él (ndr. hacia el viñador), pero en invierno le huían.
(ndr. ¿A qué se está refiriendo? A que cuando vino la persecución pues muchos cristianos de esos que eran falsos porque era de buen tono; si el Emperador era cristiano, era de buen tono hacerse cristiano.
Bendito aquel que ha construido un crisol (ndr. la persecución), para probar de qué lado está cada uno.
Como el verano, en efecto, había adornado a los temporeros como si ellos también fuesen viñadores en la viña, vino el invierno a desenmascararlos.
Para ellos todo era recoger y salir bien cargados.
El viñador, en cambio, se queda y es crucificado con el tronco, cuyos frutos ha comido.
Venid, seamos colgados del leño que nos ha dado el pan de la vida.
Ya que nuestro Señor también a mi me ha dado disfrutar en verano de los frutos y la sombra de esa rama universal, que esté yo entre los trabajadores que sufren el desprecio del invierno.
Que no haya para mí dos estaciones.
Dentro de ella cuando es verano y en invierno fuera.
Concédenos Señor que por Tu Gracia todos nosotros perseveremos en Ti”.

Si queréis, lo leéis más despacito vosotros en casa y lo saboreáis, pero es una buena petición justo antes de recibir el Espíritu Santo: “Concédenos, Señor, a todos que por Tu Gracia siempre perseveremos en Ti.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

Iglesia parroquial Sagrario Catedral (Granada)
29 de mayo de 2020

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