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Beato Mateo Guimerá

El beato Mateo Guimerá es un siciliano de los siglos XIV y XV, miembro de la Orden Franciscana. Fue conocido por su espíritu apostólico y su devoción por el Santo Nombre de Jesús. Pasó por España varios años de su vida.

Mateo de Gallo Cimarra nació en Agrigento en 1380 de padres oriundos de España, el mismo año en que nació san Bernardino de Siena. Su madre lo educó en el santo temor de Dios, en la bondad, la pureza, en la fe más ardiente. El joven correspondió generosamente a los cuidados maternos. A los 18 años se hizo franciscano en España, a donde se había trasladado con su familia; se doctoró en filosofía y teología, se ordenó sacerdote en 1403. Enseñó a sus cohermanos en España por espacio de cuatro años.

Cuando san Bernardino de Siena comenzó su apostolado por toda Italia, Mateo parte de España, se va a Siena, donde es acogido por san Bernardino como compañero de apostolado. Los dos trabajan juntos por unos 15 años en la difusión del culto al Santísimo Nombre de Jesús y la devoción a nuestra Señora. Tienen por ideal el volver al espíritu más primigenio de la Orden franciscana. Edificó muchos nuevos conventos, centros de espiritualidad franciscana. Entre los años 1427-28 fue a España para difundir la Observancia, y fundó los conventos de Valencia y Barcelona. En 1443 fue elegido Provincial de Sicilia, que contaba con 50 conventos, de los cuales 38 llevaban el nombre de Santa María de Jesús.

Con el Santo Nombre de Jesús recorrió la Sicilia, predicó el Evangelio, recordó a los sacerdotes su dignidad, reavivó la fe del pueblo, convirtió pecadores; su predicación fue confirmada por milagros. Fue maestro y forjador de santos, a quienes quiso como colaboradores: Beatos Juan de Palermo, Cristóbal Giudici, Gandolfo de Agrigento, Arcángel de Calatafimi, Lorenzo de Palermo y Santa Eustoquia de Mesina.

San Bernardino de Siena había sido acusado de herejía ante el Papa Martín V por haber predicado el culto al Nombre de Jesús. El Beato Mateo y san Juan de Capistrano defendieron enérgicamente al gran maestro. Y el proceso concluyó en triunfo.

Eugenio IV lo nombró obispo de Agrigento y fue consagrado el 30 de enero siguiente. Desarrolló una intensa actividad; reformó su rebaño, extirpó los abusos, restauró la disciplina, destinó a los pobres las ricas rentas de su obispado, combatió la simonía. Fue injustamente acusado ante Eugenio IV, quien lo llamó a sí y reconoció su inocencia. Después de tres años de episcopado, renunció a la diócesis y obtuvo permiso del Papa para volver al convento de Santa María de Jesús de Palermo, donde vivió los últimos años en oración y soledad, dando ejemplo de admirables virtudes. El 7 de enero de 1451, cuando cumplía los 71 años, partía a la Casa del Padre. Su sepulcro se hizo célebre por frecuentes milagros.

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