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Agradecidos por pertenecer al Pueblo de Dios

Homilía de D. Javier Martínez en la Santa Misa del jueves de la IV semana de Pascua, el 7 de mayo de 2020.

Mis queridos hermanos y hermanas (los que estáis aquí y los que nos unimos a través de las imágenes de la televisión):

Los Hechos de los Apóstoles nos ponen hoy un ejemplo de predicación breve del apóstol San Pablo, después de su conversión. De un resumen -por así decir- de su evangelio. O sea, cómo nosotros evangelizamos. Ya desde el Concilio Vaticano II, desde el Papa Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI, el Papa Francisco, todos han repetido una y muchas veces que la misión de la Iglesia es evangelizar, la misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio. Esa es la tarea única que la Iglesia tiene, que nosotros como Iglesia tenemos, todos. Tanto el Concilio como el Magisterio pontificio posterior han insistido mucho en que, en ese sentido, todos somos Iglesia. La Iglesia somos todos.

Todos tenemos esa misión de evangelizar, cada uno con vocaciones diferentes, en estados de vida diferentes. En la Iglesia ha habido siempre tres estados de vida, desde el principio: el estado de vida del matrimonio, el estado de vida del ministerio apostólico, los Doce, sus sucesores y colaboradores, y la virginidad consagrada. Y los tres estados de vida se necesitan mutuamente. Los tres contribuyen a que la Iglesia pueda ser la expresión viva de la familia de Dios, verdaderamente. La vida consagrada hace visible la esponsalidad de la Iglesia. El sacerdocio ministerial hace visible -diríamos- la Presencia viva de Cristo en medio de Su Iglesia, que debe acomodarse al ser y a la figura, a la imagen, del Buen Pastor. Y la vida matrimonial es también signo de Cristo en el mundo, es el Pueblo redimido por Cristo. Los otros dos estados, de alguna manera, están en función de ese Pueblo. El sacerdocio ministerial de manera muy evidente. La vida consagrada, la vida esponsal de las personas que consagran su virginidad a Dios, no parece tan evidente y, sin embargo, los necesitamos. En una Iglesia en la que esa vida no estuviese presente, o fuese pobre, o sencillamente hubiera desaparecido, no sería la Iglesia de Jesucristo, por una razón muy sencilla. Incluso los esposos, todos, necesitamos saber que Cristo está vivo. Y la manera más plena es que haya personas, personas que no son raras, personas que son perfectamente normales, personas que podrían haber tenido un novio o una novia estupenda, o una familia estupenda, y que han comprendido que han sido elegidos por el Señor, igual que aquí eligieron a Bernabé y a Pablo. Elegidos por el Señor. ¿Para qué? Para mostrar que Cristo está vivo, para hacer visible en toda la estructura de su vida, es decir, eso que es verdad para todos, vivir para Cristo, eso que es verdad en la vida de todo cristiano, y en la vida de un matrimonio -que Cristo sea el centro de la vida-, en la vida de las personas consagradas se hace regla de vida. En los casos, una regla visible, cuando son religiosos o religiosas que llevan el hábito, y en otras formas de vida consagrada, de una manera invisible, pero donde se hace muy patente que la referencia de la vida es Cristo, y sólo Cristo.

San Pablo en su predicación cuenta una historia. Es -lo que llamábamos de niños los que somos ya mayores- “la historia sagrada”. Es la historia verdadera, porque es la historia de la relación de Dios con el mundo, con este mundo. No es la historia -diríamos- secular y la historiografía que ha nacido después de la Ilustración, pero es la historia más plena, más verdadera, la historia de la elección de Dios, primero, de Abraham, padre de todos los creyentes, y luego de un pueblo, y luego de la educación de ese pueblo, hasta culminar en la historia de Cristo. Aquél que esperan las naciones.

Cuando nosotros tenemos que pensar en nuestra misión de evangelizar, también tenemos que pensar que nuestra vida no está desconectada de una historia. Cuando evangelizamos, no nos predicamos a nosotros mismos. Cuando evangelizamos, no damos testimonio de lo buenos que somos nosotros, o de las cualidades que tenemos, ni siquiera de las cualidades que tiene el grupo, o la comunidad, en la que nosotros participamos. De eso han hablado mucho los últimos papas también. Cuando dicen que cuando un grupo en la Iglesia se hace autorreferencial y se presenta como el grupo perfecto y pleno en la Iglesia, y mejor que los demás, pues no está viviendo su realidad de ser Iglesia. San Pablo decía al revés: “Considerad a los otros por encima de vosotros mismos”. Esta es la actitud de quien se siente miembro de un cuerpo: ama el bien del cuerpo entero, no el bien de sí mismo, del propio miembro aisladamente del resto del cuerpo.

Nuestras vidas se insertan en esa historia. Y nuestras vidas, la evangelización, tiene que hacer referencia a la Persona de Jesucristo. Sin la Persona de Jesucristo, nosotros no seríamos nada. Y a la Persona de Jesucristo vivo. En eso hay una diferencia entre el mundo en el que predicaba San Pablo y en el que vivimos nosotros. Si nosotros llegamos a unas personas y directamente les hablamos de Jesucristo (un problema en nuestro mundo es que todo el mundo se cree que sabe lo que es el cristianismo, y que sabe lo que es ser cristiano), es muy posible que desconecten a la primera palabra. Por lo tanto, lo que nos tiene que preceder siempre en nuestra tarea de evangelizar es que puedan reconocer en nosotros algo del rostro, de la mirada, del afecto, del amor, de la caridad divina de Jesucristo. Más que en nuestro discurso. ¿Por qué? Por eso, porque provenimos de un contexto donde, después de veinte siglos de cristianismo, de muchas traiciones al cristianismo, de muchas traiciones a la fe, de muchos enredos entre la fe y la política, y la vida pública… Yo recuerdo siempre, con mucho escándalo (era yo un sacerdote jovencito), de un sacerdote que me dijo una vez que la fe no podría sobrevivir si no tenía el apoyo del Estado. Yo pensaba para mí, “Dios mío, si la fe nunca ha sido más libre, mas fresca, que cuando no ha tenido ese apoyo, ni del Estado, ni de las leyes públicas, ni de las leyes de la Administración Pública”. Pero somos hijos de esa historia. Y somos hijos de personas que piensan así. Quien decía así era un sacerdote, y era un sacerdote en muchos aspectos benemérito, y con no poca influencia, y a mi me daba mucha pena aquello, porque ya es considerar como si la fe no fuera lo que determina nuestra vida, como si Jesucristo no fuera realmente nuestro Salvador, sino como un adorno en la vida, y luego es el Estado el que viene en realidad a salvarnos de las dificultades de la vida o así.

No. Vivimos en este mundo y tenemos que ayudar, hacer posible a los hombres que puedan redescubrir la frescura de la mañana de Pascua, la frescura de la certeza, de la conciencia de que Cristo ha resucitado. La alegría de la certeza de nuestro destino en la vida eterna y de la confianza en la misericordia infinita de Dios para nuestra pequeñez y para nuestros pecados. Por lo tanto, no hay que empezar con un discurso. Y ni debe ser un discurso moral el primer arranque, ni debe ser un discurso sobre Jesucristo. Lo que hay que empezar es con gestos que pongan de manifiesto la belleza de la vida cristiana.

La Iglesia es la historia de una amistad que dura veinte siglos, que lleva durando veinte siglos. Y que empezó aquella primera tarde en la que detrás de Jesús se fueron Juan y Andrés, y estuvieron con él toda la tarde. Y muchos años después, San Juan se acordaría que cuando llegaron a donde Jesús vivía eran como las cuatro de la tarde. Pero al día siguiente, ellos a sus familias les iban diciendo “hemos encontrado al Mesías”, “hemos visto al Salvador del mundo”. Pudo empezar ahí, podemos pensar que empezó la noche de Navidad, o que empezó incluso el día de la Encarnación cuando el Verbo se hizo carne en las entrañas purísimas de la Virgen. Pero, lo cierto es que desde Jesús se manifiesta al mundo es la historia de una amistad, que empezó con la de Juan y Andrés, y que no ha terminado, y que no deja de generar amigos y de crecer mediante ese procedimiento sencillo de un ser humano a otro ser humano, de la belleza de una vida, y del atractivo de una vida; del atractivo sobre todo del testimonio de que Cristo es lo más querido y lo más importante en la propia vida. Pero eso no significa irle a la persona metiéndoles la fe, o metiéndoles la vida cristiana, u obligándoles a cosas de la vida cristiana. Hemos cometido muchos errores de ese tipo. Lo que la gente tiene que ver en nosotros es la alegría, el misterio de la alegría. Otro tema queridísimo del Papa Francisco y que ya el novelista Bernanos, hablando una vez, en un escrito suyo sobre la Guerra Civil española, como si fuera un ateo que le hubiese dejado el párroco predicar la fiesta de Santa Teresa de Lisieux a los cristianos, un ateo de buena voluntad, y la pregunta que le hacía el ateo es: “Vosotros no nos miráis a nosotros, porque no tenéis curiosidad por nuestra vida, pero nosotros tenemos mucha curiosidad por la vuestra, porque mira que si luego tenéis razón al final. Si la tenemos nosotros, vosotros no perdéis nada, porque vuestra vida ha tenido muchas cosas muy bellas, pero si vosotros sois los que tenéis razón y nosotros no la tenemos, nosotros lo hemos perdido todo. Entonces, os miramos; os miramos constantemente. Y vosotros vais a confesaros y habláis de una cosa que se llama `el estado de gracia´, con el que sale uno normalmente después de recibir el perdón de los pecados, y nos preguntamos `Dios mío, si lo que dicen fuera verdad, tenía uno que verlos saltar la alegría´. Dónde demonios escondéis vuestra alegría. Luego vemos que reaccionáis ante todas las cosas del mundo -dinero, salud…- de la misma manera que nosotros. Y decimos `no, ellos mismos no se lo creen´”.

Me entendéis la parábola. Y sufrimos una terrible decepción. Y dice: “Si queréis que comprendamos la fe, lo primero que tenéis que hacer es sencillamente que la podamos ver en vuestros ojos”. Ése es el reto de nuestra evangelización: que puedan ver nuestra alegría y el secreto de nuestra alegría; que puedan ver el gozo de ser cristianos, el gozo de pertenecer a este pueblo. ¿Porque somos perfectos? Qué va, Dios mío. Yo menos que nadie. Porque soy hijo de un pueblo de santos y eso me da un gozo enorme. Y de santos de los que nunca jamás serán beatificados, pero que son, como dice el Libro de Apocalipsis, “una muchedumbre inmensa de toda raza, lengua, pueblo y nación, que nadie podría contar”.

Esta mañana ojeando una cosa, porque dentro de dos semanas es el quinto aniversario de la Encíclica “Laudato Sí” (la Encíclica donde el Papa habla del cuidado de la tierra, del cuidado del planeta, de la necesidad de un cambio cultural para poder…, porque no lo hemos cuidado, lo hemos usado, mal usado, lo hemos abusado, y probablemente nadie pensábamos cuando se publicó la “Laudato Sí” que podría venir algo como lo que estamos viviendo, pero que tiene que ver con lo que el Papa enseñaba entonces, y con lo que han enseñado los papas anteriores, porque no es el Papa Francisco el primero que ha hablado del cuidado del planeta y de la ecología); pero esta mañana veía yo una cosa y me hablaban de una santa, es canadiense, es una india, Santa Caterina de Cauiza, que fue mártir, pero me encanta a mi verla siempre con sus coletillas, su cinta de india y su pluma en mitad de un bosque del Canadá, santa y mártir… La consideran en el Canadá y en Estados Unidos como patrona de eso, de la responsabilidad con la tierra y con el cuidado de la tierra.

Somos hijos de un pueblo de santos. No conocemos a la inmensa mayoría de ellos. La inmensa mayoría sólo Dios los conoce, porque jamás saldrán a la vida pública. Os dije, hace unos días, lo de la mujer que decía con ochenta y nueve años a su párroco: “Yo en este tiempo no puedo mas que rezar, pero como ésa es mi tarea y lo puedo hacer, lo hago todo el día. Entonces, me veo todas las Misas que hay en televisión. He localizado cuatro y me veo las cuatro. Y luego el resto del tiempo me rezo, todos los días, once rosarios”. ¡Dios mío, bendita sea esa mujer! No la conozco, no sé como se llama, sí que sé en qué parroquia está, la conoceré en el Cielo. Eso es decir “está el mundo sufriendo, está el mundo viviendo una cosa que es seria, que es importante, yo qué puedo hacer con ochenta y nueva años, me dicen que soy de la población de alto riesgo, ¿rezar?, pues aquí a rezar como el que más”. Ése es el pueblo del que uno se siente orgulloso de ser hijo. Ése es el pueblo del que yo me siento orgulloso de ser parte.

Que el Señor nos conceda siempre estar agradecidos por el Pueblo, por haber conocido al Señor y lo hemos conocido en este Pueblo que es Su Pueblo, que es la asamblea de los hijos dispersos que el Señor y Su Espíritu Santo ha querido reunir, y en la que nos ha reunido a todos los que hoy formamos Su Cuerpo. Que nos dé serlo y proclamarlo con nuestra vida, y no con nuestros discursos.

+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada

7 de mayo de 2020
Iglesia parroquial Sagrario-Catedral (Granada)

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